19 de noviembre de 2011 10:50 AM
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La fruticultura continúa perdiendo competitividad

En la práctica, este concepto significa simplemente que los mercados del mundo no están dispuestos a pagar lo que cuesta producir hoy nuestras frutas.

Para comprender la situación en la que se encuentran diversas producciones del agro no pampeano es útil remontarse a la maxidevaluación del 2002.

Tras un largo período de tipo de cambio bajo, su fuerte suba mejoró en mucho la ecuación económica de aquellos sectores con perfil exportador.

Con una parte importante de sus ingresos en dólares y costos disminuidos en esa moneda, las empresas obtuvieron ganancias que no se habían visto en varios años.

Luego de la devaluación, los costos de estos productos comenzaron un paulatino ajuste hacia arriba, a la vez que los precios agrícolas en el mundo escalaron a récords históricos.

Sin embargo, los primeros se movieron a velocidades muy superiores.

Tomando como base el 2006, año previo a la aceleración de la inflación doméstica, muchos de estos productos vieron deteriorado su poder de compra.

Ello a diferencia, por ejemplo, de la soja, producto estrella de la Argentina motorizado por el espectacular crecimiento chino.

En el caso de los limones, del 100% de lo que un productor podía comprar en el país con una tonelada exportada en el 2006, ajustado desde entonces por la evolución de su precio internacional y por la suba de valores internos, hasta el primer semestre de este año ese poder de compra se redujo al 85%.

Otro caso más extremo es el de las naranjas, pues cada tonelada exportada perdió el 44% de su capacidad de compra. Esas pérdidas no son más que disminuciones en la rentabilidad de los clusters de las economías regionales que producen estos productos.

La producción de peras y manzanas de la región es un caso particular de lo anterior.

Tras la maxidevaluación del 2002 los precios de sus insumos comenzaron un continuo ajuste y muchos de ellos dolarizados, subieron hasta ubicarse en valores superiores a la década de la convertibilidad.

Los salarios en dólares, que como en el resto de la economía habían caído mucho, en el 2007 recuperaron los valores previos al 2002 y escalaron hasta superarlos en más de un 50% en la temporada pasada. Muestran así niveles récord tanto en dólares corrientes como medidos en la cantidad de cajas de fruta necesarias para pagar un haber mensual.

Mientras tanto, los precios de las pomáceas en los mercados de exportación del país también se movieron en sentido positivo, pero a una velocidad marcadamente menor.

Esta evolución generó una pérdida de rentabilidad que desplomó las inversiones, especialmente en el 2009, que con una caída del 55% se plantaron unas 700 hectáreas menos al año previo. Eso implica, en forma estimada, que para el 2014 no existirán unos 1.000 empleos que hubiera generado la actividad e ingresos potenciales por unos 20 millones de dólares. La tendencia se aceleró luego en el mismo sentido, por lo que las pérdidas son mucho mayores. En el caso del cluster frutícola del Comahue, este nuevo impacto se produce sobre un sector que, considerado como un todo, muestra descapitalizaciones continuas por décadas.

Ello no se refiere a la pérdida de valor en moneda corriente, sino a que la capacidad de producir, competir y generar riqueza se deteriora.

Concretamente, los altos porcentajes de fruta destinada a la industria por su baja calidad, la alta proporción de plantaciones con variedades poco valoradas en los mercados, la reducida productividad de las chacras son fenómenos que frente a nuestros competidores nos han rezagado considerablemente.

Hoy estamos además frente a una diferencia sustancial con respecto al pasado. Es muy probable que en el futuro el país conviva con un Tipo de Cambio Real (TCR) bajo, debido al cambio estructural en los términos de intercambio por la valoración de las materias primas.

Pero a la vez el crecimiento de los países emergentes augura oportunidades en estos nuevos mercados para las frutas, pues su demanda tiene una alta elasticidad con respecto al ingreso.

Para continuar bien posicionados en la oferta, la única solución es muy clara, la inversión. Ésta mejora todo lo anterior. Pero hasta ahora no se ha logrado articularla de un modo razonable. Los dos canales principales que hoy la determinan no están disponibles. De un lado es constante la escasez de financiamiento para inversiones como éstas, que maduran en mediano plazo. Y del otro, la rentabilidad está desaparecida.

En esta situación el status quo implica nuevas descapitalizaciones para el cluster a solventar vía nuevas deudas, ausencia de amortizaciones y más perdidas.

Como tantas otras veces, el sector se encuentra en un atolladero sin salida autónoma por problemas de competitividad. En la práctica significa simplemente que el mundo no está dispuesto a pagar lo que nos cuesta producir nuestras frutas.

Pero al no haber rentabilidad y sin crédito disponible, es imposible invertir más. Sin la cual no se puede aumentar la productividad y si ésta no se incrementa, no mejora la rentabilidad. Ése es el atolladero que no permite lograr el objetivo final, más empleo. La salida requiere de dos canales principales, con decisiva injerencia gubernamental. El primero posible es la suba del TCR del sector, definido en lo interno por todos sus costos y el tipo de cambio nominal. Con los primeros muy inflexibles a la baja, sólo queda operar sobre el último.

Sin embargo, éste es parte de la política macro fijada en cualquier país cuando se valora todos los conjuntos. Y en ese sentido conviene tener presente que si bien con menos holgura, el estado de las variables mundiales y locales hace que el gobierno siga teniendo posibilidades de sostener en el mediano plazo una paridad cambiaria real sin un fuerte salto hacia adelante. Es decir que ella dependerá en gran parte de lo que decida hacer, y hasta ahora ha operado en sentido inverso.

El segundo canal es más específico y probablemente el que más tiene para dar. Básicamente se trata de operar sobre la política fiscal hacia el sector, con la mirada estratégica de la alta política. Ella debe incluir un análisis sobre la cantidad y calidad de empleo que conviene promover en nuestro país.

Hay medidas ineludibles a estudiar, como las retenciones a las exportaciones, ya disminuidas por ejemplo para los cítricos; la determinación de reintegros no distorsivos a las exportaciones; el tratamiento impositivo ya que se compite con países en mejor posición a ese respecto; la participación en las negociaciones laborales cuidando la posibilidad de crecimiento, y el otorgamiento de créditos adecuados para este tipo de inversiones.

Hoy tanto las empresas del sector como otros actores pugnan ante el gobierno nacional para lograr medidas en relación con el segundo canal. Plantear las demandas pero con aumento de las economías regionales, organizaciones gremiales y gobiernos provinciales podría mejorar los resultados. También comenzar con un frente organizado y permanente de defensa de las producciones de muchas de estas economías, que son inadecuadamente consideradas en la capital del país. Pero como la ventanilla federal se encuentra cada vez con menos fondos y más reclamos, para este tiempo quizás sea más efectivo apostar a obtener un tratamiento diferenciado. Lo que se pueda o no lograr necesariamente impactará sobre la velocidad de crecimiento o decrecimiento de la actividad frutícola en el Valle.

* Economista de la filial Comahue del IERAL.

Mariano Saritzu *
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