30 de noviembre de 2011 08:44 AM
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País generoso, si los hay

Nueva Zelanda es un país parecido al Uruguay en muchos aspectos, pero a la vez muy diferente. Yendo a lo medular del propósito de esta nota, diría que en lo que a producción ovina refiere, Uruguay, lamentablemente, está a años luz. Y, peor, muy poco de lo que ese país ofrece a los que cuentan con la fortuna de visitarlo parece quedar registrado al retornar a Uruguay.

En términos de producción de carne ovina, Nueva Zelanda es lo que Australia es en lana, Brasil en fútbol, Suiza en relojería, Alemania en automóviles, Japón en tecnología o Francia en vinos.

 

El país oceánico tampoco ha resultado ajeno a la tendencia casi mundial de caída sostenida de stock ocurrida en los últimos 20 años1.

Sin embargo, al mismo tiempo que disminuyó la cantidad de ovejas (en un país donde las categorías solteras no existen), producto de otras actividades más rentables, mantuvo los casi 20 millones de corderos con que dicho país “inunda” anualmente los mercados más exigentes del mundo.

Por supuesto que para ello sus ovejas no sólo comen bien, sino que los biotipos utilizados para producirlos son razas sintéticas, tratando de explotar al máximo el vigor híbrido para la característica de mayor impacto en un sistema mayoritariamente carnicero: la reproducción.

Australia también ha experimentado una fuerte caída en su stock, producto del desmoronamiento de su stock regulador y de la consecuente crisis en los precios de la lana, a lo que cabe agregar los ya cada vez más periódicos episodios de sequía en la tierra de los canguros.

No sólo cayó su stock, sino que, además de procesar un cambio significativo en el perfil de sus lanas ya finas2, aumentó la utilización de razas especializadas en la producción de carne: más de las dos terceras partes de los corderos australianos3 son producto del apareamiento de ovejas Merino con carneros Poll Dorset o Suffolk blanco.

¿Qué ha hecho Uruguay en producción ovina?

Ahora bien, ¿qué hemos hecho nosotros como país en el mismo período en que la “competencia”4 jugó su partido? Lamentablemente, salvo el surgimiento del cordero pesado y el proyecto Merino Fino (ahora consorcio de lana súper-fina), poca cosa más.

No obstante, en determinados ámbitos técnicos se sigue sosteniendo lo fenomenal que estamos. Salvo los precios (variable sistemáticamente reclamada por el sector primario, pero lamentablemente sobre la que poco se puede incidir), no hay ningún indicador que sustente tal proeza de aseveración optimista.

Los valores de eficiencia reproductiva (todos) son (o, mejor dicho, continúan) siendo muy malos: casi dos ovejas para obtener un cordero a la señalada, ninguna hembra se encarnera diente de leche y sólo la mitad lo hace al 1,5 años, no más de 4, a lo sumo 5 corderos, mientras esa hembra está en la majada. Las tasas de crecimiento animal son bajísimas (menos de 100 g/día), se producen corderos pesados que están un año o más adentro del campo.

En producción de lana, la cosa no es mejor. La estructura racial sigue reflejando la supremacía de una raza que hace bastante tiempo dejó de ser una raza “doble propósito”, al menos para quienes entendemos que un verdadero doble propósito debe ser eficiente en los productos más importantes que la oveja tiene en Uruguay y acompañar las tendencias del mercado. Lejos de eso, la sociedad de criadores de la raza organiza seminarios para intentar demostrar lo indemostrable: su vigencia en el país.

Lo preocupante no es lo que hacen los cabañeros de Corriedale, que en definitiva defienden legítimamente su negocio (que no es otro que vender carneros); lo más difícil de aceptar es que instituciones que en definitiva financian todos los productores de este país sigan promoviendo alternativas técnicas que no son las que pueden mejorar –a la velocidad que la coyuntura exige– la ovinocultura nacional.

Algunos ejemplos para entender lo que se afirma. El más evidente, el diámetro medio de fibra. Los productores (sobre todo cuando la industria –hasta no hace mucho tiempo- pagaba de acuerdo a la raza que el productor explotaba) compran carneros y seleccionan sus borregas de reposición por peso de vellón –sin atribuirle al diámetro la importancia que merece–, con lo cual y por la conocida asociación positiva entre ambas características se originó un incremento sustancial en esa característica5.

Característica que representa entre 80 y 85% del precio pago por un lote de lana cuyo destino es la vestimenta6. La selección es lenta, pero acumulativa, y no resulta “sorprendente” tal engrosamiento.

Lo que sí sorprende es que se siga insistiendo en la selección como forma de disminuir el diámetro en lanas Corriedale, y más sorprendente aún a la luz de los resultados de tendencias genéticas para esta característica que presentan el promedio de las cabañas: 0,1 micra/año, equivalente a 1 micra en 10 años7.

Demasiado tiempo para tan poco, sobre todo si se considera que esta “mejora” es a nivel de las cabañas que son las responsables de la mejora genética. ¿Qué dejamos para las majadas generales y, sobre todo, si tenemos en cuenta su punto de partida?

