30 de enero de 2010 02:34 AM
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Sin políticas ganaderas y con la mesa cada vez más cara

"Y... me voy fundiendo de a poquito", respondió un ganadero de dilatada trayectoria a este cronista en un encuentro casual esta semana. La respuesta contundente al habitual "¿Cómo le va?" resume el mal momento que vive el sector ganadero en la Argentina.

Esa es la realidad provocada por una serie de políticas intervencionistas que lo único que lograron fue deprimir la producción y no consiguieron el objetivo fijado de bajar el costo de la mesa de los argentinos. Porque la menor oferta de hacienda gorda para el consumo en los mercados de hacienda, sea en Liniers o en las ventas directas fuera de ese centro concentrador, ha disparado los precios. La prueba está en la carnicería o en el supermercado. En el último mes la carne aumentó en el mostrador un 20 por ciento. No está en discusión aquí la dignidad que merecen todas las mesas argentinas, en donde no debe faltar carne, sino la sustentabilidad de la actividad que la produce. Con las estadísticas y los anuncios no alcanza. Da la impresión de que la presidenta Cristina Kirchner quiere encontrar buenas noticias como, por ejemplo, en las amplias bondades de la carne de cerdo y de pollo, como lo hizo esta semana. Sí, son productos muy saludables, pero el ruido que hicieron sus declaraciones parecieron estar direccionadas a tapar lo que pasa con el alimento más tradicional de los argentinos: la carne vacuna. En este contexto hay que analizar con cuidado cuando se anuncian aumento de la producción, del consumo interno y de las exportaciones de carne, como señalan los últimos informes oficiales. Así, se sabe que el consumo de carne por habitante por año llegó a entre 73 y 74 kilos de carne. Pero también es cierto que no se hace nada para evitar que ese consumo caiga diez kilogramos en poco tiempo porque caerá la faena de vacunos. Otro dato lo emitió esta semana el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa). Anunció que las exportaciones crecieron un 57 por ciento más en volúmenes y un 11 por ciento en divisas. Son cifras que podrían alegrar los oídos si no fuera porque toda esa producción se logró con una descomunal liquidación de vientres. Además, se trata de baja calidad y menos valor (vacas flacas, carne congelada) con destinos principales como Rusia, parte de Venezuela, Africa del Norte y Medio Oriente. Para Ignacio Gómez Alzaga, vicepresidente del Centro de Consignatarios de Productos del País (CCPP) esto no representa una gran performance para la industria argentina, "porque no se trató de una producción genuina, sino que fue el resultado de la liquidación de vientres, o sea, las fábricas de terneros". Para este año el panorama de las exportaciones parece complicado. Siempre con el afán de mantener producto en la góndola, la Secretaría de Comercio tiene demorados los ROE rojo (Registro de Operaciones de Exportación de carne) y el cumplimiento de la cuota Hilton está muy atrasado: sólo se colocó un 30 por ciento del cupo de 28.000 toneladas y el plazo vence a fines de junio. Para la gente del sector, la preocupación radica en el mediano plazo. Hay incertidumbre acerca de qué va a ocurrir de acá a un año o dos con la ganadería. Ya para este año se calcula que habrá entre 2.500.000 y 3.000.000 de terneros menos, precisamente por la liquidación de vientres. Es inevitable que ante tanta presión de la demanda sobre la escasa oferta el valor de la hacienda siga subiendo y se traslade al comercio y en definitiva a la mesa del consumidor. Si esta tendencia continúa habrá que comer y exportar menos carne. ¿Habrá que importar? Algo de carne ya ingresa desde los países limítrofes a localidades fronterizas. Se trata de algo habitual, dicen los expertos. Sin embargo, consideran que es muy difícil pensar en compras a gran escala, por el rechazo de los paladares locales y por los mayores precios. Es grande el daño que sufrió la ganadería en los últimos tres años y mucho el tiempo que se necesita para subsanarlo. Esto implica, además el diseño de un programa de recuperación de áreas ganaderas, créditos a tasa razonable para retención de vientres; producción de pasturas para la cría de terneros y estimular el mayor peso de faena. Esto es lo que se podría denominar una política ganadera, esa que hoy no existe en la Argentina.

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