16 de enero de 2012 18:21 PM
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Ser temporero,el trabajo que atrae a estudiantes secundarios

CHILE : El buen sueldo que se obtiene en cultivos como las cerezas y los arándanos, donde se pueden ganar hasta 40 mil pesos por día, ha hecho que algunos secundarios opten por trabajar en el campo, en vez de en una tienda o un mall. Una tendencia que podría representar una solución definitiva a la escasez de mano de obra.

Chiquillos, ¿les canto ópera?”. La propuesta la hace Rodrigo Balbontín, 17 años, estudiante de tercero medio del Orchard College de Curicó, encaramado en una escalera de tres metros donde cosecha cerezas. Mientras recoge la fruta, entona sus canciones y es una forma de sacar risas entre los otros cosecheros, socializar y hacer más amena la jornada.

Él es parte de un grupo de ocho jóvenes secundarios, de edades que fluctúan entre los 15 y 18 años, y que vienen de colegios privados como el Orchard College o el San Anselmo de Chicureo, que estas vacaciones optaron por trabajar en labores agrícolas para juntar plata. Instalados cerca del cruce La Montaña en Curicó, en la cosecha de cerezas de la empresa Agrícola Matriz, el grupo participa de una especie de campo piloto para medir el interés de los jóvenes por dichas labores.
Pero aunque la experiencia de estos ocho estudiantes es pionera, ellos no son un grupo aislado en el país; más bien son parte de una tendencia que gana terreno y que se replica en diferentes campos desde la V a la VIII Región (Ver recuadro).

El fenómeno es mirado con interés por empresarios, en especial por fruticultores, quienes año a año sufren ante la escasez de mano de obra. Muchos hoy no tienen otra opción que dejar fruta en los árboles, ya que no tienen gente para cosecharla.

Muchos secundarios terminan las clases y están de vacaciones justo en el peak productivo, entre diciembre y marzo, época en que cuesta encontrar temporeros. Ellos se podrían convertir en parte fundamental del equipo productivo.

“Está partiendo, pero queremos que sea una tendencia. Hay que resolver la infraestructura para alojar a la gente. Con ellos podemos empujar el crecimiento de la fruticultura y resolver la escasez de la mano de obra”, explica Antonio Walker, presidente de Fedefruta, quien empuja con fuerza este fenómeno.

Prefieren el campo en vez de un mall

Sara Varela y Ángeles León son amigas. También son menores de edad. Tienen 16 años, están en tercero medio del colegio San Anselmo, y son “planilleras” en la empresa Agrícola Matriz.

Su pega consiste en que cada vez que un cosechero viene a entregar sus cajas de 4 kilos, ellas, junto a otras mujeres que están en el equipo de logística y control de calidad, tienen que revisar en qué condiciones está la fruta, registrar qué cosechero la trajo, depositar las cajas en bins, y chequear que la fruta quede bien resguardada del sol.

A esta altura del día, 11 de la mañana, sus ropas están manchadas con tierra y jugo de cerezas aplastadas. Y es que partieron sus labores a las siete de la mañana y su jornada, al igual que la de todos los cosechadores de cerezas de la zona, se extiende hasta las 14 horas.

“Todo ha sido un siete. Nos han recibido perfectamente, hemos socializado, conversando con la gente, además de trabajar. Y nos han apoyado cuando nos hemos equivocado”, explica Sara Varela.

Vuelven el próximo año de todas maneras, dicen.

Como ellas, muchos estudiantes secundarios, que no necesariamente viven en zonas rurales, se están instalando durante sus vacaciones en sectores como Melipilla, Paine o Curicó, para trabajar en cosechas que pagan bien, como la de las cerezas o los arándanos. El promedio de lo que ganan por día oscila entre los 15 y 25 mil pesos. Pero si se especializan pueden ganar hasta 42 mil pesos por jornada.

Los buenos sueldos son el gancho que está haciendo que muchos opten por postular a trabajos en el campo en vez de ir a un mall o a restoranes de comida rápida.

“Tener la posibilidad de ganar en promedio 20 mil diarios al bolsillo, no existe en otro sector”, sostiene Walker.

