23 de diciembre de 2011 16:33 PM
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“Ni atiende, ni entiende…” (Susana Merlo)

La frase lanzada por un agricultor intentaba explicar por qué desde una localidad bonaerense se había lanzado la propuesta de pagar impuestos con trigo, por supuesto, al valor de paridad que el gobierno dice que debe estar y no a los precios recortados a los que efectivamente se les liquida el grano a los hombres de campo, debido a las irregularidades que generan en el mercado las intervenciones de ese mismo gobierno, y que se vienen reclamando desde hace al menos 5 años.

La realidad es que prácticamente nunca en los últimos 8/9 años el Poder Ejecutivo “atendió” al campo, y casi nunca, en el mismo lapso, se “entendió” la realidad del sector, su sistema operativo o los requerimientos del interior, desde la infraestructura para producir y bajar el “costo argentino” mejorando la competitividad, hasta la presión demoledora de la política impositiva que ahoga casi cualquier intento de inversión productiva, al restarle arbitrariamente la renta (las retenciones son apenas una de las tantas formas).
Nóveles funcionarios, inexpertos, en el mejor de los casos voluntaristas y la mayoría de las veces rodeados de un fundamentalismo casi retrógrado a esta altura, por el cual la “industria” y la “agregación de valor” están referidas “sólo” a aquello que tiene proceso, chimeneas, y si hay grasa y funciona con algún combustible mejor…
Es lógico entonces que con esos fundamentos, para buena parte del Gobierno y de los legisladores “que supimos conseguir”, casi no existe el valor de la genética, la agregación de valor en una semilla, el poder de multiplicación de la agroindustria o, aunque sea, la capacidad de ver que producto tiene más capacidad de transformación: el que requiere de acero, combustible, etc. para su fabricación o el que toma tierra, agua y oxigeno del aire y lo convierte en un alimento.
Puesto así la respuesta resulta tan obvia que ni merece ser escrita.
Sin embargo, la incapacidad oficial de “ver” y “entender” esto es lo que determina que tampoco se “atienda” y, lo que es peor, hasta se combata a la producción agropecuaria recortándole sistemáticamente las posibilidades.
Y en este ya no se habla solo de aquella insólita decisión de cerrar las exportaciones de carne hace 5 años atrás, y luego restringir también las de leche, trigo y maíz, ahora felizmente nos encontramos en etapa de revisión por la fuerza de la realidad económica que acrecienta día a día la necesidad de ingreso de divisas, por lo que casi se obliga al Gobierno a reabrir los mercados. Y es en este punto que, casi como castigo, aparezcan los malqueridos productos de la agroindustria prácticamente como los únicos capaces de generarlas pues, aún con las trabas de la política oficial, están en condiciones de ser exportados.
Pero la alusión se refiere, más vale, al costo que tuvo durante el último quinquenio, la falta de abastecimiento adecuado de combustible o los sistemáticos y recurrentes cortes de energía en el interior, sin mencionar los mayores costos por falta de nuevas obras de infraestructura o por el no mantenimiento de las existentes. ¿Qué decir de las comunicaciones o de los infinitos y engorrosos trámites instrumentados por quienes, desde un escritorio, y sin haber nunca jamás tenido que resolver alguna problemática similar, deciden lo que tienen que hacer -y cómo- los hombres que no sólo trabajan y conocen su metier, sino que tienen inversiones genuinas dependiendo de los mercados, del clima y también de estos burócratas?
A pesar de la supuesta preocupación por el desempleo, y del dato inocultable de que la agroindustria justifica más del 35% de la ocupación de mano de obra, nada se hizo (todo lo contrario) por facilitar y abaratar la contratación de personal en el interior. Rebajar los costos laborales no parece estar en la agenda de ninguno de los funcionarios, ni de los viejos, ni de los nuevos…
Y esto mismo que ocurre en el nivel Nacional, se repica también en las provincias y hasta en los municipios convirtiendo al principal sector transformador del país, y el más competitivo, en apenas una fuente de recaudación, cada vez más alejado de sus verdaderas posibilidades productivas. Casi un carancheo con la gallina de los huevos de oro…
Lo inquietante es que si los cambios y correcciones no se hicieron durante el larguísimo período de bonanza internacional que se extendió hasta hace pocos meses atrás, con precios extraordinarios que hubieran podido permitir enderezar el rumbo, ¿qué podrá esperar ahora el campo cuando los indicadores comienzan a deteriorarse y los ajustes ya no son por opción sino por obligación?

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