No es lo mismo una disminución del diámetro en lanas que promedian las 29 micras, que en lanas verdaderamente medias o finas. No hace mucho tiempo, un reconocido genetista uruguayo expresaba su pensamiento al respecto y lo hacía de una forma por demás gráfica –palabras más, palabras menos–: ‘Si quiero aumentar la producción de leche y cuento con un rodeo Hereford, no se me ocurriría seleccionar por producción de leche, sino cruzar con Holando o Jersey’.

El comentario es por demás elocuente y no merece mayores comentarios. Sin embargo, sí llama poderosamente la atención que se siga insistiendo con esta alternativa, particularmente cuando quienes la promocionan son técnicos e instituciones que deberían ofrecer otras alternativas, que no sólo han sido validadas, en algunos casos por sus propios técnicos, sino que son mucho más rápidas y paralelamente mejoran otros rasgos de suma importancia en la oveja: color, características de fácil cuidado: lana en la cara, producción de carne, etc.

Tampoco puede aceptarse que el incremento experimentado en el peso de canal ovina en los últimos 20 años es producto del trabajo de los productores y de la inversión en tecnologías. El incremento de 11 a 16 kg en el peso de canal es producto de que el Uruguay pasó de producir un cordero liviano, precisamente de 11 kg de canal, a producir un animal de un año de edad, donde el peso, necesariamente, tiene que aumentar.

Vale decir que el incremento registrado no responde a ninguna estrategia genética8 o de mejora en el ambiente en una especie que históricamente ha sido (y sigue siendo) secundaria frente al vacuno y a cualquier otro rubro que se desarrolle en el establecimiento, salvo, claro está, excepciones que siempre existen, pero que no cifran.

Reproductivamente tampoco resulta lógico que se continúe promocionando en forma si se quiere desmedida la mejora genética, ya sea a través de líneas más fértiles o seleccionando a favor del carácter mellicero9, cuando existen otras alternativas de mucho mayor impacto y significativamente más rápidas. El factor tiempo resulta fundamental en la producción ovina actual y –lamentablemente– no todos parecen compartir ese punto de vista.

También se ha insistido mostrando resultados físicos y económicos muy buenos en predios comerciales con ovejas (sobre todo si los comparamos con la media nacional, que a todas luces es mala). Cosa que no está mal; en varias oportunidades hemos manifestado el enorme potencial de la especie y la ventaja (frente a su competidor inmediato, el vacuno) de estar lejísimo del “techo productivo”.

En muchos casos se ha solicitado a algunos de esos productores (quizás, o sin quizás, la Flia. Charbonier constituye un ejemplo emblemático al respecto) que ofrezcan su testimonio e incluso permitan (como, por cierto, en forma desinteresada y loable lo han hecho) visitar su sistema de producción y señalar los supuestos “secretos” de su éxito, tras más de 20 años de producción ovina ininterrumpida.

Hecho, si se quiere, estoico, considerando los vaivenes por los que pasó la oveja y las posibilidades que la zona de influencia sobre el predio familiar ofrece a otros rubros, en teoría más rentables.

Todo esto está muy bien. Lo que nunca escuchamos de ningún técnico y quizás ni el propio Charbonier se haya preguntado es: ¿Cuánto está perdiendo de ganar por tener tal raza frente a la posibilidad concreta de realizar cruzamientos terminales y múltiples que permitirían casi triplicar sus valores físicos de producción, y obtener márgenes brutos/há extraordinariamente superiores?

Ahora bien, además del sector primario y de cómo se posicionan algunas instituciones, la industria no es ajena a la actualidad del rubro. Ya señalamos la ausencia de señales que durante mucho tiempo la industria lanera nacional brindaba al sector primario. Otra diferencia importante con respecto a Oceanía, donde desde hace muchísimo tiempo liquidan la lana de los productores en base limpia y contemplando objetivamente los rasgos de mayor importancia en lo que a calidad se refiere.

La industria frigorífica nunca dio una señal clara de qué tipo de cordero producir; sin considerar que, en realidad, el rubro ovino ha ocupado históricamente un lugar totalmente secundario.

El Estado, independientemente del partido político que gobierne, tampoco ha dado señales que sugieran que el rubro ovino está en la agenda. No ha incidido significativamente en ninguna de las juntas directivas que a través del MGAP integra, y tampoco ha planteado políticas de mediano y largo plazo que intenten cambiar “la pisada” en la oveja. Y, menos, plantear estrategias que busquen paliar -al menos– lo que a esta altura son flagelos de la producción ovina y han determinado que muchos productores abandonen el rubro: el abigeato y los destrozos que perros vagabundos ocasionan en majadas cercanas a centros poblados, y no tanto.

Planteado este escenario no podemos concluir que el rubro está bien, y –lamentablemente– si no se producen cambios drásticos –y, sobre todo, rápidos– en los diferentes eslabones de una cadena que decididamente no existe, seguiremos haciendo “la plancha”.

Ing. Agr., Ph.D., Profesor Agregado Grado 4, Responsable del Curso de Ovinos y Lanas de la Estación Experimental “Dr. Mario A. Cassinoni” (EEMAC) de la Facultad de Agronomía de la Universidad de la República

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