8 de noviembre de 2011 10:15 AM
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Perspectivas del agro argentino

Como en muchos casos, no hay una sola característica para definir a las personas, pero en el caso de Chiavarini hay varias destacadas.

Una de ellas es sin duda, su obsesión por la capacitación. No solo en la agronomía, sino en economía, en estrategias financieras, en técnicas de gestión y control, en dirección de empresas, marketing de servicios, normas de calidad, comercialización de granos…la lista es amplísima. Y no solo en Argentina sino también en España, Alemania, Gran Bretaña, Perú, Brasil, además de docente y de publicar manuales de procedimientos, notas…la lista también sigue aquí. Como auditor internacional de Control Union World Group viaja literalmente por todo el mundo y en sus lugares más recónditos. A toda su experiencia se agrega entonces su óptica mundial que le permite no solo evaluar sino también comparar las diversas situaciones. Pero falta aún su faceta humana relevante, la de quien aun encuentra tiempo para el deporte y energía para el voluntariado solidario en actividades para la comunidad. Pienso que quizás sea esto lo más destacado…

Comentarios sobre la agricultura argentina.

El crecimiento de la actividad agrícola ha sido extraordinario en los últimos anios. Lo ha sido en todas las regiones del país con parecido dinamismo, llevando la frontera de los cultivos a las cuchillas entrerrianas, el chaco y el anta salteño, y pronto comenzara a explotarse el norte patagónico. Otro tanto ocurre con el incremento de la productividad y uso de insumos. Dentro de ese panorama, los oleaginosos, muy especialmente la soja, son los que han mostrado el mayor incremento.
ApuntoNews. La agricultura, junto con la ganadería, siempre ha tenido y tiene un papel protagónico en la economía argentina, ¿es posible que ese rol se siga manteniendo?

Carlos Chiavarini. La perspectiva actual de la producción agropecuaria argentina marca una clara definición de la producción agrícola sobre la producción ganadera a campo, un avance en la transformación de proteínas vegetales en proteínas animales y una clara adopción de la biotecnología (eventos genéticos en maíz y soja, uso de paquetes tecnológicos cerrados, etc.). Pero la situación actual del agro argentino está marcada por dos fuerzas que actúan sobre los productores, impulsadas por la política agropecuaria del actual gobierno nacional, y los miedos causados por la misma.

Si bien el gobierno a través del recientemente anunciado Plan Estratégico Agropecuario, ha planteado una serie de objetivos, el mismo no indica la forma en qué se llegará a los mismos. En consecuencia, los productores tienen reservas sobre si el nuevo ciclo gubernamental se expresara en:
– un aumento de la presión impositiva (¿impuesto a la tierra?, ¿aumento de la alícuota del IVA?)
– un aumento de las retenciones (¿una nueva 125?)
– una mayor discrecionalidad en el otorgamiento de los permisos de exportación (¿ROEs?, ¿cupos a la exportación?)
– alguna restricciones al uso de la tierra y/o a la rotación de cultivos (¿presiones para incrementar el área con trigo o maíz?, ¿limitaciones a la siembra de soja?).
– restricciones a la importación de insumos estratégicos (principios activos para la elaboración de agroquímicos), o
– escasez de combustibles (o dificultad para el acceso a los mismos).

A.: Parece que las incógnitas no son pocas.

CC: En efecto y todas estas medidas (estos “miedos”), cada una por separado o combinadas entre ellas, se traducirían en una caída de los márgenes de los productores ya sea por un aumento de los costos o por una caída de los precios reales recibidos por el productor en chacra. A ello se agregarían todavía dos factores de categoría mayor que siempre acompañan el riesgo propio de esta actividad y que constituyen los “miedos” mayores de todo productor: la caída del precio internacional de los commodities y una sequía (más o menos fuerte) producido por el fenómeno climático conocido como “La Niña”.
A.: Todo esto afectaría fuertemente el margen de beneficio del productor agropecuario…

CC: Seguramente. El productor es a su vez testigo de una participación cada vez menor del valor de su producción en el valor del producto final. Los consumidores entregan un porcentaje cada vez mayor del precio final del producto a las etapas de procesamiento, de distribución y de comercialización. El productor se da cuenta de esto, tanto sea por la relación del precio real percibido por kilo de trigo, por litro de leche, por ejemplo, comparado con el precio del kilo de cualquier producto de panadería o de galletitería, o con el precio de cualquier producto lácteo (leche, yogurt, quesos, cremas, helados, etc.).

Las fuerzas citadas al principio se expresan de dos formas contrapuestas:
– masivo uso de la tecnología y concentración de los factores de decisión; e
– integración en la cadena productiva por parte de productores medianos y pequeños.

