5 de diciembre de 2009 08:57 AM
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La "sojización" de la agricultura

Por las continuas intervenciones oficiales, decayó el interés por cultivar trigo y maíz, indispensables para la conservación de suelos

Debido principalmente a un cúmulo de desacertadas decisiones oficiales, los cultivos agrícolas nacionales han terminado por concentrarse en el de la soja, tendencia exactamente contraria a la que durante las administraciones kirchneristas se pregonaba con continuado vigor. Va consolidándose así un derrotero nada conveniente para la conservación de los suelos. La técnica agronómica moderna aconseja una labranza mínima, denominada siembra directa, consistente en la incorporación al suelo de los residuos vegetales de la cosecha anterior, lo cual da lugar al mantenimiento de la deseada condición de la tierra sobre la que se depositan las semillas del nuevo cultivo. Pero eso solo no basta; se requiere, además, una constante rotación de las especies por cultivar, que poseen requerimientos diferentes y dejan, como saldo, residuos vegetales de variada naturaleza. Y acá surge el problema: ocurre que la soja, cuando culmina su ciclo vegetativo con su cosecha, deja residuos tanto aéreos como radiculares de escasa importancia, a diferencia de lo que ocurre con el maíz y también con el trigo, que dejan un buen aporte para proceder a la mencionada preparación del suelo para la futura siembra. Tras continuas interferencias provocadas por decisiones oficiales (la prohibición de las exportaciones de trigo y maíz, su cuotificación con cuentagotas o también la perturbación del sistema de comercialización y precios), los productores han perdido interés en cultivar estos cereales. Se han concentrado en la soja, menos propensa a la intervención estatal por la menor proporción de sus cosechas destinadas al consumo interno y por el menor costo de su cultivo en relación con sus pares. En parte porque saben de las necesidades fiscales que se alimentan en buena medida de las retenciones que tributa la "santa soja". El cuadro actual de situación revela una estimación de la intención de siembra de soja, en números redondos, de 20 millones de hectáreas, de 2,5 millones de maíz y de casi 3 millones de trigo, ya en etapa de cosecha por su carácter de cultivo de invierno y primavera. ¿Cuál es, en este contexto de extraordinaria concentración en la soja, la posibilidad de una adecuada rotación de cultivos, complemento indispensable de la siembra directa, herramientas centrales de la conservación de los suelos? Compárese, por ejemplo, con los Estados Unidos, que cultivan en el orden de 30 millones de hectáreas de maíz y otro tanto de soja. O también el caso de Brasil, segundo productor mundial de soja, pero al mismo tiempo gran productor de maíz. La reactivación del Ministerio de Agricultura será beneficiosa en la medida en que pueda influir decididamente en el desmantelamiento de la errónea y siempre incierta política oficial, y su reemplazo por la aceptación de las señales del mercado. Aunque el nuevo ministro no registre experiencias de nota en la materia, se percibe su intención de mejorar la relación con el agro. Se ponen en marcha demorados programas de emergencia agropecuaria y se intenta volver a publicar datos de la operatoria del comercio de granos, que habían sido eliminados del calendario estadístico, seguramente para evitar que mostraran la indeseada realidad. Ello es poco, muy poco, pero útil en la medida en que sean una pauta de un próximo e importante cambio que erradique la perniciosa política agraria oficial.

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