21 de noviembre de 2011 10:34 AM
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Agro, encierro y populismo

URUGUAY : Esta semana, después de la redacción de este artículo, se aprobará una ley en la que nuevamente se agredirán el sentido económico y el clima general, en base a una no demostrada solución de no demostrados problemas, haciendo prevalecer la ideología por sobre el sentido común y moderno de la economía.

No quedará exento de crítica el Ministro de Ganadería, como no lo estarán en el recuerdo de nadie, aquellos que para facilitar la votación de una ley con la que no estaban de acuerdo, pidieron licencia. El uso de una martingala como convocar suplentes, o no concurrir a comisiones, no exime en modo alguno de responsabilidades. Ya habrá ocasión para volver sobre este impuesto que complica el clima empresarial y, peor, el clima general. En cuanto a los negocios, a partir del ataque a la tierra que se anuncia como el primero de una serie de modificaciones regresivas, ya no puede dudarse que el gobierno rompe con el campo, y en particular con los compromisos de inmovilidad fiscal asumidos en público. Introduce así una inestabilidad, en un clima de por sí complicado, de la que solo se puede esperar males. Es más; sus propulsores aparecen como si la aplicación de un tributo fuera neutral a la ecuación económica y que, luego de aprobado, se pudiera seguir apelando a que la gente invierta, traiga capitales, para el agro u otros sectores. Pero creo que además, sobre todo por la reflexión que se establece en la secuencia de medidas que este impuesto puede inaugurar, que es muy probable que el clima de entendimiento nacional se siga resquebrajando, cuando el país, en la antesala de momentos difíciles que ojalá no vengan, precisa justamente otra cosa. Y todo para combatir una concentración no demostrada, para un perjuicio de ésta -económico y social- no demostrado, y con un remedio de efectos contradictorios: no parece una postura responsable.

MERCOSUR. Es éste otro tema, el de nuestra inserción internacional, en el que el país se encuentra hoy en una mala situación, sin estrategias claras. Es así que dejamos pasar el tren del acuerdo con Estados Unidos, no tenemos -en esto las causas no son propias- relaciones intensas con Europa, los países líderes de América del Sur – Chile, Colombia, Perú- le disgustan al gobierno por razones ideológicas, y las tintas se cargan en una especie de diplomacia mendicante con nuestros socios del Mercosur. La política exterior, igual que el impuesto a la tierra, está muy teñida de afinidades ideológicas, lo que constituye una postura ingenua ya que nuestros vecinos nunca las han reconocido, demostrando priorizar sus intereses hegemónicos en lo político, luego los comerciales, y en tercer lugar, muy en tercer lugar, su afinidad solo verbal con la izquierda. Parecen quedarnos como grandes amigos Cuba, Venezuela y algún otro país. Es que la conducción de la política exterior ha preferido no tener demasiado en cuenta destrezas en materia de derecho internacional, de ciencia política, de historia política tanto como de las negociaciones internacionales, y ha dejado lugar a esa diplomacia de afinidades ideológicas de la que en lo comercial y económico no puede esperarse casi nada. Esto dicho en especial respecto de Argentina y Brasil.

Así por ejemplo, la lógica populista del gobierno argentino vuelve necesario hoy el encierro de su economía, por desequilibrios macroeconómicos pero además por el marketing que se ha hecho de la reindustrialización de la Argentina. Este país hoy traba las importaciones desde los supermercados, somete todo a licencias previas o sea a su discrecionalidad, detiene los fertilizantes, amenaza al turismo por temas cambiarios, persigue a su gente aquí por supuesta evasión fiscal, cierra puentes, etc. Está difícil la cosa. Brasil en cambio es como siempre: nunca creyó en el Mercosur como espacio de competencia en un único mercado, sino apenas como un espacio de complementariedad para su abastecimiento, y en todo caso una contribución a su liderazgo político por el que nunca estuvo dispuesto a pagar nada. Y sigue por tanto con la política hegemónica que desde Tordesillas para acá no ha cambiado en esencia nada.

PELIGRO DOMÉSTICO. El peligro que enfrenta Uruguay es el del contagio populista, porque este lleva necesariamente, dado que vende más, al encierro económico y con él a un destino imposible. O, peor aún, que tengamos sueños de reindustrialización, símbolo de pobreza. Me explico. Salvo casos de mucha sofisticación técnica y valor agregado de inteligencia, todas las industrias que se hacen en China e India en base a salarios bajos, pobreza y explotación, es decir todas las que a veces se proponen, conducen inevitablemente a una nula competencia internacional. Nadie puede comprar autos, tornillos, ropa, computadoras, etc. hechos en el país, si las fabrica China. No sé si eso es bueno o malo, pero es una realidad: esas industrias no podrían vender al mundo desde un país como el nuestro sino con enormes subsidios; de lo contrario solo pueden vender por aquí. En cambio, la producción de alimentos y agroindustrias, quizás de no mucho valor agregado tradicional, que no se pueden hacer en aquellos países, en ellas sí hay oportunidades. Basta ya de creer -es tonto- que la industria de armado de un auto tiene más valor tecnológico que la producción moderna de un grano de soja que posee ingeniería genética, logística en base a robótica y tecnología satelital, agricultura de precisión, ingeniería financiera, etc.

 

TRES CAMINOS. Nadie duda de la buena fe del presidente, pero es claro que la diplomacia de la gauchada, de “un esfuercito más” como señala con el impuesto a la tierra, no es la correcta, no nos hacen caso. La hora reclama más firmeza y demanda la elección entre tres caminos: uno es el encierro propio, lamentable, que es el que eligen los vecinos, en especial Argentina. Otro es el encierro regional, tan lamentable como el anterior y mucho más impredecible. Y el tercero que es al que adhiero, es el de la “unilateralización de la apertura” que, aunque parece un juego de palabras, no es sinónimo de apertura unilateral. Esta última supone abrirse al mundo de modo autónomo, bajando aranceles, eliminando restricciones, etc. La que propongo, la unilateralización de la apertura, significa desde ahora rescatar la soberanía para resolver, abriendo más o demorándolo, pero en cualquier caso con arreglo a un proyecto propio, sin permiso de los vecinos y en acuerdo con las fuerzas políticas. Es posible y sobre todo necesario.

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