30 de noviembre de 2011 10:47 AM
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Campo abierto

Aunque parezca un exceso de optimismo –atento a los problemas financieros del Norte desarrollado-, el escenario futuro para los agronegocios uruguayos continúa siendo auspicioso. Los fundamentos de oferta/demanda son buenos, y las grandes economías emergentes siguen creciendo y demandan más productos como los que ofrece Uruguay. Nuestro país tiene una alta disponibilidad relativa de recursos […]

Aunque parezca un exceso de optimismo –atento a los problemas financieros del Norte desarrollado-, el escenario futuro para los agronegocios uruguayos continúa siendo auspicioso. Los fundamentos de oferta/demanda son buenos, y las grandes economías emergentes siguen creciendo y demandan más productos como los que ofrece Uruguay. Nuestro país tiene una alta disponibilidad relativa de recursos naturales respecto a su población (mucho campo, poca gente) y se ve particularmente beneficiado. Al menos hasta ahora. La crisis financiera europea (y la crisis fiscal en EEUU) amenazan a toda la economía global, con impactos difíciles de cuantificar en el mediano plazo. Por otra parte, aparecen nuevos riesgos y dudas en el escenario político, tanto a nivel global (donde se va perfilando un lamentable retorno al proteccionismo) como local, donde no se avanza demasiado en las cuestiones de fondo que sustenten el crecimiento de mediano y largo plazo (infraestructura, educación). Los agronegocios uruguayos cerrarán 2011 en alza: más área agrícola y buenas proyecciones de cosecha, precios sostenidos en el sector cárnico, producción récord de leche y la forestación consolidando su fase industrial con la construcción de la segunda planta de celulosa.

La demanda global de productos del campo sigue firme, a pesar de que los precios han tenido descensos notorios en los últimos meses. Estas caídas varían según el rubro y –si bien los precios se mantienen en niveles entre aceptables y buenos- exigen una atención mayor sobre los costos, que –contrariamente– han crecido.

 Los resultados económicos en los es-tablecimientos ganaderos fueron muy buenos en el último ejercicio, fundamento importante para el crecimiento futuro de la producción. En la agricultura la situación es más heterogénea, con variaciones según cultivos y zonas, pero en un marco de crecimiento de las áreas y las inversiones. Hay una recomposición de las superficies marginales de soja (un problema esperable, dado lo vertiginoso de la expansión), pero el área de trigo se recuperó y habrá una cosecha récord.

Los números de la agricultura están exigidos, en particular por los altos costos de arrendamiento; pero estos se acomodarán, si es que los mercados exigen ajustes (tal como se está expresando en el mercado triguero, cuyo precio es inferior al esperado). De todas formas, el clima –más que los mercados– es la mayor amenaza: las previsiones climáticas señalan altas probabilidades de lluvias inferiores a las normales en los próximos meses.

Considerando la situación actual, después de varios años en que la ganadería estuvo a la defensiva ante el avance agrícola, la tendencia puede revertirse: las proyecciones del sector ganadero lucen más firmes y es posible que la producción de carne recomponga áreas que perdió ante la agricultura y –además– acentúe el consumo de granos para complementar la base forrajera. Esto ya se manifiesta con contundencia en la lechería, que también ha estado jaqueada por el avance sojero.

Después de algunos meses de faenas mínimas, la actividad frigorífica está repuntando, pero se necesita más producción para superar los niveles de años previos y seguir avanzando. A la larga, la última palabra la tienen los criadores y los precios los ayudan, pero las vacas dan –con esfuerzo– un ternero por año; el asunto no es para ansiosos.

Así, pese a que la economía global muestra incertidumbres, el agro uruguayo tiene espacio y potencial para producir más. Allí está el desafío.

Viene que se viene

En los últimos meses, la luz de alarma por la situación europea pasó del amarillo al rojo: los altos niveles de endeudamiento de varios países del viejo continente son insostenibles y comprometen al sistema financiero. Mientras los europeos discuten cómo se reparten las pérdidas, el resto del mundo se prepara para enfrentar el efecto de esa crisis.

Dicho efecto es aún difícil de dimensionar con exactitud, pero ya puede convenirse que será apreciable y –sobre todo– sostenido en el tiempo. Europa tendrá cambios profundos en los próximos años, con niveles de consumo más acotados, y apuntando a producir y exportar más. Con sus propios rasgos y problemas, algo similar sucederá en EEUU.

Con este panorama, los países en desarrollo (en particular las grandes potencias emergentes, como China, India, Rusia y Brasil) ya no tendrán en EEUU y Europa demandantes tan firmes para sus productos, por lo que deberán recurrir más a sus propios mercados. Este viraje –aunque lento– ya se está procesando y constituye un cambio relevante en la economía global.

