26 de mayo de 2011 12:15 PM
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Ganaderia de carne : Otra vez estancada

URUGUAY : La ganadería de carne en Uruguay, si bien ha sido el sector de mayor competitividad internacional del país durante todo el siglo XX y parte del XXI, estuvo estancada desde comienzos del siglo pasado hasta 1990.

Ese histórico trabajo de construcción de estadísticas que fue la CIDE, en su capítulo agropecuario, reportó datos de producción desde 1935, hasta la década del 60, luego de la cual el Ministerio de Ganadería ha continuado con el mantenimiento de la información. Desde 1935, entonces, hasta 1990, el estancamiento ha sido sorprendente. La producción de 1935 fue de 611 mil toneladas en pie, mientras que la de 1990 fue de 640 mil. Un crecimiento anual de 0,10% anual durante 55 años. Un estancamiento aplastante. El sector más competitivo de la economía, con ese grado de estancamiento, solo podía acarrear los problemas que acarreó, llevando al país a extremos que no desea nadie. Este fenómeno despertó la curiosidad primero y la preocupación después, y generó cuantiosos aportes de recursos para estudiarlo. Muchos consultores -nacionales e internacionales-, instituciones, universidades, institutos de economía, se abocaron a interpretar el fenómeno y de esos estudios surgieron múltiples propuestas de soluciones, que pasaron por atacar la distribución de la tierra, fijar precios, fijar tipos de cambio, tipos de cambio múltiples, límites a la superficie de los predios, detracciones, promoción de paquetes tecnológicos importados de los países con ganaderías más dinámicas, sistemas tributarios "promotores" de la productividad, etc. Se aplicaron casi todos, sin obtener el más mínimo atisbo de respuesta positiva. Luego de 1990 se produjo una serie de cambios en el marco de políticas públicas, tanto generales como sectoriales, que rompieron ese estancamiento casi secular. Ese cambio extraordinario llevó a una duplicación de la producción en 15 años, lo que colocó a la ganadería uruguaya como la más dinámica del mundo. El verdadero polo opuesto de los 55 años anteriores. De ser, tal vez, la menos dinámica del mundo, pasó a ser la más dinámica. Y no puede atribuirse este fenómeno a otra causa que no sea el marco de políticas. El escenario externo no fue favorable. La economía mundial crecía a tasas mucho menores que las actuales y la sucesión de eventos adversos era llamativa: Guerra del Golfo, crisis del "tequila" en 1994, crisis asiática en julio de 1997, la crisis rusa, sequía de 1999, crisis brasileña, aftosa, crisis argentina, crisis uruguaya, por nombrar los más relevantes. Los precios, medidos en moneda constante, no solo no fueron altos, sino que fueron de los más bajos desde 1966, período en que se dispone de información confiable. Uno de los efectos que se obtuvo con las modificaciones a la política, incluso antes de 1990, fue que la participación del productor en el precio de exportación fuese creciendo sistemáticamente. Fue tan grande el impacto que tuvo este cambio, que hizo tambalear las bases de muchas interpretaciones teóricas, e incluso supuso el derrumbe definitivo de algunas, y llevó a que demorara mucho en reconocerse el hecho como tal. El crecimiento fue negado desde diversos ámbitos, incluso ignorado hasta por centros académicos como la Universidad de la República: la Facultad de Agronomía y la Facultad de Ciencias Económicas continuaron haciendo referencia al estancamiento y a sus causas estructurales -refiriéndose a la ganadería más dinámica del mundo- durante muchos años. El retorno al estancamiento Luego de la crisis de 2001-2002 la tasa de crecimiento de la ganadería se aceleró y la tasa de crecimiento de la producción llegó a 4,7% acumulativo anual en el quinquenio 2000-2005, superando la de la década del 90 (3,0% anual), que a su vez venía de una tasa negativa (-0,8%) de la década anterior. Este crecimiento extraordinario del primer lustro del nuevo siglo se produjo en medio de uno de los escenarios más adversos de la historia (crisis regional, crisis nacional, aftosa, etc.) y se acompañó con el crecimiento vertiginoso de la agricultura. En el segundo lustro de este siglo la tasa volvió al penoso 0,1% de crecimiento, la misma que mostró durante 55 tristes años para la ganadería y para el país. La faena, una variable de gran