11 de diciembre de 2021 10:33 AM
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Para Cabaña San Edmundo el hecho de no tener tierra propia se terminó transformando en una fortaleza estratégica

En 1987 y con sólo dos vaquillonas Hereford puras registradas, el bonaerense Fernando Hernández fundó la Cabaña San Edmundo. La incertidumbre fue su fiel compañera, ya que, a diferencia de otros proyectos, él no contaba con campos propios y con los años acumuló más de quince mudanzas. Con treinta y cuatro años en el negocio, y aún […]

En 1987 y con sólo dos vaquillonas Hereford puras registradas, el bonaerense Fernando Hernández fundó la Cabaña San Edmundo. La incertidumbre fue su fiel compañera, ya que, a diferencia de otros proyectos, él no contaba con campos propios y con los años acumuló más de quince mudanzas. Con treinta y cuatro años en el negocio, y aún sin ser propietario de tierra, Hernández mira para atrás y asegura que la apuesta fue un éxito porque su rodeo y genética ya tiene presencia en varios países de Latinoamérica.

“Esa debilidad se convirtió en nuestra fortaleza. Una de las cuestiones que más sufren los animales es la mudanza y, al hacerlo, las que quedaban sin duda eran vacas con muchísima rusticidad. Se fortificaba así el rodeo porque implicaba que había superado todas las pruebas. De ahí han surgido toros, hijos de esas vacas, que han trascendido mucho”, dijo Fernando Hernández a Bichos de Campo.

Aunque en los papeles dice que estudió la carrera de Letras, todo lo que Hernández sabe lo aprendió de su papá, que fue productor en la zona de Tandil, y de amigos que estudiaron veterinaria y agronomía, que lo llevaron a trabajar en distintos campos de la provincia de Buenos Aires. Es por eso que a la hora de crear su cabaña, tuvo más certezas que dudas.

El proyecto se inició en General Belgrano, pero el rodeo luego visitó las localidades de Carlos Tejedor, Chascomús, Ayacucho, Benito Juárez, Tandil y Brandsen, localidad esta última en la cual permaneció más tiempo. El mayor número de animales que llegó a tener fue de 300, distribuidos entre Hereford y Angus. Actualmente tiene animales en las zonas de Brandes, Ranchos y en Vivorata, cerca de Mar del Plata.

“Hay dos modelos distintos. Cuando el campo lo asesoro yo, las vacas están capitalizadas y el manejo depende de mí porque yo manejo el campo. Al campo le corresponde un porcentaje de los terneros por la capitalización, por ende compartimos la producción. En cambio, en los momentos en que estamos a pastoreo, se paga por kilo de carne, por animal, por mes, y el manejo depende del dueño del campo”, indicó Hernández.

La experiencia, de todas maneras, le ha hecho aprender a elegir el manejo propio, ya que en varias oportunidades debió afrontar importantes índices de mortandad, ante los malos cuidados del rodeo por parte de terceros.

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Otra característica que distingue a San Edmundo es que cuenta con distintas sedes en el país y en el exterior, que le han permitido agrandar la zona de influencia de sus genéticas. Una de ellas es San Edmundo Puntano, ubicada detrás de las Sierras de Comechingones, en San Luis, donde aportó semen y embriones para armar un rodeo en conjunto con un socio de esa localidad.

También está San Edmundo Andino, en Arequipa, Perú, a partir de la cual han logrado desarrollar su genética en condiciones muy especiales. “La cabaña en Perú está desarrollándose en un desierto. Los animales ahí se han comportado de forma distinta y ya estamos replicando esa genética en Cuzco, en la selva, y en zonas a más de 3000 metros sobre el nivel del mar”, señaló el cabañero.

La última apertura será la de San Edmundo Patagónico, en el departamento de Pilcaniyeu, en Río Negro, que está próxima a concretarse. A diferencia del caso de San Luis, allí Hernández tendrá un rodeo ciento por ciento propio. Y a futuro el proyecto es abrir una nueva sede en la provincia de La Pampa.

Todos los animales de la Cabaña San Edmundo mantienen desde hace 30 años una dieta basada completamente en un modelo pastoril regenerativo, que ha significado para la empresa no sólo un ahorro económico importante, sino la posibilidad de desarrollar un negocio sostenible.

Este rasgo para Hernández es clave porque ha sido otro de los causales del mejoramiento de su genética. “Hay momentos de restricciones, por sequías o inundaciones, donde los animales que mayor cantidad de alimento demandan, sufren. Animales como los nuestros, acostumbrados a consumir pasto y con un tamaño más pequeño, tienen una mejor respuesta frente a esas restricciones. Hemos puesto una selección muy dura”, afirmó el criador.

San Edmundo ya lleva acumulados varios premios entre los que se destacan 13 grandes campeones, 19 campeones, 35 segundos premios y 26 terceros premios. Aún así, las exposiciones no son para el bonaerense la principal fortaleza ni objetivo.

“A veces tenemos que compatibilizar cuestiones en la preparación de los animales que no son de nuestro agrado. Los animales que están diseñados para ser expuestos tienen un manejo y una alimentación diseñados para eso. Nosotros tratamos de tenerlos lo más naturales posibles. Pero es un aporte a desmitificar que quienes van a Palermo tienen grandes genéticas y son la ‘oligarquía’. El nuestro es un claro ejemplo de un proyecto que no está atado a las grandes familias tradicionales de Argentina”, afirmó Hernández.

-¿Este manejo que San Edmundo propone terminó siendo rentable?- le preguntamos al cabañero.

-Yo crié a mis hijas y tuve lo que tuve con esta actividad. Tenemos gastos que quién está en campo fijo no tiene, como los fletes. Los animales que se pierden por las mudanzas podrán ser vistos como un gasto, pero nosotros tratamos de mirarlo como un costo con el que hemos logrado una fortaleza mayor. Lo nuestro es una genética rentable.

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-¿Qué representa para usted esta cabaña?

-Parte importante de mi vida. Yo empecé sin nada y hoy hay genéticas nuestras en varios países de Latinoamérica. Hay genética que incluso, indirectamente, ha llegado a España por descendencia de vacas nuestras. Hoy veo involucradas a mis hijas, que me ayudan cuando pueden, y eso implica dejarles un camino un poco más liviano que el que me tocó vivir a mí.

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