16 de enero de 2012 17:57 PM
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Caminando por la cornisa . . .

Con suerte despareja, pero suerte al fin, llegaron las lluvias. Tarde para el maíz, no tanto para la soja, salvo la de segunda que ahora es apenas un lindo lance… La cuestión es que el país estuvo caminando por la cornisa, como si un impulso milagroso hubiera movido el timón del Titanic a pocos metros del iceberg. Quizá, si se erraban de nuevo las tormentas, esta sociedad hubiera seguido bailando el sueño de la abundancia, hasta que se acabase la soja.

Pero no, ahí está, anotándose otro poroto. Ahora sí que se recibió de yuyo. No la para ni un diciembre sin agua, superpuesto a un soplete continuo de viento norte. Es la genética, eligiendo los ciclos adecuados, es la siembra directa, es el barbecho químico. Récord Guiness en toneladas por mm de agua caída en el ciclo del cultivo. Es la Segunda Revolución de las Pampas.

También el maíz mostró lo suyo, aunque con este clima no hay polen que aguante. Hubo que mandar a silo muchos lotes al estado de pasto. Igual, habrá más de media cosecha. ¿Milagro? No:trabajo. En la cancha se ven los pingos, y estos pingos que son los híbridos actuales, con una base de germoplasma tolerante a sequía, más la fertilización adecuada, los eventos de resistencia a insectos de hoja y de raíz, el control de malezas, hacen que la agricultura sea capaz de atravesar barreras impensadas. Esto, más la onda larga de altos precios agrícolas, determina que hoy la Argentina sea un país viable.

Cerramos 2011 con 25.000 millones de dólares de embarques agrícolas, 10 por ciento más que el récord del 2010. Con retenciones del 35 por ciento para la soja. Con restricciones fenomenales para trigo y maíz, que determinaron que el productor solo capturara el 50 por ciento del precio internacional. Y a pesar del aumento de los costos y la caída de los precios, como consecuencia de la crisis europea y la recuperación de los stocks, se había logrado un incremento de la siembra.

Pero a pesar de que se zafó de la catástrofe, la sequía pegó fuerte. Lo sienten ya los fabricantes de maquinaria agrícola, las concesionarias de autos, y pronto los corralones de materiales, y todo el comercio del interior. Ahí anida el verdadero impacto del evento, que escamoteó no menos de 5.000 millones de dólares al sector. Es la mitad de lo que pagó el año pasado solo en concepto de derechos de exportación. Un país normal buscaría el restablecimiento del flujo, allí donde se genera y donde hay una amenaza de interrupción. En los años de vacas gordas, habría que hacer reservas para garantizar la continuidad cuando algo se complica. En un país normal, serían los productores quienes deben hacer el colchón, como en general lo hacen. Pero cuando se captura el 75 por ciento de la renta (retenciones del 35 por ciento significan más que esto), es el Estado quien tiene que orientar las reservas hacia la recuperación.

La promesa de 500 millones de pesos por parte del ministro de Agricultura, sujeto al “caso por caso”, es un paliativo necesario para casos extremos. Pero no tiene nada que ver con el impulso integral que necesita el agro cuando le tocó un mal año. Esto reaviva además el debate sobre dos cuestiones: el riego complementario, y el seguro contra sequía.

Con el primero, hay interesantes iniciativas del Prosap que debieran acelerarse. Es inadmisible la foto de vacas muertas de sed en la pampa de los ríos más caudalosos del mundo. Hay agua para regar millones de hectáreas.

El segundo, el seguro contra sequía, es una asignatura pendiente que parece quedarle grande a todo el mundo, pero que con audacia, imaginación y mente abierta puede llevarse a buen puerto.

En lugar de hostigar a las aseguradoras con medidas anti-mercado, habría que debatir con ellas de qué manera transferir al exterior el inmanente riesgo de producir en una pampa que no siempre es húmeda.

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