importancia para la economía y en especial para la balanza comercial, alcanzó en 2006 un máximo de 2,6 millones de cabezas, coronando tres lustros de crecimiento, que se iniciaban en niveles de 1,6 millones. Luego de ese máximo, la faena cayó a 2,1 millones en 2010, el valor mínimo de los últimos siete años. Otra vez al estancamiento, pero ahora en un escenario extraordinariamente favorable. La economía mundial crece a tasas mucho mayores que en el pasado, con la peculiaridad de que crecen más los países menos desarrollados. Esto implica que un punto de crecimiento -ahora- tiene mucho mayor impacto en la demanda de alimentos que ese mismo crecimiento en el pasado. Esto ha conducido a los mejores precios en 20 años, solo superados por los de fines de los 70 (otro tren que supimos dejar pasar). Este estancamiento tiene sus expresiones a distintos niveles. El entore, por ejemplo, que pasó de 3,2 millones de vacas en 1990 a superar los 4,1 millones en 2002, no ha vuelto a crecer; se mantuvo en ese nivel hasta 2008 y descendió a 3,9 millones en 2009 y 2010 (según nuestras estimaciones). Se llegó a entorar una cifra que representó 37% de las existencias totales de ganado, algo que los maestros de la agronomía reclamaban como indicador de eficiencia. Eso también se ha estancado, cayendo por debajo de 35%. Es decir, la "máquina" está parada. La edad de faena de los novillos mostró un asombroso aumento de eficiencia, cuando los novillos de boca llena (más de 4 años) -que eran 80% de la faena en 1990- se redujeron sistemáticamente hasta el valor mínimo de 27% en 2008; luego comenzó a incrementarse y, en 2010, se ubicó por encima de 40%. La inversión en pasturas también muestra las señales de este retroceso. En la década del 90 se duplicó el área de praderas convencionales y también el área de mejoramientos forrajeros extensivos. Ya en 2000, el área de praderas mostró dificultades para superar el total alcanzado, pero en 2008 inició un descenso, que se profundizó abruptamente con la sequía de ese año, y en 2009 registró una cifra similar a la de 1994. Superada la sequía, y en un escenario de precios excepcionales, se pensó en una recuperación marcada de este indicador. Sin embargo, las cifras de DICOSE 2010 mostraron un muy tímido repunte en las praderas. En los mejoramientos extensivos, continúa el descenso. La tasa de reposición de esa inversión alcanzó su máximo en la primera mitad de los 90 y luego ha ido reduciéndose, ubicándose actualmente en los niveles del "estancamiento" (ver gráfica "Nuevos mejoramientos", en la página 30). Pueden mencionarse otros ejemplos de tan dramático proceso, pero tal vez con estas muestras alcance. ¿A qué se debe este retroceso? En realidad, aún no tenemos certeza de sus causas y no es el objetivo de este trabajo identificarlas. El avance de la agricultura, que es un elemento señalado como causa, también tiene efectos favorables, ya que ha generado oferta de concentrados, fundamentalmente energéticos, que permite un importante aumento de la productividad por cabeza y por hectárea. La relación de precios, al menos con el maíz, en los últimos veinte años, ha sido favorable a la carne. Por otra parte, la reducción del área ganadera se hace evidente desde 1996 y el retroceso que nos ocupa data de cinco años. Creo que habría que descartarlo, o al menos considerarlo como de segundo orden. Las políticas públicas bien pueden ser un factor determinante, pero serán objeto de otros trabajos. Lo que importa destacar aquí es que ese sorprendente proceso de crecimiento de un rubro de la importancia que tiene la ganadería para el Uruguay ha terminado. La ganadería ha vuelto al estancamiento y, posiblemente, al retroceso. Es bueno que se sepa. Costó mucho admitir que crecía. Esperemos que cueste menos entender, a la sociedad uruguaya y en especial a la colectividad académica, que ya no crece más. Porque mientras no se entienda, y no se reconozca, seguirán proliferando planteos reivindicativos absurdos, obsoletos y demagógicos, reclamando detracciones, fijación de precios, aumento de la presión tributaria, limitaciones al tamaño de los establecimientos, cuestionamientos al derecho de propiedad y toda una serie de medidas que hay que contenerse a la hora de calificarlas, para no resultar agraviante.    El Pais

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