Extranjeros y secundarios al campo

Una de las principales limitaciones que tiene la fruticultura hoy -además de los temas coyunturales del cambiante valor del dólar y el encarecimiento de los insumos- es la falta de trabajadores.

“Está escasa la mano de obra, sobre todo calificada. Si vienen jóvenes a trabajar se podrían capacitar en labores de raleo y cosecha, y les serviría para juntar plata y a nosotros para hacer frente a la escasez”, explica Cristián Allendes, agricultor de la zona de Paine.

Dada esta problemática, hace un tiempo que entre el Parlamento, las comisiones involucradas, y organizaciones que representan al sector productor y exportador nacional, como la Sociedad Nacional de Agricultura, Fedefruta y la Asociación de Exportadores, Asoex, se viene discutiendo la posibilidad de ampliar la cuota de trabajadores extranjeros en labores agrícolas.

Hoy, por ley, el porcentaje máximo es de 15 por ciento. La discusión para ampliar ese marco está en pleno desarrollo.

Aunque distintos actores ligados al sector enfatizan la importancia de regular y ampliar las cuotas para la contratación de extranjeros, también consideran que se deben evaluar otras opciones, como la inclusión formal, y a través de programas establecidos, de secundarios.

“Está bien ampliar el cupo, pero también veamos qué opciones hay dentro del país. Los secundarios son una mano de obra interesante. Varios estudiantes universitarios dicen: vamos a Nueva Zelandia o EE.UU., siendo que Chile también es atractivo”, explica Walker.

Y tener jóvenes como mano de obra disponible es un alivio para muchas empresas.

En Agrícola Matriz van a duplicar el próximo año las hectáreas en producción. El mismo fenómeno de crecimiento se espera para el resto del país. Sólo en cerezas, se habla de un crecimiento para la temporada 2011-2012, de entre 9 y 20 por ciento. Eso implica llegar a crecer hasta las casi 70 mil toneladas.

En la empresa, uno de los estudiantes, Roberto Domínguez, cosecha hasta 130 kilos de cerezas al día. Cifra cercana a la que saca un cosechero experimentado, de alrededor de 170 o 180 kilos por día. Eso representa una gran ayuda porque hoy, la fruta que no se alcanza a sacar por falta de manos, se pierde.

 “Los jóvenes son una ayuda porque cuando no hay mano de obra son kilos que se quedan en el árbol, que se pierden”, explica Andrés Norambuena, administrador de la empresa.

Los cosecheros tradicionales también rescatan la labor de los estudiantes.

“Ha sido grato trabajar con ellos, porque son amables y entretenidos. Además, se han esforzado y dado lo máximo”, explica Marcelo González, cosechero.

Dificultades para la inclusión

Hoy uno de los temas que dificultan la inclusión, al contrario de lo que pasa de Copiapó al norte -donde es más habitual que las empresas cuenten con albergues colectivos- es el  hospedaje. Los jóvenes que están yendo a zonas rurales para trabajar lo resuelven quedándose en casas de amigos y familiares. Pero si la idea es ampliar la participación, sería interesante promover soluciones.

Una alternativa sería la creación de albergues, además de incorporar formalmente la idea cuando se desarrollen proyectos de prefactibilidad de campos.

También habría que resolver trabas que implican el trabajar con menores de edad, porque no se trata de pagar menos o en condiciones más desprotegidas que a los trabajadores tradicionales. La idea es que los temporeros teenager firmen contrato, tengan sus cotizaciones en salud e imposiciones. También sería clave promover una discusión a nivel país sobre las limitantes para el trabajo infantil, porque hay muchos cuestionamientos a la idea de trabajar con jóvenes.

“Sé que me van a hacer críticas por la idea de tener jóvenes trabajando, pero hay exigencias que cumplir como el permiso notarial y no trabajar más de 30 horas a la semana”, sostiene Walker.

Otro tema que impacta a los trabajadores agrícolas en general -no sólo a los secundarios-, son las regulaciones laborales para el agro.

