7 de julio de 2022 14:20 PM
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Cuatro generaciones cosechando buen vino en un lugar privilegiado

Vinieron desde Génova escapando de la guerra, formaron una familia numerosa y les enseñaron a sus hijos el valor del trabajo y la riqueza de la tierra. Hoy esa herencia familiar la tomaron Tamara y Alejandro, quienes se encuentran al frente de la Bodega Rovere en San José. Hace veinte años su padre Milton les […]

Vinieron desde Génova escapando de la guerra, formaron una familia numerosa y les enseñaron a sus hijos el valor del trabajo y la riqueza de la tierra. Hoy esa herencia familiar la tomaron Tamara y Alejandro, quienes se encuentran al frente de la Bodega Rovere en San José. Hace veinte años su padre Milton les adelantó el camino que hoy transitan con éxito en el enoturismo y que los llena de satisfacciones haciendo lo que les gusta y trabajando en familia.

Una copa de vino suele estar emparentado con el amor, el placer, la amistad, sirve como parte de un ritual que une a una pareja, reúne una familia, celebra un nacimiento o en una rueda de amigos. También sirve de excusa para un reencuentro, es el maridaje ideal para los asados y junto a una buena fogata es la combinación perfecta para pasar juntos una buena velada a la uruguaya (con guitarra y todo), en medio de la naturaleza. Y porque no, una buena copa de vino puede ocupar todos los lugares que ustedes le quieran dar y de seguro cada uno de ellos va a estar muy bien.

Pero también esa copa de vino tiene la particularidad a través de sus aromas, colores y sabores, de abrirnos un universo extraño para muchos, dónde yo me incluyo, y acercarnos a la tierra de las cuales se nutren los viñedos y a las manos que jornada tras jornada los cuidan y elaboran un producto tan noble. Justamente por eso los invito a adentrarnos en la Bodega Rovere, un emprendimiento familiar del departamento de San José, que desde 2018 forma parte del menú de enoturismo de nuestro país.

La cuarta generación de vitivinicultores

Tamara y Alejandro, conocidos en la zona como los hermanos Rovere, son la cuarta generación elaborando vinos, cuyos orígenes se remontan a viejas costumbres y añoradas tradiciones genovesas (Italia) que trajeron hasta estas tierras sus bisabuelos Rafael Rovere y Margarita Scarone, el primero escapando de la guerra, la segunda con la única intención de ser su compañera durante toda la vida.

No fue hasta después de haberse acostumbrado al idioma, la rutina, la cocina y las nuevas condiciones sociales de un país tan lejano como extraño, que la joven pareja (se casaron en Uruguay luego que Rafael le enviara el dinero a Margarita para que lo acompañara en estas tierras), desembarcara en el Paraje Bañado tras primero trabajar en el barrio Peñarol de Montevideo y luego siendo él capataz en una estancia y ella cocinera en Rincón del Pino.

Tras la muerte de Rafael, su esposa decidió repartir entre sus ocho hijos el predio que habían comprado para radicarse definitivamente en la zona de Bañado. Uno de ellos, Edmundo (Tito, abuelo de nuestra entrevistada) continuó con la viña (todos los hermanos tenían una en su predio aunque en la actualidad solo existe la que gestionan y administran Tamara y Alejandro), y elaboración de vino que en un primer momento cambiaba por mercaderías en la ciudad de San José. 

Cómo sucede casi siempre entre todos los caminos posibles siempre hay uno inspirado en el nido familiar. Justamente este es el caso de Milton (padre de Tamara y Alejandro) que además de ocuparse del emprendimiento, en 1972 recibió el título de enólogo, profesionalizando una pasión que trajo desde la cuna y que compartió con su esposa Beatriz y trasladó a sus hijos. Siempre tuvo la intuición que el hoy denominado enoturismo era una posibilidad que en algún momento había que explotar. Veinte años más tarde y luego del empujoncito del Tano Deluca, sus hijos decidieron abrir las puertas al público que de a poco ha ido creciendo.

En el paraje Bañado de San José

El emprendimiento se encuentra en el Camino José Ignacio, Paraje Bañado, a unos 5 kilómetros de la ciudad de San José. Se trata de 8 hectáreas de viñedos de excelente calidad sobre un suelo apto para este tipo de producciones, que además ha sido mejorado inteligentemente a través de las varias generaciones.