También hay que tener en cuenta la concentración de los factores de decisión. Hoy una parte importante de la agricultura se realiza en tierra “ajena”. Es decir que gran parte de la producción es realizada por agentes coordinadores de la producción que no disponen de tierra, sino que la alquilan o arriendan, y que en muchos casos tampoco disponen de maquinaria agrícola, sino que contratan los servicios de empresas especializadas (“contratistas”).

A.: Me estás hablando de la formación de grandes grupos productores…

CC: Exactamente, de grupos que poseen estructuras administrativas y técnicas, pero casi no disponen de personal a campo, ya que su personal se dedica más a la supervisión de tareas realizadas por terceros, que a la realización de las mismas (siembra, pulverización, fertilización, cosecha).
A.: …y que por lo tanto estarían en mejores condiciones de superar situaciones adversas.

CC: También. Pero además, de producirse una caída de los márgenes obtenidos por hectárea, están en condiciones de dar respuestas rápidas con la mayor incorporación de tecnología y la concentración de las áreas trabajadas. En ambos casos, aquellos grupos de inversión o de producción más grandes, son los mejor ubicados para “sobrevivir”, capturando un área mayor, obteniendo mejores precios en las compras de insumos por poder presionar por mayores volúmenes, mejores tarifas de transporte, y mejores precios en general. Esta disminución en sus costos operativos, le permitiría a estos grupos ofertar mejores precios relativos para los alquileres o arrendamiento de los campos.

Los grandes grupos están mostrando también una tendencia hacia la integración ya sea incorporando la transformación del trigo en harina, de los granos en carne, incursionando en la producción avícola y porcina, agregando el transporte y la logística a las actividades, y muchas variantes mas.

A su vez, una caída de los márgenes, puede empujar a algunos productores a transformarse en “rentistas” ya que los costos y el esfuerzo de trabajar su propio campo no compensarían la renta a obtener en caso de alquilarlos o arrendarlos, sin tener que afrontar los riesgos climáticos, de precios, de colocación de productos, etc.
A.: ¿Y cuáles son las alternativas para los pequeños y medianos productores?

CC: Una opción que están pensando muchos productores es la integración en la cadena productiva aunque a una escala menor y diferente que la que se observa en los grandes grupos. Es obvio que los fondos necesarios para la construcción de un molino harinero o una planta de extracción de aceite por solvente, mas el capital de trabajo necesario para el funcionamiento de ambos tipos de unidades (pensemos en los fondos necesarios para comprar 3000 toneladas de soja por día, durante un lapso mínimo de 60 días) superan holgadamente los fondos disponibles o posibles de obtener por parte de la enorme mayoría de los productores. La única opción para este tipo de gran inversión es la formación de cooperativas ad hoc, o de la intervención de las actuales cooperativas.

La obtención de harinas con alto contenido de aceite y de aceite a través de plantas de extrusión y prensado, es una forma de integración con menor costo, que la obtención de aceites a través de solvente. Estas unidades son de mucho menor tamaño, no necesitan trabajar 24 horas y muelen un volumen de soja mucho menor. Por otro lado, necesitan disponer de un mercado consumidor de harinas (llámese feed lot o galpón pollero) cercano debido a que no se pueden almacenar en forma segura por períodos prolongados de tiempo.

Los mismos análisis se pueden hacer de las plantas desactivadoras de soja, de la producción porcina o de las mini plantas de transformación de leche.

Un inconveniente que presenta estos ejemplos de integración vertical es la pérdida de eficiencia que se observa. Para el caso de las plantas de extrusión y prensado, los requerimientos de energía eléctrica por tonelada procesada son muy elevados, el porcentaje de aceite que se extrae de la soja es muy inferior al de extracción por solvente, la cantidad de horas/hombre medida por tonelada de materia prima o de producto final es también elevada.

Tiene como ventajas, además de la transferencia de parte del valor del producto final al productor-procesador, la de generar una demanda de mano de obra local, que puede ser cubierta en parte por el mismo y su familia, o empleados locales, generando la demanda.
A.: ¿Existen otras alternativas además de las oleaginosas?

CC: Otra forma de integrarse en la cadena de producción es la transformación de los granos producidos en los campos en carne, ya sea aviar o porcina. En estos casos, las inversiones necesarias son menores a las citadas anteriormente. El problema no se encuentra en la etapa de transformación, sino en la de faena y en la de comercialización. Llegar a los consumidores es la etapa más difícil para los pequeños y medianos productores.

A.: ¿Ante qué situación nos encontramos actualmente?

CC: Dejando de lado los “grandes números” de la agricultura argentina (cuánta área se destinará a soja, cuánta a maíz, qué paquete tecnológico se impondrá, etc.), podemos estar en presencia también de un proceso divergente en la misma. Uno es más eficiente en el uso de recursos, la aplicación de fondos, y los procesos decisorios, pero lleva a una agricultura sin agricultores, mientras que el otro, es más “ineficiente” en el uso de los recursos, pero relaciona más al habitante de la ruralidad con la producción, y le permite una mayor apropiación del precio final al mismo.

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