16 de agosto de 2021 11:20 AM
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La Argentina secreta: el campo que no vemos

Cómo es el día a día del pequeño y mediano productor rural argentino. El agro paga más que la ganadería. Las dificultades para conseguir personal. Infraestructura vial y conectividad, dos puntos débiles. La tecnología, un aliado clave.

La tensión política y cierta mirada urbana terminaron por poner al productor rural en el ojo de la tormenta. La pulseada tomó dimensiones macro y desde entonces el foco se ha posado sobre el precio de la soja, la suba del dólar, la especulación al momento de liquidar la cosecha, las retenciones, el recorte a la exportación ganadera. El alud sepultó lo esencial: el trabajo hormiga que el hombre de campo hace de sol a sol.

La épica de la mesa de los argentinos y la visión optimista de convertirnos en el supermercado del mundo se estrellaron en el plano político, pero las astillas cayeron sobre toda la sociedad. Tan diversa y tan vasta es la pintura del sector agropecuario, en cultivos extensivos y en economías regionales, que no hay lienzo que la contenga.

El mediano y pequeño productor rural está atravesado por las mismas contingencias económicas que el resto de los empresarios argentinos. A ellos también les cabe la máxima de que la única certeza en la Argentina es, siempre, la incertidumbre. Despejado el humo del combate, quedan los que todos los días trajinan el campo. Ni héroes, ni villanos. Hacen soja, pero no son millonarios; hacen ganadería, pero no pasean campeones por Palermo.

El campo no sabe de horarios. Ya es de noche y Gustavo Almassio atiende el teléfono. Dice que tiene un rato para conversar ahora, porque antes de cenar van a hacer otra recorrida. Es tiempo de parición de ovejas y su empleado, José, advirtió que tres corderos mamaron menos. “Entonces trajo la mamadera y los suplementó. Hay otros tres que a la noche vienen acá adentro, al lado de la cocina”, explica.

Almassio tiene 55 años y es ingeniero agrónomo. Se desempeñó en una multinacional y durante años viajó por el mundo, pero un día le sonó una campana interior y decidió volver al pago chico. Trabaja 330 hectáreas en su campo El Totoral, ubicado entre las estaciones ya abandonadas de Lumb y Defferrari, en el límite justo entre los partidos de Necochea y San Cayetano, en el sudeste bonaerense. Tiene un pie de cada lado.

Tal vez porque el trabajo resulta la esencia del quehacer rural es que Gustavo prefiere arrancar hablando de eso, de lo que se le paga a un empleado, de cuánto más rentable es hacer agricultura que ganadería, del avance de la tecnología en el agro.

“Hoy en la agricultura hay mejores condiciones de trabajo, hay muy buenas herramientas. Hasta el contratista mediano tiene buenas herramientas, las casillas donde se quedan a dormir son mejores que las casas de los operarios. Las cosechadoras, los tractores, todos tienen desde aire acondicionado a dirección hidráulica. Tiene un montón de tecnología. Eso se mide en cuántas hectáreas hizo, cuánto cosechó, cuánto rindió. Con lo cual es más fácil tener un parámetro a la hora de pagar un plus por algo”, subraya.

Cuenta también que su vecino tiene un empleado que antes trabajaba en feedlots. “Casi que tuvo que enseñarle a trabajar en agricultura. Hoy tiene un flor de sueldo porque tiene lo que gana normal de sueldo por mes, más los extras”.

Un recibo de una persona que recién empiece a trabajar, neto de bolsillo, sin antigüedad, ronda los $ 31.800. “En general en el campo, además, es con comida. Pero los empleados en agricultura ganan más que eso porque se les da un porcentaje de lo que siembran -aclara Almassio-. Las tareas, por más que no sean de contratistas, tienen un valor estipulado. Una siembra vale $ 3.800. Normalmente manejan el 10%”.

Es decir que por cada hectárea trabajada, en la siembra y en la cosecha, el empleado registra un plus. “Al cabo del año tiene un muy buen sueldo. Muchas veces esos plus son en negro porque sino se va de categoría de Ganancias, el empleado lo prefiere así. El objetivo es fácilmente medible: hectárea trabajada”.

En la ganadería, en cambio, la situación es distinta. Almassio explica que “”no se puede medir cuánto producís por hectárea””, e insiste en el esfuerzo y la dedicación que la tarea implica. No hay horarios. “Mi novia, Karina, me dijo que yo no vivo de las vacas y de las ovejas, vivo para las vacas y para las ovejas”, confiesa.

