16 de enero de 2012 17:55 PM
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El campo sigue discriminado

Las facultades otorgadas por la Presidente a la Secretaría a cargo del señor Moreno son una mala noticia para el país en general, y para el campo y por ende el interior del país, en particular.
Los permisos de exportación y de importación, las retenciones, el tipo de cambio, los montos de divisas a liquidar y sus precios, estarán sujetos a la discrecionalidad del “Supersecretario”, como lo están las cifras del INDEC que esconden la carrera de precios y salarios desatada, y la falta de competitividad de amplios sectores de la economía, que son los privilegiados por el Gobierno.

Como si esto fuera poco, el nuevo ministro de Agricultura y Ganadería de la Nación se autoreferenció como un entendido en pesca solamente: “Nada en agricultura ni ganadería”. Poco promisorio para administrar las políticas públicas del sector base del desarrollo económico del país.

Los excelentes precios de la soja de principios de 2011 han caído 25 por ciento, lo que significa una baja rentabilidad para los productores alejados de los puertos, por el costo de los fletes y el menor rendimiento de las tierras incorporadas a la producción a partir de la revolución tecnológica de la década del noventa en el Norte.

Los precios del trigo y el maíz se han derrumbado, y cuando los mismos fueron rentables en el primer semestre del año 2011, el productor no pudo beneficiarse, por las restricciones a las exportaciones que impuso el gobierno con la falacia de “cuidar la mesa de los argentinos”. El pan siguió subiendo, el gobierno se perjudicó también. Si el mercado hubiera sido libre, el país hubiera recibido entre trigo y maíz unos 400 millones de dólares más, que los que recibe al autorizar recién ahora la exportación 2,7 millones toneladas de trigo, y otro tanto de maíz. Ahora, se suma la dura sequía. Es la mentalidad atrasada de exportar “el excedente”, propio de una economía de mercado interno, que no es la adecuada para un país de escasos 40 millones de habitantes. Esa mentalidad “mercado internista” nos lleva a la falta de competitividad de numerosos sectores, especialmente industriales, que no son más que simples ensambladoras subsidiadas.

¿Pagará el señor Moreno esa diferencia o lo hará la misma Señora Presidente? El Gobierno que despreciaba al “yuyito” ha sojizado como nunca el campo argentino, al desalentar la producción cerealera; además, perjudica la tierra por la falta de rotaciones que ayudan a conservar los suelos.

El discurso presidencial habla de una meta de producción de 150 millones de toneladas en diez años. Las políticas crediticias, impositivas y las trabas a las exportaciones tienden, en cambio, a la baja de la producción, como lo demuestra la disminución del área sembrada en trigo y maíz.

El planteo oficial era el de “agregar valor”, sustituido ahora por el de “industrializar la ruralidad”.

Totalmente de acuerdo. El objetivo es exportar alimentos y energía en vez de productos agrícolas, que en sí mismo tienen valor agregado, porque hoy la producción primaria es el fruto de un paquete científico y tecnológico único en el país.

Para exportar alimentos y energía se requiere rentabilidad, que en la actualidad es sustraída al campo, para subsidiar sectores de escasa competitividad, y que generan un enorme déficit en la balanza comercial.

En el interior, a pesar de los enormes recursos que ha generado, no es mucho lo que retornó, salvo para obras suntuarias o para pagar sueldos de burocracias crecientes que no hacen nada útil.

El salto de 30 millones de toneladas de mediados de los noventa a las casi 100 actuales no ha sido acompañado por la modernización del sistema de transporte vial y menos por el ferroviario, cuyas tramos de larga distancia hacia al Norte han sido cortados. Solamente avanzó la hidrovía aunque los costos son exorbitantes comparados con otros dragados.

El gas oil falta con frecuencia y los problemas energéticos son constantes. Hoy transportar maíz de Salta al puerto de Rosario es antieconómico. Las estaciones de servicio aledañas a la destilería de YPF en Luján de Cuyo no tienen combustible, porque se prioriza el consumo de Buenos Aires y su cinturón, en desmedro de la producción.

La falta de crédito a tasas y plazos razonables se agudiza, pues con el déficit fiscal en crecimiento, los depósitos del Banco Nación van a prestarle al Tesoro nacional, como gran parte de los depósitos de la banca privada.

A propósito de la meta anunciada por la Presidente de 150 millones de toneladas de producción agraria para el 2020, ¿cómo las vamos a transportar?. No hay ningún plan de construcción de autopistas ni de rehabilitación ferroviaria en marcha, la pavimentación de nuevas rutas es escasa y las repavimentaciones se están deteriorando a pesar de los enormes impuestos pagados.

Ninguna de las grandes obras para extender las fronteras agropecuarias se encaran, como los Bajos Submeridionales, el endicamiento de las islas del Paraná, la canalización del Bermejo, o el aprovechamiento integral del Río Negro y sus embalses.

En forestación tenemos un déficit en la balanza comercial de 700 millones de dólares, pues se exporta por mil millones e importan productos forestales por 1.700 millones de dólares. Solamente contamos con un 1,2 millones de hectáreas de bosques cultivados y se plantan anualmente unas 75.000 hectáreas.

Si los recursos con que se subsidiaron los servicios públicos de casinos, y sectores de mayores ingresos del país se hubieran destinado a la infraestructura, hoy tendríamos miles de kilómetros de autopistas, más energía, ferrocarriles y puertos mejores y más trabajo fecundo, en vez del millón de empleos públicos nuevos de gente que cobra para no hacer nada.

El campo argentino es la palanca para el desarrollo, para promover las industrias metalmecánicas, de fertilizantes y para intentar una política de repoblación que logre el equilibrio regional. Entre la discriminación, y la promoción del sector, está el muro a derribar para avanzar hacia un destino de grandeza nacional.

 
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