14 de noviembre de 2011 11:22 AM
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La Oncca cambiaria

No igual , solo parecida.

El 23 de octubre el oficialismo revalidó el poder político fuera de toda discusión. El 24, no pudo revalidar el modelo económico (tal como venía), por la elevadísima dolarización de ahorros de la gente. El 31 de octubre apareció una suerte de segunda Oncca: la “Oficina Nacional de Control Cambiario de la Argentina”.

Una salida de capitales persistente (52 meses) y muy elevada en los últimos tres (más de US$ 3000 millones al mes) genera dos efectos diferentes, complicados y simultáneos. Por un lado, cuando el Banco Central (BCRA) vende dólares absorbe pesos, se traba el circuito monetario-crediticio, sube la tasa de interés y golpea la actividad. Por el otro, cuando el Gobierno usa las reservas del BCRA para pagar la deuda y a eso se le suma tamaña dolarización, las reservas caen fuerte. A US$ 3000 millones y pico de dolarización por mes, la situación era incontinuable: tarde o temprano el efecto monetario contractivo desembocaría en una meseta primero y recesión después y las reservas caerían hasta niveles de gran desconfianza.

La respuesta frente a este hecho puntual fue la Oncca cambiaria. Rige un racionamiento a la compra de dólares. El grifo está prácticamente cerrado. Se permite un goteo de compras para que la dolarización no dé un “cero rabioso”. Cuanto más cerrado el grifo, crece la chance de que esa demanda se canalice hacia el mercado informal o dólar “paralelo”, concepto que prácticamente se había borrado de la cabeza de los argentinos. El Gobierno, para quien esto también es algo nuevo, se supone intentará a futuro que la brecha cambiaria que caracteriza estas situaciones no se agrande.

Ahora bien, después de este control que se supone ataca la demanda, queda abierta la incógnita sobre cuánto será el año que viene la oferta neta total de dólares de la economía (del orden de los US$ 25.000 millones los últimos años, excepto 2009 por la sequía). De seguro tenderá a acotarse casi a lo que dé el superávit de comercio (exportaciones menos importaciones). No es un tema menor, dado que otros ingresos de dólares de financiamiento de capital y comercio, privados y públicos, fueron más de la mitad de los US$ 25.000 millones en 2011. Y eso se puede ver recortado a futuro con estas medidas de control. Y hete aquí que cuánto más baja sea la oferta, más cerrado estará el grifo para la demanda. Por lo tanto, controles adicionales, escritos o no, desdoblamientos confusos y brechas crecientes pueden ser posibles si son necesarios. O sea, al tema de acotar la demanda, un problema obvio en el planeta Tierra 2011, lo “empioja” además el de disminuir sensiblemente la oferta. Eso va a venir.

Otra derivación del racionamiento cambiario son los depósitos y el crédito en dólares. Su evolución dependerá de lo que haga la gente con sus tenencias en los bancos. Que los depósitos en dólares dejen de crecer o caigan no tiene en “el modelo” el efecto monetario crediticio contractivo a escala popular, pero sí afecta el crédito en dólares para exportar y además impacta sobre el nivel de las reservas (porque algo menos de los casi US$ 15.000 millones del total están en una cuenta del BCRA). En la medida que éstos caigan contra reservas, se cierra más el grifo de venta de dólares contra pesos a la gente para atenuar la pérdida.

El “nuevo modelo”

De todos modos, el funcionamiento del “nuevo modelo” versión pos-31 de octubre está apenas insinuándose. A grandes rasgos: el mercado cambiario estará regulado por el grifo de la Oncca, que lo abrirá o cerrará en función de lo que dé la oferta de divisas y de cómo fluctúe la brecha entre el dólar oficial y el paralelo, que irá gradualmente echando raíces. El BCRA a veces comprará dólares “oficiales” y otras veces venderá. El mercado monetario estará alimentado excluyentemente por la emisión del BCRA para financiar el déficit fiscal, más/menos la política de esterilización de moneda. La tasa de interés no volverá a los bajísimos niveles de meses atrás y el crédito estará mucho más trabado. La deuda pública se seguirá pagando con la “maquinita” y con las reservas (seguramente se requiera reformar la Carta Orgánica del BCRA para ampliar los límites de asistencia al Tesoro). El nivel de actividad responderá a espasmos: se moverá más en meses en que aparezca liquidez en la calle y menos cuando desaparezca. Dependerá de cómo resulte la cosecha y cómo sigan los precios internacionales y la región. La tendencia global será al estancamiento. La tasa de inflación seguirá relativamente alta, pero no necesariamente suba más. Dependerá de dónde se ubique la brecha cambiaria, del tamaño del agujero fiscal, del nivel de actividad y el ajuste tarifario.

¿Cómo es la vida en este planeta “más ochentista”? Distinta a la vista en los últimos 20 años. Es más parecida a “la vieja Argentina”, aunque con otro mundo. El mundo está obviamente peor respecto a los grandes momentos de bonanza de esta década que conocen los “jóvenes”, pero muchísimo mejor y diferente que el mundo ochentista con inflación, sin boom de commodities, con tasas de interés que volaban y América latina toda defaulteada. Y además hoy están los “agrodólares”, no están Segba, Entel, la cuenta de Regulación Monetaria del BCRA, las viejas OPP que saldaban el déficit jubilatorio, etcétera. O sea, sólo por ahora el agujero fiscal es más moderado y la demanda de dinero transaccional es más estable y alta que en aquellos tiempos.

Carlos Melconian

El autor es economista y socio de M&S Consultores

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