Aunque se ha avanzado en la discusión de normativas como el bullado estatuto del temporero, aún faltan ajustes que den cuenta de la realidad agrícola, con horarios, turnos y tiempos que se ajusten a lo que requiere el agro.

Otro punto es que el empleo informal sigue estando presente.

“He visto en campos vecinos que la gente trabaja de forma ilegal, y es desleal. Porque un trabajador va allá por dos mil pesos más, pero no tienen imposiciones ni nada. Como en el campo existe la renta presunta, se presta mucho para incentivar el empleo informal”, dice Antonio Walker.

Ante la escasez de personas, para contar con las manos necesarias para trabajar, es clave revisar y empujar las alternativas interesantes.

En ese sentido, la incorporación de estudiantes cae como anillo al dedo porque sus vacaciones se topan con los peaks productivos. Pero falta avanzar en los requerimientos. En todo caso, es un esfuerzo interesante con miras a una agricultura de futuro.

 Otros empresarios que apuestan por estudiantes

Arturo Cancino, de Agro Ditzler, en la zona de Morza. “En mi cosecha de cerezas industriales, el 50% de los que trabajan en máquinas son estudiantes de distintos estratos sociales”.

Felipe Mayol, de la empresa del mismo nombre, ubicada en Chimbarongo. “Una vez que salen de vacaciones, tengo dos grupos que vienen a trabajar en la ganadería y en la cosecha de cerezas”.

Cristián Allendes, de la Sociedad Agrícola La Hornilla, Paine. “Tenemos experiencia con niños de escuelas agrícolas que vienen a hacer práctica, pero sería interesante hacer un programa formal”.

Marcelo Villarino de Agrícola Mallacún, San Fernando. “La inclusión partió con mi hija del colegio Cumbres, hoy se integraron vecinos y conocidos. Lo único que quieren es ganarse unos pesos”.

Francisco Donoso, de Agrícola Los Almendros, de Talagante. “Llegan niños de escuelas agrícolas, pero también con otras especialidades. Igual a veces cuesta que trabajen en labores más duras”.

Lo que opinan los temporeros

“No nos molesta que vayan niños a trabajar, pero hay que considerar la ley. He visto niños trabajando sin autorización en labores de fumigación, lo que es un riesgo para su salud. Debe haber más fiscalización e inspecciones”, sostiene Rigoberto Turra, presidente del Movimiento Unitario Campesino y Etnias de Chile, Muchech.

 

Chilenos temporeros en otras latitudes

En zonas de EE.UU., como California, Washington y Oregon, y en países como España, Canadá, Australia y Nueva Zelandia se han desarrollado modelos de inserción de mano de obra extranjera con visas temporales. Una de las más atractivas para los estudiantes chilenos son las que entrega Nueva Zelandia desde el año 2006, que permiten a los jóvenes ser “fruit pickers”, o recolectores de frutas durante un año, con sueldos que bordean los 650 dólares neozelandeses por semana, los que pueden llegar a ser hasta 350 dólares por día. La mayoría de los aventureros, junta plata para viajar por el sudeste asiático, dar el pie para un departamento o pagar su crédito universitario. Claro que el trabajo es duro.

-“Me fui justo para la temporada de kiwis a Te Puke, Tauranga… el oasis del kiwi. Pero es cansador. Las posibilidades son trabajar en uno de los dos turnos de 12 horas. Yo aguanté cinco días. Terminé viviendo en Christchurch, y trabajé en Moffat’s Flower Company, la florería más grande de Nueva Zelandia”, explica Javiera Hernández, periodista que se fue titulada y volvió hace pocos meses.

-“Fui con mi polola antes de terminar la universidad. Congelamos un año. En el peak de la temporada de manzanas, nos pagaban, por cajón lleno, 50 dólares por cada uno. Podías hacer 6 o 7 y conseguir hasta 350 dólares”, recuerda Daniel Espinoza.

-“Me tocó trabajar en manzanas, arándanos, moras y frambuesas. Te pagaban 10,5 dólares neozelandeses por hora. A la semana hacías en promedio 700 dólares”, explica Michelle Bolomey, que se fue con su novio.

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