5 de diciembre de 2011 02:08 AM
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La Argentina y la seguridad alimentaria

No es una novedad que el mundo enfrenta un desafío cada vez más significativo al tratar de satisfacer la creciente demanda de alimentos, la que se expande rápidamente en volumen y calidad. En lo que hace al volumen, se estima que para la próxima década el crecimiento de la demanda rondará el 20%. Pero hay […]

No es una novedad que el mundo enfrenta un desafío cada vez más significativo al tratar de satisfacer la creciente demanda de alimentos, la que se expande rápidamente en volumen y calidad. En lo que hace al volumen, se estima que para la próxima década el crecimiento de la demanda rondará el 20%. Pero hay un cambio cualitativo. Más allá del crecimiento de la población, en los próximos 20 años tres billones de personas pasarán a pertenecer al extracto de la clase media, principalmente en Asia. Esto cambia la composición de la demanda y el tipo de alimentación requerida tenderá a ser estructuralmente diferente. La nueva composición de la demanda se volcará en forma directa sobre aceites vegetales, carne y lácteos.

Estos cambios en la demanda no son consistentes con las proyecciones de producción agrícola para 2011-2020. Se estima que la misma crecerá a un ritmo más lento que el crecimiento en la década pasada (1,7% anual v. 2,6%). Este crecimiento no alcanzaría para satisfacer la demanda y se teme que esta brecha tenga el potencial de convertirse en un problema sin solución aparente. Esto implicaría que no podría garantizarse la seguridad alimentaria.

Existe un problema de precios. La FAO y la OCDE han advertido que, si bien los precios agrícolas no se mantendrán en los niveles récord de principios de 2011, tampoco caerán a valores de la década anterior. Los precios agrícolas bajarán un tanto de los niveles actuales, pero se mantendrán en una franja superior a sus valores históricos. Además del desbalance mencionado entre oferta y demanda, hay otros ingredientes que colaboran para explicar este aumento. Entre ellos, los crecientes costos de producción, factores ambientales/climáticos y la desaceleración en el crecimiento de la productividad. Se estima que el precio de los cereales (tomando como representativo el del maíz) y el de las carnes (tomando como referencia la aviar) se mantendrán 20 y 30%, respectivamente, más elevados que en la década anterior.

Es este fenómeno inflacionario centrado en los alimentos el que empuja el nivel general de los precios al consumidor. Esta situación es muy seria, en especial en aquellos países en desarrollo donde los ingresos per cápita son exiguos y la casi totalidad de los mismos se dedica a la obtención de alimentos. En estos países la inflación es un reflejo adicional que agita la preocupación por la seguridad alimentaria.

Aunque éste no es un fenómeno nuevo, hay preocupación por la reversión en la tendencia. Inversamente a lo acontecido durante las décadas del 70 al 90, cuando la incidencia del hambre estaba en franca disminución, en la primera década de 2000 la población global que está mal nutrida ha aumentado notoriamente.

Desde el punto de vista de la seguridad alimentaria, y en concordancia con la definición consensuada desde fines del siglo pasado, es necesario procurar la disponibilidad de alimentos saludables para toda la población. Cada dimensión de esta necesidad conlleva una responsabilidad sobre diferentes factores, coyunturales y estructurales, que hacen posible, o no, su realización. Reforzar la seguridad alimentaria se torna en un factor estratégico y un objetivo esencial a nivel mundial. Pero no son muchos los jugadores que pueden presentar credenciales que le permitan marcar rumbos sostenibles de largo plazo en esta área vital. Nuestro país, a través del complejo agroindustrial de la soja, se posiciona como un abastecedor indispensable de proteínas y aceites vegetales y puede adquirir un rol notable en la mesa grande de las decisiones globales. No exageramos. La participación argentina en el comercio internacional es abrumadora. Somos el primer exportador mundial de harina y aceite de soja, con proyecciones para finales de esta década que consolidarán este liderazgo (la Argentina estaría exportando entonces 60% del total mundial en ambos productos). En ambos productos se observa una diversificación de demanda que no guarda relación con la dependencia que la exportación de la oleaginosa sin procesar tiene con China.

Lo que resulta más estimulante es el grado de eficiencia de esta actividad que resalta frente a sus principales competidores internacionales: Estados Unidos, Brasil y China. Si bien este último país tiene la mayor cantidad de plantas industriales, Argentina posee la mayor capacidad promedio diaria (más de 3600 toneladas) y la mayor de sus plantas supera a cualquiera de las existentes en otros países. Se ha creado en la zona del río Paraná un polo sin precedente que conforma un entramado de inversiones, servicios y trabajo difícil de superar. El complejo agroindustrial de la soja en la Argentina es el más eficiente del mundo.

Es posible decir que con la producción argentina de harina proteica de soja se podrían cubrir los requerimientos diarios de proteínas durante un año de 172 millones de familias. Esta cifra habla del potencial que nuestro país tiene para establecer una posición de relevancia en la agenda global como garante de la seguridad alimentaria nacional y mundial. Si a principios del siglo pasado se consideraba a la Argentina el granero del mundo, hoy se puede pensar en un supermercado para el mundo, cubriendo al mercado local en primera instancia. Es fundamental incrementar e incentivar la generación de valor agregado y promover estrategias que revaloricen y potencien la agroindustria.

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