¿Cómo impacta todo esto en los agronegocios del Uruguay? Pese a que son esperables ciertos efectos en la demanda de productos del campo –con mercados que pueden cambiar su ponderación y con una mayor competencia entre los oferentes–, los fundamentos de mercado para los productos agrícolas y ganaderos parecen firmes: la oferta está acotada por limitaciones naturales y la demanda se sostiene por el aumento en el poder adquisitivo de las sociedades más populosas.

También es positivo el hecho de que los productos del campo cubren necesidades básicas –como la alimentación–, que permanecen a pesar de las crisis. Por supuesto, esto no es una garantía absoluta: cuando las economías se resienten, lo hacen en todos los sectores y los alimentos no quedarán aislados.

Dicho esto, vale repasar la situación en las diversas regiones que, hoy por hoy, explican el dinamismo exportador del Uruguay.

Acoples y desacoples

Mencionemos primero la situación de China, demandante clave de varios de los rubros que lideran las exportaciones uruguayas (por ejemplo, soja y celulosa). En el tercer trimestre, la economía china creció 9,1%, una tasa interesante, aunque claramente menor a la de años previos. Cabe recordar que –atento al crecimiento demográfico de dicho país– un incremento menor a 8% comienza a incomodar y, si se acerca a 6%, se encienden las luces de alerta.

El gigante asiático está en pleno viraje desde un crecimiento sustentado en la exportación a otro en el que predomine la demanda interna. Hasta ahora, los chinos han transitado este ajuste en forma paulatina, a su ritmo (cuidando que la inflación no se escape y revaluando su moneda en forma gradual, cuidando la competitividad). Sin embargo, los descalabros financieros en la Unión Europea (UE) y EEUU (los grandes clientes chinos) pueden provocar una aceleración en ese viraje, lo que generaría problemas.

Sin ir más lejos, en octubre las importaciones chinas aceleraron su crecimiento (29% interanual), pero el crecimiento de las exportaciones se resintió y bajó a 16%, la menor tasa en ocho meses.

Zhang Yansheng, director del Instituto para la Investigación en Economía Internacional chino (dependiente de la Comisión de Desarrollo y Reforma) y “principal planificador económico del gobierno chino” –según The New York Times–, dijo a la agencia estatal china Xinhua que su país “enfrenta una situación grave en el sector exportador, con una desaceleración inevitable en el tercer y cuarto trimestre”.

El jerarca atribuyó el hecho a la reducción en la demanda externa, al aumento de costos, a la apreciación del yuan y a problemas de liquidez. También agregó que China enfrenta el riesgo de medidas proteccionistas en EEUU y Europa, con el argumento de que el país asiático mantiene su moneda artificialmente devaluada.

Así, en el nuevo escenario, China seguramente enfrentará más problemas en la colocación de su pujante oferta de bienes industriales, lo que puede afectar –a su vez– el empleo interno y la demanda.

¿Cómo puede afectar esto la demanda específica de materias primas alimenticias y similares (granos, celulosa, carnes)? Es presumible que habrá un efecto, pero hay razones para pensar que será acotado: se trata de bienes básicos para poblaciones cada vez más consumidoras, por lo que –en términos económicos– los fundamentos de demanda se sostienen.

Además, hasta pueden estar en juego razones políticas: el gobierno chino no puede permitir que emerjan problemas de escasez y eso implica que deberán seguir garantizando la oferta con importaciones, más allá de que –seguramente- negociarán más que nunca los precios.

Uruguay también tiene entre sus principales clientes a los países petroleros importadores de alimentos. Notoriamente, varias naciones de África y Asia entran en esta categoría. Pero –en otras zonas– hay dos que se destacan por su importancia para la carne y los lácteos, respectivamente: Rusia y Venezuela.

Todos estos países tienen una agenda política agitada, pero su capacidad de demanda depende esencialmente del petróleo: si éste vale, su capacidad de compra se sostiene y seguirán demandando nuestros productos. En primera instancia, la suba del crudo no es buena noticia para Uruguay, pero indirectamente “garantiza” la demanda de estos países, claves para los agronegocios.

Finalmente, también es clave atender los movimientos en la región, donde aparecen desafíos nuevos. Pasadas las elecciones, Argentina procesa una devaluación de su moneda, después de que se abriera una brecha poco sostenible entre inflación y cotización del dólar, que ahora se está corrigiendo. Brasil –más ordenadamente– también procesa un ajuste: la economía muestra tasas de crecimiento más moderadas (aumentará 3,5% este año, según el Banco Central norteño), lo que abre espacio para reducciones en la tasa de interés, con su consiguiente efecto en el tipo de cambio: con seguridad, el dólar en Brasil tenderá a subir en los próximos meses.

