11 de enero de 2010 08:02 AM
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Productores caprinos, con pronóstico reservado

Los paladares refinados coinciden en que la carne de ese rumiante doméstico sabe inigualable cuando ha sido criado con pastura agreste en las últimas estribaciones de las Sierras de Ambargasta o en la costa oriental de las Salinas.

Sin embargo, los pequeños y medianos productores caprinos del norte cordobés viven una lenta agonía y avizoran un porvenir sombrío para la actividad.

Una suma de factores determina esa proyección que debilita el entusiasmo de cientos de familias productoras.

“Hace tres años, nos invadió una plaga de tucura quebrachera (langosta de gran tamaño) y dejó a los animales sin un yuyo para comer”, recuerda Eugenio Olariaga (71), una institución entre los cabriteros quilinenses. “Esos bichos de porquería se devoraron hasta los postes de la luz”, asegura “Colchón”, como lo conocen los lugareños a este criollo robusto. Y sobre llovido, mojado… o mejor dicho, seco…

Ni una nube siquiera. Al paso de la manga descomunal le siguió una sequía prolongada que impidió el rebrote y la recuperación del monte (también afectado por la tala y los incendios forestales), sustento vital de los cabrunos.

“El año pasado no llovió durante nueve meses y el suelo estuvo completamente pelado todo el tiempo”, comenta José Ferreyra (51). Mientras lo hace, señala un cerro cubierto por tuscas, aromos, espinillos y otros arbustos aún secos.

La liquidación de vientres, la malventa de la escasa producción y la alteración del ciclo natural de reproducción por la falta de pastura y de agua diezmaron los planteles.

“La falta de alimento hace que las cabras no entren en celo, las que están preñadas, abortan, y las que llegan a parir, a veces pierden las crías porque no producen leche para amamantarlas”, señala Ferreyra, un productor mediano de Las Barrancas. Este paraje del departamento Tulumba está ubicado a 11 kilómetros de Deán Funes.

Juana “Perla” Olariaga cuenta que, “antes de la langosta”, tenía, junto a dos hermanos, entre 250 y 270 cabras. Ahora sólo le quedan 70.

“Los últimos años nos han golpeado feo a los productores y a varios nos va a costar mucho levantar cabeza porque para recuperar el plantel necesitamos tres o cuatro años buenos… y ya somos gente grande”, dice Eugenio con una mueca de resignación.

Por su parte, Ferreyra cifra la merma en su caso entre el 30 y el 40 por ciento, en igual lapso.

Esas referencias domésticas guardan proporción con la disminución de la faena en el país en los últimos tres años.

Cuesta abajo. Según los registros de la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario (Oncca), en noviembre último se faenaron 7.658 cabritos en la Argentina. Ese número representa una caída del 32 por ciento respecto de igual mes de 2008 y del 61,33 por ciento si se lo compara con noviembre de 2007.

Córdoba aporta casi un tercio de las cabezas caprinas que se faenan, según la Oncca.

Para detener la declinación severa de la actividad y revertir la tendencia los gobiernos nacional, provincial y de los municipios cabriteros articularon una serie de acciones que tiene por eje la ley 26.141. Esta norma prevé la constitución de un fondo de unos 15 millones de pesos anuales para financiar proyectos de promoción y reconversión del sector. Los cabriteros tradicionales tienen más dudas que certezas sobre la incidencia real que tendrá la ley para cambiar la suerte de la actividad caprina.

“Los planes y las leyes fracasan casi siempre porque las hace gente de escritorio que nunca ha pisado bosta de cabra en un corral”, resume Olariaga.

Todos esperan que esta vez sea distinto.

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