5 de noviembre de 2011 11:46 AM
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En el agro está el blindaje

En el devenir de la situación cambiaria saltaron a la vista varias cuestiones que vale la pena comentar.

Primero, varios economistas explicaron la corrida hacia el dólar como un “problema de demanda”. Y no de oferta. Lo dijeron cuando la conducción oficial había obligado, la semana anterior, a liquidar en el país las divisas por las exportaciones de petróleo y minería.

Si fuera solo un problema de demanda, el gobierno emerge ahora como eficaz, al menos en el corto plazo: reprimió la demanda con las fuerzas de seguridad, y puso momentáneos paños fríos en el mercado. Con métodos non sanctos.

Al fin y al cabo, como le gusta a la mayor parte de los argentinos. Remember la mano de Dios. Fue gol y punto. Pero todos sabemos que estas prácticas tienen consecuencias.

La realidad es contundente. No vamos a invadir las incumbencias de los economistas. Venimos de la agronomía, y algo de esto estudiamos. Me animo a decir que siempre las corridas ocurren por “exceso de demanda”. Pero este exceso está relacionado con la capacidad de respuesta desde la oferta. Y como agrónomos tenemos derecho a opinar, porque estamos del lado de la oferta. La Segunda Revolución de las Pampas es agronomía pura.

Veamos un poquito. En lo que va del año, los exportadores liquidaron 22.000 millones de dólares. Lo mismo que en todo el 2010, cuando los embarques fueron récord. Quedan dos meses y mucha mercadería en manos de los productores. Con un ritmo normal de oferta, del orden de los 400 millones de dólares por semana, de aquí a fin de año ingresarían otros 3.000 millones de dólares.

Una corrida cambiaria se lleva puesto todo. Pero la situación es muy distinta a la de otras coyunturas críticas, con funcionarios desesperados rascando el fondo de la cacerola. O apelando a una ayuda externa que, gracias a la mano de Dios y otras lindezas de nuestra historia, se vengaba y nos quería ver morir por inanición. Sobrevivimos.

Fue la soja, estúpidos.

Un acierto estratégico fenomenal. Es el producto que ha exhibido la mayor expansión de la demanda. Los precios se duplicaron en la última década. Y la Argentina respondió… duplicando la producción, expandiendo las inversiones en toda la cadena, agregando valor, creando una infraestructura imponente de puertos y vías navegables.

Pero el complejo agroindustrial, que esta semana celebró su foro anual en Santa Fé, no es solo salud macroeconómica, a través de la balanza comercial y el equilibrio fiscal. Es también seguridad social a través de los subsidios. Y sobre todo, es actividad, empleo genuino y competitivo. Lo saben bien los uruguayos, que tras duplicar su producción agrícola en diez años, midieron un crecimiento mucho más fuerte del interior revirtiendo la tendencia a la macrocefalia de Montevideo.

Pero la soja, el maíz y el trigo son también moneda. Una moneda que el chacarero sabe cuidar con esmero. Frente a las dudas cambiarias, el productor retiene. Al retener, el exportador no puede comprar. Y si el exportador no compra, no ingresan dólares.

A diferencia de otros sectores, señores economistas, los exportadores del complejo agroindustrial no tienen mercadería propia. No están integrados verticalmente. Si quieren exportar, necesitan comprar la materia prima. Se escuchó decir que ahora las petroleras y mineras tienen la misma “obligación” de liquidar divisas que los exportadores de granos y subproductos. Nada que ver: estos nunca estuvieron obligados. Traer los dólares es la ley natural.

Y para rematar, un hecho sugestivo: por la cuestión del dólar, Cristina Kirchner bajó a Amado Boudou del avión que volaba al G20, en Cannes. Su lugar fue ocupado por Julián Domínguez. Era un lugar para mostrar fortalezas. El agro es la nuestra.

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