Con este cuadro, el riesgo es que Uruguay pierda competitividad con sus vecinos, lo que no puede sostenerse mucho tiempo. Para los agronegocios el asunto es importante, porque la región es un mercado relevante (particularmente Brasil) y porque, además, los vecinos son competidores en otros mercados. No podemos quedar en offside en los precios relativos y ese riesgo es creciente. Sobre todo porque, con el resto del mundo, el tipo de cambio real ya ha caído fuerte.

¿Y por casa?

En los últimos años Uruguay ha sostenido un ambiente de negocios amigable para los empresarios y –al mismo tiempo- manejó su economía con seriedad y equilibrio. El crecimiento continuo acumulará ya 10 años (aunque vale recordar que los primeros correspondieron a la “salida del pozo” de la crisis 1999-2002). Sin embargo, en los últimos meses se expresan con mayor vigor algunos problemas.

El crecimiento económico –que ahora se está desacelerando- ha mostrado un fuerte desequilibrio en sus componentes. En 2010 la economía creció 8,5%, casi en su totalidad debido a la expansión del consumo interno (8,1%). El 2011, con matices, reproduce la misma tendencia. Si bien la inversión crece en términos absolutos, aún le cuesta consolidarse en 20% del PBI o más, lo que sería un guarismo mínimo razonable para sostener el crecimiento de largo plazo.

Así, lo que se genera –nuevamente– es un problema de competitividad: el “costo país” se vuelve demasiado alto para las empresas. Los precios y los ingresos suben, porque habían crecido los precios de exportación, pero la producción física está en problemas, con incrementos mucho más moderados o estancada, según el rubro.

Ahora que los precios bajan, ¿podrán bajar también los costos? Esto se hace de dos maneras: aumentando la inversión y la productividad (cuestiones de largo plazo) o devaluando. Algo de esto se dio en la crisis 2008–2009 y el tipo de cambio flexible puede ser un aliado nuevamente. Pero la inflación relativamente alta y la indexación salarial juegan en contra. Además, para que la devaluación sea efectiva, tiene que ser mayor a la que procesen nuestros competidores. Los contrarios también juegan.

Por otro lado, en el plano político, el proyecto de ley que crea el Impuesto a la Concentración de Inmuebles Rurales (ICIR) (que ya tiene media sanción parlamentaria) aumentó la incertidumbre en el sector, además de generar un fuerte cimbronazo en la interna del gobierno, que está lejos de superarse.

El economista Pablo Rosselli (socio de Deloitte) realizó una presentación sobre la situación económica en la última Jornada Económica de FUCREA. Aludió a la creación del ICIR como una señal de política pública que puede desalentar el círculo virtuoso de inversión y crecimiento.

“El ICIR es una señal negativa para la inversión, tiene un componente de ‘oportunismo tributario’, afecta renta fiscal a gastos específicos -lo que no es eficiente para el gasto público-, su recaudación esperada es baja, es un castigo implícito a la inversión extranjera y a las economías de escala y, al buscar bajar el precio de la tierra, puede implicar un estímulo a la producción más extensiva”, puntualizó.

Días después, el economista Jerónimo Rocca, subdirector de la OPP y uno de los elaboradores del proyecto, aludió a algunos aspectos del tema. En una jornada académica organizada por el Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y el matutino la diaria, Rocca dijo:

“De a ratos uno siente que el Estado está interpelado en su capacidad de redistribuidor y se lo cuestiona. El agro dice: ‘¿Por qué me ponen impuestos de pesado?’, como si hubiera impuestos consensuados. O ‘al agro no hay que cobrarle impuestos, porque redistribuye mejor por sí mismo, sin impuestos’. (Pero) esto no es hacer una guerra de matrices insumo-producto, en la cual cada uno presenta los impactos directos o indirectos de su sector, para que no se le cobren impuestos.”

En la misma ocasión, aludiendo a temas de distribución de la riqueza, el economista dijo que “el impuesto a la tierra no implica un regreso del gobierno a los impuestos a la riqueza. Atiende al carácter diferencial que tiene la tierra como bien de oferta fija, que absorbe todo el valor de lo que se le pone al lado: seguridad jurídica, institucionalidad, infraestructura. Se trata de captar para la sociedad parte de ese valor del cual la tierra se apropió, independiente del esfuerzo del productor, pero no implica un regreso a los impuestos a la riqueza”.

