6 de noviembre de 2011 10:48 AM
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Ingeniería genética , comentario de RAP-AL

URUGUAY : La sección uruguaya de la Red de Acción en Plaguicidas y sus Alternativas para América Latina (RAP-AL), divulgó un informe que afirma que los cultivos transgénicos no tienen mejores rendimientos que los convencionales.

El trabajo indica que “se nos ha dicho repetidamente que los cultivos transgénicos van a salvar al mundo porque harán posible la producción de más alimentos debido a la utilización de semillas resistentes a la sequía, al control de plagas y a las hierbas indeseadas”, pero asegura que “todas estas reivindicaciones se han establecido bajo falsedades”, ya que “años de experiencia en todo el mundo han demostrado lo contrario”.
“El hecho es que la ingeniería genética no ha aumentado el rendimiento de un solo cultivo”, sentencia RAP-AL Uruguay. El informe puntualiza además que el Centro de investigación Navdanya’s, que se encuentra en India, ha demostrado que “contrariamente a la afirmación de Monsanto sobre el rendimiento de 1.500 kilos por hectárea del algodón Bt, la realidad es que el promedio es de 400-500 kilos”, al tiempo que un informe de los EE.UU. de la Unión de Científicos Preocupados por el llamado Fracaso en el Rendimiento, “ha establecido que la ingeniería genética no ha contribuido al aumento del rendimiento en ningún tipo de cultivo”. Según dicho estudio, el aumento de rendimiento de los cultivos en los EE.UU. “se debe únicamente a las características de rendimiento de los cultivos convencionales”.

OTRAS CONSECUENCIAS
Por otra parte, la organización ambientalista señala que en 20 años de comercialización de cultivos transgénicos, sólo dos rasgos se han desarrollado a una escala significativa: tolerancia a herbicidas y resistencia a los insectos. “Los cultivos tolerantes a los herbicidas (o Roundup Ready) se suponían que harían el control de malezas y los cultivos Bt controlarían a las plagas. Pero en vez de controlar las malezas y las plagas, los cultivos transgénicos han conducido a la aparición de supermalezas y superpestes; en los EE.UU. los cultivos Roundup Ready han producido hierbas que son resistentes a este herbicida”, manifiesta.
A este respecto, apunta que aproximadamente 6 millones de hectáreas han sido invadidas por superralezas y que “con la intención de eliminarlas, agricultores han pagado alrededor de 25 dólares por hectárea aplicando herbicidas aún más letales, como el Agente Naranja, utilizado durante la Guerra de Vietnam”. Asimismo, precisa que en la India el algodón Bt, que se vende bajo el nombre comercial de Bollgard, “se suponía que controlaría el gusano que destruye el algodón”, pero hoy en día “se ha vuelto resistente al algodón Bt, por lo que ahora Monsanto vende Bollgard II, que contiene dos genes tóxicos adicionales”, remarcando que a raíz de este nuevo algodón “han surgido nuevas plagas y los agricultores están utilizando grandes cantidades de insecticidas”.
El informe destaca que Monsanto ha estado afirmando que mediante la ingeniería genética se pueden generar cultivos de tolerancia a la sequía y otras características resistentes al clima y asegura que “ésta es una falsa promesa”, argumentando que el Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA) indica en su proyecto de evaluación ambiental del nuevo maíz tolerante a la sequía que “hay estudios disponibles sobre variedades igualmente comparables, producidas a través de técnicas convencionales de mejoramiento en producciones con regadío”
Más adelante, RAP- AL alude a Helen Wallace, de GeneWatch de Gran Bretaña, quien aseveró que “la modificación genética de la industria debe ahora poner fin a sus cínicos intentos de manipular la opinión pública en la creencia de que los cultivos transgénicos son necesarios para alimentar al mundo”.
“Los cultivos transgénicos no pueden alimentar al mundo, pero tienen el potencial tanto para hacer daño y esclavizar al mundo. Hay suficientes estudios independientes que muestran que los alimentos transgénicos pueden causar daños a la salud”, resalta. En tal sentido pone como ejemplo la investigación del bioquímico Arpad Pusztai, quien “ha demostrado que las ratas alimentadas con papas transgénicas han desarrollado un páncreas más grande, sufrieron encogimiento del cerebro y daño en el sistema inmunológico”. A su vez, la investigación de Gilles-Eric Seralini, biólogo molecular de la Universidad de Caen, “ha demostrado que el daño a otros órganos también puede ocurrir”. Según Seralini, los datos recabados “pone claramente de relieve los efectos adversos en los riñones y el hígado, así como los diferentes niveles de daño al corazón, las glándulas suprarrenales, el bazo y el sistema hematopoyético” (sistema encargado de la formación de la sangre).
En contrapartida, la industria biotecnológica “ha atacado a Pusztai, Seralini y todo otro científico que haya hecho una investigación independiente sobre los organismos genéticamente modificados (OGM)”, por lo que “parecería entonces que los transgénicos no pueden coexistir con la independencia y la libertad de la ciencia”.
“Además de su impacto en la salud, los transgénicos tienen un impacto ecológico severo. El caso más conocido de contaminación ha sido el del agricultor canadiense Percy Schmeiser que perdió la semilla de canola, como resultado de la contaminación de los cultivos transgénicos de vecinos”, subraya. Al mismo tiempo, considera que las semillas y cultivos transgénicos abren camino para que las corporaciones se “adueñen” de las semillas a través de patentes y derechos de propiedad intelectual (DPI), y esas patentes “confieren derechos de autor para el titular de la patente de los monopolios corporativos”, consignando que si bien “esto se traduce en enormes ganancias para Monsanto, para los agricultores esto significa deuda”.
En este plano el informe asegura que más de 250.000 campesinos indios han sido empujados al suicidio en la última década y media y que “la mayoría de los suicidios han sido en el cinturón del algodón donde Monsanto ha creado un monopolio a través de semillas de algodón Bt”.
“La combinación de las patentes, la contaminación genética y la expansión de los monocultivos significa que la sociedad está perdiendo rápidamente su libertad, la libertad de cultivar sus propias semillas y la libertad de producir alimentos. Los campesinos y productores están perdiendo la libertad de cultivar y guardar sus propias semillas y el cultivo de alimentos orgánicos. Los ciudadanos están perdiendo su libertad de conocer lo que están comiendo y tener la opción de comer alimentos libres de transgénicos”, reseña el documento. A modo de conclusión sostiene que “ésta es la razón por la que los cultivos transgénicos son un problema para la democracia”, especificando que “democracia alimentaria es el derecho y la responsabilidad de todos”. “Cada uno de nosotros debemos defender nuestra libertad de los alimentos e instamos a nuestros gobiernos a proteger los derechos de sus ciudadanos y dejar de apoyar la toma de posesión corporativa de nuestras semillas y alimentos”, concluye el informe divulgado por RAP-AL Uruguay

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