GOURMET

Cuando volvió al campo, Gustavo Almassio comenzó a hacer ganadería de ciclo completo. “El sueño del pibe era llegar con un producto gourmet directamente al consumidor. Hoy con las redes sociales, cuando uno lo sabe contar y lo cuenta genuino, puede ser un producto comercial”, destaca.
Tenía por entonces 20, 30 o 50 ovejas. Confiesa que no es vegano, pero que le dan pena los animales. “Sé que son para comer y para tomar la leche”. Pero para avanzar en el negocio tenía que aumentar la escala. Dejar de tener ovejas para hacer producción ovina.

“Compré instalaciones, compré la manga ovina y los corrales. Me fui a la Patagonia, a una reunión en Ushuaia, a buscar carneros a Trelew”, cuenta, entusiasmado. Ahora tiene 600 ovejas en un campo chico. “Esto parece la Patagonia”.

Luego se unió a un grupo de cambio rural y, como él dice, “saltamos el cerco de la queja, a veces justificada, del productor. Al productor más chico siempre le ponen el precio de las cosas. Empezamos a producir nuestra propia carne y a venderla envasada al vacío y en cortes, con nuestra propia marca”.

En San Cayetano compraron un terreno en el Parque Industrial y sacaron un crédito. Tienen dos contenedores, uno de frío y otro para el desposte, además de la máquina para envasar al vacío y las balanzas. Falta poco para que cuenten con la habilitación provincial y así poder llegar desde la producción inicial hasta la venta al público. “Ya no el cordero de las fiestas, sino el cordero trozado o la carne de oveja o capón, que es de consumo más popular. Algo incipiente porque en la Argentina no existe en la práctica”, remarca Gustavo. Y agrega algo relevante: “Esto trae aparejado arraigo rural y trabajo”.

TRABAJO

Almassio insiste con que el cambio generacional hizo que mucha gente se fuera del campo, con lo cual buena parte de los jóvenes desconocen las tareas propias del agro. Tomar un empleado, pese a lo que se piensa desde la urbe, no es tan sencillo. Aquí es donde entra tallar la historia de Agustín.
Resulta que un día Gustavo advirtió que la ampliación del negocio le urgía contratar un empleado. “Buscaba una persona y entré al foro de la Mesa Ovina. Quería encontrar un egresado de una escuela agropecuaria para que lo ayude a José, que hace 14 años que está en el campo y tiene 57 años. Alguien que me permitiera ir a otros campos tranquilos para hacer mi trabajo de asesoramiento”.

Almassio dice que un muchacho comenzó a escribirle pidiéndole un trabajo en el campo, al menos una changa. “No era mi objetivo original porque por la forma de escribir me daba cuenta. Pero lo que me gustó fue la actitud. Si el tipo tiene ganas y llama… Voy a hacer como los de La Voz, lo voy a escuchar dos o tres días y si me gusta, aprieto el botón y me doy vuelta”.

Luego de un corto período de prueba decidió contratarlo en blanco. “Lo traje y a José me lo mejoró. El le enseña, le muestra las cosas que hay que hacer. El pibe es educado y tiene la enorme alegría de tener un trabajo. Yo le podré agregar la aptitud”.

Hincha de River, Almassio gusta de trazar un paralelismo futbolero: “Tengo que ser como Gallardo. Tengo acá a Enzo Pérez, un crack. Pero ya no está para jugar miércoles y domingo. Le metí al lado un Zuculini, un pibe. ¿Sabés lo que logré con ese doble 5? Que Enzo Pérez está mucho más relajado. Acá 1+1 fue 3. Después veré hasta dónde me da este jugador. Yo le tengo que meter la aptitud, porque creo que ni manejar sabe”.

Agustín es de Quequén y vivía con su madre y tres hermanos en un barrio de plan de vivienda al que los vecinos, sarcásticos, apodaron Titanic porque al poco tiempo de ser inaugurado los terrenos cedieron y las casas comenzaron a rajarse y hundirse. Cosas de las redes, hace poco Gustavo le sacó una foto en la tranquera, junto a una bandera argentina, y ese Agustín de alpargatas, despeinado, pura sonrisa, se volvió viral.

“Me parece fantástico si el gobierno apoya al productor para que pueda tomar un empleado joven desgravando la parte de cargas sociales o dando algún tipo de ayuda, creo que es una ecuación favorable para el Estado porque en lugar de pagar un plan termina pagando menos plata ayudando a un productor a tomar un empleado. Así se da dignidad y trabajo”, analiza Almassio.

