30 de mayo de 2011 00:17 AM
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A contramano

URUGUAY : Joaquín Secco García es ingeniero agrónomo por la Universidad de la República, con estudios de posgrado en Economía en la Universidad de Lovaina (Bélgica). Ha sido consultor de diversos organismos como el BID, la FAO y el Banco Mundial. También es columnista de la revista El País Agropecuario.

Desde 2002, el agro se comportó como la locomotora del crecimiento económico del país facilitando una pronta salida de la crisis. Sin embargo, desde 2006, dicho impulso se fue debilitando con la excepción de la explotación forestal que mantuvo la aceleración a lo largo de todo el período. Mientras que entre 2002 y 2006 el crecimiento del sector promedió 6% anual, entre 2006 y 2010 fue de solamente 0.9%. La producción animal que representa el 60% de la producción agropecuaria, está cayendo a razón de 1,7% anual en los últimos cuatro años. Por su parte, la producción de granos está estancada en los últimos dos años y tampoco despegará en el año en curso. Para explicar esta desalentadora modificación de la tendencia, existen hipótesis de muy diversa índole cuya ponderación es difícil de precisar. Como nos enseñan los sabios, para curar, previamente se hace necesario conocer. En la misma dirección, sería bueno que el país se diera el respiro para descifrar la coyuntura, descartando aquellos juicios que explican todas las cosas en todos los tiempos. La ganadería, la actividad más difundida en la campaña, ha cedido tierras a los cultivos y a los bosques. Pero a contramano de lo que se esperaba, no parece haber encontrado un camino de amplia cobertura para suplir con productividad la pérdida de áreas. La expectativa de una mayor alianza agrícola ganadera tampoco progresó al ritmo esperado. Habría que buscar razones capaces de explicar por ejemplo, por qué con la carne a estos valores, una vaca gorda sigue valiendo bastante más que una vaca preñada. Este indicador refleja la escasa preferencia para invertir en la ampliación de la máquina productora. Tampoco la producción ovina despega con entusiasmo. Solo la lechería parece salvar el honor vacuno. Por su parte, la producción de granos enfrenta problemas tecnológicos y de organización no bien resueltos, amenazas de deterioro de los suelos y costos que crecen desproporcionadamente. En una primera fase, a la salida de la crisis, el aumento de los precios de exportación frente a una cierta inercia de los bajos costos internos, produjo un mejoramiento sustancial de la rentabilidad agropecuaria. En los últimos años, estas tendencias se invirtieron. Los costos han estado subiendo a mayor ritmo que los ingresos, mientras que el valor real de las exportaciones se ha venido erosionando por la pérdida del poder adquisitivo del dólar. Este ha perdido valor en el mundo, pero hay que convenir que en el país lo ha hecho mucho más aceleradamente. El costo de transporte es paradigmático. El agro mueve unos 20 millones de toneladas de productos de baja densidad económica, en pésimos caminos, con material de transporte encarecido por la protección Mercosur y con combustibles atestados de impuestos y de lastres monopólicos. Todo sumado parece diseñado por el enemigo. Sobrevolando las razones técnicas, climáticas y seguramente las limitaciones gerenciales para jugar bajo el nuevo contexto global, existen razones vinculadas al clima de negocios. Los discursos con amenazas y prejuicios sesentistas, el gasto y el endeudamiento público que a través del tipo de cambio premia a los importadores y a los sectores de no transables en perjuicio de los sectores que deben competir en el mundo, están sin duda contribuyendo a la explicación de la desaceleración del sector más importante de la economía. La idea repetida infinitamente por políticos, gobernantes, comunicadores, profesionales, académicos… de que el agro crece y se enriquece abusivamente, hace varios años que dejó de ser cierta. Los resultados de las carpetas de Fucrea o del Instituto Plan Agropecuario (IPA) reflejan claramente la pérdida de rentabilidad del campo. No es bueno que los gobernantes y quienes deben estar informados crean que la realidad es como ellos la imaginan. Tampoco es bueno que los gobernantes consideren que es conveniente castigar al campo, pero evitan enjuiciar la enorme ineficacia de la gestión pública. Con una recaudación fiscal sin precedentes se sigue aumentando el endeudamiento y la ineficacia de los servicios públicos, lo que parece irremediable. Una de las características de la producción agropecuaria es su alta exposición al riesgo. Entre otras razones, la volatilidad de la biología, del clima, los mercados y de las políticas públicas. Unas causas se amplifican con las otras, creando un clima permanente de fuerte incertidumbre. En este contexto, la inversión y la innovación significan incursionar en un terreno desconocido que consecuentemente aumenta la incertidumbre, lo cual explica la aversión al riesgo y la fuerte precaución ante los cambios. Consecuentemente, las estrategias del campo son necesariamente conservadoras, como lo son en todo el planeta desde los caldeos y los asirios. Sin embargo, pese a todo, nada se ha modernizado más en el país que el campo. Las anclas del desarrollo están en otra parte. El debilitamiento de las tendencias productivas es una parte importante de la coyuntura. La otra parte insoslayable es el proyecto de aumentar el impuesto a la tierra. Es un impuesto que va contra la lógica de la reforma impositiva discutida hasta la extenuación durante dos años. Aquello fue un logro de la razón y del buen gobierno. Simplificar, evitar pequeños impuestos -como este que se quiere crear- y sobre todo, evitar poner impuestos a los recursos productivos para no desalentar su uso y concentrar la imposición sobre las ganancias. Como argumento para convocar piedad, se dice que es poca plata. Siempre que es ajena parece poca. La pregunta que nace, es por qué entonces romper las formas de organización que se dio la sociedad, crear un ambiente de incertidumbre mayor y trasmitir la sensación de que en cualquier momento pueden nacer nuevas ocurrencias, caprichosamente y a contramano de asuntos laudados. Todo por poca plata. También es una buena preguntarse por qué no se gasta mejor en lugar de ir hacia una nueva escalada fiscal ambientada por codicias burocráticas. En síntesis, una iniciativa sorprendentemente inoportuna, viene a erosionar confianza en un momento en el cual el crecimiento está en discusión y crecen más las dudas que las certezas. En ese contexto, se pergeña una medida descolgada de la lógica que ha ido construyendo el propio gobierno.

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