“El Impuesto al Patrimonio –señaló- está muerto en el mundo y su función es ayudar a fiscalizar el aporte del Impuesto a la Renta.”

En cualquier caso, el ambiente de negocios en el agro se deterioró y esta incertidumbre incide en otro problema. Son reconocidas las limitaciones de infraestructura para el desarrollo de los agronegocios. El presupuesto público aporta poquísimo (la mayor parte se va en gasto social, educación, salud, seguridad) y la apuesta es a que los contratos de participación público-privada (PPP) sean la respuesta.

Sin embargo, también está en proceso de elaboración en el gobierno un mecanismo para generar recursos a partir de una tasa de circulación, a aplicar sobre quienes utilizan las rutas. Esto generará más costos y más presión fiscal, más allá de que los nuevos recursos se destinen efectivamente a infraestructura. ¿Quién hace la suma?

De la “agrodependencia” a la “agrointeligencia”

En los últimos meses, el rol de la exportación en el crecimiento económico quedó en segundo plano y el protagonista fue el consumo. Pero ambos factores deberán reequilibrarse si se pretende crecer sostenidamente.

Al momento de evaluar el desempeño exportador, es recurrente la discusión sobre el “valor agregado” que las colocaciones externas generan. Si bien los productos que vendemos son los denominados en la jerga comercial como “materias primas” (una categoría que conlleva un cierto tono despectivo), resulta que son los productos donde el “valor agregado nacional” es el mayor, pues se generan desde su base en el país (desde el propio campo).

Contrariamente, productos catalogados como de “alto valor agregado” (bienes industriales como automóviles, maquinarias, etc.) tienen bastante menos de “valor agregado nacional”, pues se sustentan en porcentajes mayores de insumos importados. Además, se exportan mayormente a la región, mercado donde nuestra inserción, más que sujeta a la genuina competencia, depende de la voluble voluntad política de los vecinos.

Esta distinción tiene implicancias estratégicas profundas para el desarrollo del Uruguay, cuya discusión supera con mucho los alcances de esta nota. Cabe simplemente preguntarse: ¿vale más insistir en un desarrollo industrial con diversidad de rubros, o es mejor apuntalar los agronegocios competitivos, con investigación en biotecnología, infraestructura, etc.?

El presidente Mujica insistió durante mucho tiempo en un concepto potente: el país “agrointeligente”. Por su parte, el vicepresidente Astori hablaba de “especialización con altos niveles de calidad”. El crecimiento de los agronegocios es la expresión de dichos conceptos, aunque no se los está acompañando con demasiado calor. Más que apuntalarlos con más infraestructura y competitividad, se busca aumentarles la carga tributaria.

Así, Uruguay puede estar perdiendo una oportunidad de oro, porque el crecimiento en base a los llamados “productos primarios” puede resultar una buena vía para acumular capacidades en infraestructura, desarrollo territorial, investigación especializada (biotecnología y otras tecnologías agrícolas) e industria alimentaria, entre otras.

Este desarrollo articula mejor, además, con la escasez relativa de mano de obra que tiene nuestro país, que se expresa hoy con la mayor contundencia. El agro produce en base a una baja relación trabajo/capital, que no es lo mismo que decir que no genera empleo, lo cual es erróneo: lo genera, en forma importante, en todo el territorio y con crecientes niveles de calidad, productividad y retribución. Y sobre todo, genera empleo indirecto en los servicios asociados (construcción, transporte) y –por supuesto- en las agroindustrias.

¿Tiene riesgos esta vía de desarrollo? Puede argumentarse que conlleva una dependencia exagerada de la demanda externa, la cual –así como irrumpió con contundencia en los últimos años- puede caer y hacernos retroceder varios casilleros. Por eso –sigue el argumento- hay que “diversificar” la economía.

Este argumento está ampliamente extendido, y ha sido expuesto por autoridades de gobierno, analistas locales y expertos internacionales. Sin ir más lejos, el propio Robert Zoellick (presidente del Banco Mundial) recomendó a los países de América Latina diversificar sus economías, para no depender tanto de las “materias primas”.

El argumento es atendible, pero la diversificación de rubros como estrategia de cobertura también tiene límites. Si se hacen muchas cosas, pero ninguna de forma genuinamente eficiente, el efecto puede ser peor que asumir una estructura económica más especializada, tal vez más riesgosa, pero más robusta.

En realidad, más que en diversificación una economía pequeña como la uruguaya debería enfocarse en tener fundamentos más firmes en los asuntos de fondo: infraestructura, capital humano, productividad general de la economía, etc. Si se avanza en esto, la economía se verá mejor plantada ante la eventual necesidad de variar sus rumbos productivos, por cambios en la demanda global.

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