28 de noviembre de 2011 10:58 AM
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Dos países

URUGUAY : Hay realidades que no vemos pero que nos están sucediendo. Hay cambios en nuestra sociedad, que van más allá de nuestra vida diaria, pegados al trabajo y las inquietudes diarias.

Los que vivimos en el interior, y sobre todo vemos el espectacular desarrollo del sector agropecuario, de la mano de la agricultura, la lechería, la carne y la forestación, cuando escuchamos, vemos y sufrimos los noticieros y los diarios, que nos muestran la enorme distancia que hay entre la realidad productiva y algunos gobernantes, hay días que nos entra la desesperanza.

Nos da la impresión de que hay dos países en uno.

Un país que cuando  arranca a trabajar a las cinco de la mañana, se cruza con los que amanecen en la calle, y otro país de amanecidos en la calle que a las cinco de la mañana ve pasar a los abombados que salen a trabajar para ellos.

Un país que amanece pensando en sus vacas y ovejas pariendo, y otro que amanece a mediodía pensando en la cumbia y la pasta base.

Un país que pide más horas de sol para poder sembrar más, y el otro que vive de noche, en la ilegalidad y de lo que le regala el Estado.

Hay un país que mira a sus pasturas para mover el alambrado eléctrico, de modo de aprovechar más lo que invirtió en pradera y así sacar más leche. Y está el otro cuyo único sueño es que el hijo sea crack de fútbol aunque no estudie, mientras vive de los demás.

Un país que mientras le roban sus ovejas, igual encarnera mientras pide la seguridad a la que tiene derecho. Y el otro que mete preso a los policías que intentan poner orden.

Un país que grita por educación y otro que persigue a una directora que quiere poner orden en su liceo.

Un país que mira para adelante y otro que no tiene problemas en atropellar la voluntad de la gente para vengarse, mirando 35 años para atrás.

Hay un país que imagina, innova e invierte, y otro que duerme, juega en la computadora y mira TV.

Uno que quiere ser empresario y progresar, y otro que se lo impide, lo atropella y lo crucifica. Y si es uruguayo, más todavía

Un país que levanta silos y galpones y otro, asentamientos.

Un país que pide que se mantengan las condiciones para poder competir y otro que se emperra en enfrentar al país entre campo y ciudad.

Un país que cuando se le dan las condiciones, invierte para producir más, mientras hay otro que cuando ve que al campo se le dan las condiciones, no piensa en otra cosa que sacarle más.

Hay un país que trabaja, y otro que vive del primero. Al que no solo le saca para saciar su interminable sed de gasto, sino que además, ni siquiera le reconoce el mérito.

A los países auténticamente agropecuarios, y de nuevo echamos mano al ejemplo de Nueva Zelanda, no solo les envidiamos los niveles de producción, les envidiamos el convencimiento de su identidad agropecuaria y el respeto que tienen los productores en el resto de la sociedad.

La discusión acerca del impuesto a la tierra no solo desnudó el conflicto del presidente de la República y su grupo con los conductores de su política económica: sacaron a luz el antiguo conflicto entre el campo y la ciudad.

Y lo que no comprende con esto, que le está pegando a la mitad del país que mantiene a la otra.

El que está comprometido es el país: una sociedad en que haya más gente que gasta sin producir, que gente de trabajo, no puede sobrevivir.  Y un país en el que haya menos convencidos de que el futuro pasa por ejercitar el cerebro que los que los tienen atrofiados, está condenado sin vueltas.

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