Cuenta que haberse extendido hacia la comercialización de cortes de carne ovina gourmet le permitió sumar personal. “Por eso contraté a Agustín. Si tuviera que pagarlo solamente con la producción sería muy complicado. Dos sueldos en blanco con cargas sociales se pone difícil. Parece mentira que una cosa que en otro país es normal, como dar trabajo en blanco, acá termine siendo extraordinario. Yo quiero que ahora Agustín pueda hacer el secundario. Tiene octavo grado”.

DIA A DIA

Vivir el día a día en el campo significa sopesar gratificaciones y dificultades. En lo productivo, la precaria infraestructura vial y la falta de conectividad son dos elementos que muchas veces ponen en jaque la planificación y la estrategia.

“Estoy en una zona privilegiada -asegura Almassio-. El partido de San Cayetano es un ejemplo a seguir, tengo caminos espectaculares, son una autopista”. Otro tema es la seguridad: “Amo a la policía de acá. Es profesional, jamás piden nada, nunca me pidieron un cordero o gasoil, nada. Tienen todos los medios. Pasan todos los días, con lo cual no hay problemas de abigeato. ¿Sino cómo hacés para tener una producción ovina? El Estado municipal también colabora, nos preguntan qué necesitamos”.

El acceso a la tecnología, disponer de internet, un servicio que en la ciudad pocos pondrían en duda, puede ser algo desafiante tierra adentro. “No tengo 4G, pero coloqué una antena direccional que me permite tener una especie de wifi en mi casa. Estoy relativamente bien. Con internet tengo una torre, viene la fibra óptica de una cooperativa de Juan N. Fernández (un pueblo cercano de aproximadamente 2.700 habitantes) y hoy tengo wifi hasta 800 metros alrededor de mi casa”.

Esta especie de burbuja lo lleva a recordar un viaje que hizo con amigos en un motorhome, en 2019, desde Denver hasta Canadá. “Hay momentos que siento que estoy en algún lugar de Estados Unidos donde la conectividad es extraordinaria”. Reconoce, sin embargo, que esta es una de las dificultades para que un matrimonio joven se radique en el campo. “Necesitamos caminos digitales y caminos reales”, enfatiza.

La charla retorna, una vez más, al eje del trabajo. Dice Gustavo que cada vez hay más contratistas. “En la Argentina es impresionante, es una industria. Hay gente que cada vez invierte más. Ahí es relativamente menos complicado conseguir gente para trabajar porque los pibes del secundario son muy adictos a la parte digital. Se dan casos de máquinas que valen millones de pesos y que tienen tanta tecnología que un productor común, de más de 50 años, capaz que sabe el 10% de lo que puede usar”, detalla. Y agrega: “El pibe que yo tomé escribe con faltas de ortografía pero usa el Whatsapp y sabe mandar fotos”.

Tecnología e instinto ancestral, a veces, también armonizan en el campo. Gustavo sumó hace un tiempo un ayudante de fierro. Compró en Ushuaia un perro de montaña de los Pirineos, al que bautizó Atahualpa. Es un ovejero fiel, especialista en la materia, que nunca se despega del cuidado de las ovejas, llueva o truene. Y hasta le abrió una cuenta en Instagram (atahualpaÑeltotoral).

DIFERENCIAS

En las ciudades o pueblos de estrecho vínculo con el sector agropecuario la relación de los productores con el resto de la sociedad fluye naturalmente. Se necesitan, se complementan, integran una misma cadena. Las grandes urbes, en cambio, son más permeables al discurso político de las diferencias.

“En la Argentina estamos llenos de O, desde Lavalle y Dorrego en adelante. No es nuevo esto acá. La grieta no es nueva, pero ahora vende más el escándalo -asegura, convencido, Almassio-. Creo que estamos en una etapa de muchos hashtag en el vocabulario, sobre todo en el vocabulario de izquierda. Tiñeron de ideología a la actividad agrícola sustentable”.

Brinda como ejemplo que “en los pueblos permanentemente el productor está interactuando. Todos participamos de las cooperadoras, de los colegios. Es una realidad que en general no se conoce. Creo que hay que buscar otra forma de comunicar. Si el campo es multicolor, si yo puedo contar el día a día, pero sin épicas. No me siento mejor que el tipo que está laburando en Burzaco y va hasta Lanús a las 3 de la mañana. Al contrario, lo admiro”.

Y concluye: “Eso de que alimentamos al mundo a mí no me va. Yo lo hago porque gano plata y porque me gusta. Lo que no quiero es que me molesten. Creo que la actividad privada es la que genera el trabajo, y la integración público-privada es que a mí el Estado me dé los caminos y la seguridad”.

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