Conscientes de los cambios imperantes en el rubro, la empresa presenta una colección de vinos de mesa y VCP acordes a las exigencias del paladar de los consumidores de estos tiempos. En ese proceso se experimentaron cambios en los hábitos de consumo que pasaron de los vinos tintos más ásperos hasta las variedades más delicadas que hoy se pueden encontrar en cualquier góndola. Entre los vinos de mesa las preferencias se direccionan hacia los vino abogados “que son un poco más dulzón” mientras que los embotellados responden a paladares más finos y ahí es donde “uno mismo se pone más exigente” dijo Tamara al ser entrevistada por La Mañana.

Tras la reconversión que la empresa hizo en 1996 donde se implantaron las llamadas variedades altas (por su altura permite trabajar más cómodamente durante las prácticas habituales de cada época y la vendimia), se producen las variedades Cabernet Sauvignon, Merlot, Arinarnoa, Tannat, Moscatel de Hamburgo y Ugni Blanc. Además de los vinos de mesa Moscatel dulce, blanco, blanco Demi Sec, clarete y tinto, la firma elabora Vinos de Calidad Preferente (VCP) Tannat, Arinarnoa, Cabernet Sauvignon, Tannat Merlot y Tannat Merlot Cabernet Sauvignon. Todo bajo la estricta supervisión de Alejandro que con ojo clínico se encuentra al frente de la viña y elaboración de vinos.

La comercialización y distribución de la mercadería está a cargo de Tamara que básicamente se desarrolla en el departamento maragato, aunque también existen algunos puntos de venta en Colonia. Entre los planes a futuro está la posibilidad de concentrar la comercialización en San José y la de colocar parte de la producción a granel.

“Detrás de cada botella de vino hay una historia” reflexionó la entrevista, que puede ser familiar pero que también está relacionada con el trabajo, la dedicación, la familia, los visitantes que llegan para conocer el lugar e inclusive la zona en la cual está emplazado el emprendimiento. Es que además de ofrecer un producto noble como el vino se trata “de crear una conexión” con los consumidores que va más allá del sentido comercial.

Su introducción en enoturismo

Fue en octubre de 2018 que decidieron abrir las puertas del emprendimiento con un importante grupo de escolares de la zona. La idea de recibir visitas ya rondaba la cabeza de Milton (papá de nuestra entrevistada) desde hacía más de veinte años, quien cómo un gran visionario vió que caminos tomaría el rubro en un futuro no muy lejano. Tamara contó a La Mañana que eran habituales los comentarios de su padre cuando decía “hacemos un galponcito, le ponemos una churrasquera, una mesa” y a la antigua usanza poder recibir visitas que agasajaría con una copa de degustación y un corte de carne, tradicional en nuestro país.

Ya con un primer proceso cumplido, (se fueron ajustando detalles a través de la experiencia), la familia Rovere tiene un esquema de trabajo aceitado llevado adelante con mucha dedicación. El tour comienza en la prensa vieja, lugar que sirve para recrear una historia familiar de cuatro generaciones, recorrido por los viñedos dónde Alejandro explica las variedades de cepas que se producen y las prácticas que requieren cada una de ellas, un impase por el parquecito (lugar en que se encontraba la casa de los abuelos), finalizando en la bodega donde se muestran todos los procesos de elaboración de vinos. Una de las atracciones más comentadas son las viejas herramientas que conforman el museo y que sirven de excusa para que algunos rememoren experiencias de otros tiempos.

En los últimos años se han consolidado la fiesta de la vendimia y los fogones de San Juan cómo dos atractivos que cada año cobran más fuerza. La primera fiesta de la vendimia fue en 2019 y “era todo un desafío” porque se reunió mucha gente dijo Tamara. Hace unos días cuando se celebraron los fogones de San Juan entorno a una gran hoguera (salpicada por algunas más pequeñas) hubo que hacer frente a todos los detalles “el vino caliente, la cazuela, los papelitos para el ritual”, de tal manera que los visitantes se sintieran como en casa.

Siempre pensando en más y mejores servicios, planean un pequeño restaurante y así poder ampliar el espacio para recibir a su cada vez más numerosa clientela. Como era de esperarse, trabajar en lo que a uno le gusta y sobre todo en familia sigue siendo la inspiración que los hermanos Rovere tienen para continuar como hasta ahora.

Fuente:

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