31 de enero de 2010 21:38 PM
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Llegó el momento de la verdad: ¿Dónde está Julián Domínguez?

"Pero el asunto es que ahora el Gobierno parece no tener la plata que suponía iba a contar cuando armó el terrible entramado de subsidios y compensaciones cruzadas que, por otra parte, además de su alto costo burocrático, fue incapaz de administrar hasta ahora", anticipa la autora de esta nota. Que lo responda el ministro del campo, Julián Domínguez.

Finalmente, el escenario más negro (especialmente a los ojos del Gobierno), ya apareció en el horizonte pues, a la luz de los resultados, mucho peor que tener una política intervencionista y de subsidios, es haber armado ese esquema y no tener la plata para hacerlo funcionar. Y no es que en el último quinquenio el sistema en el sector agropecuario y de alimentos hubiera andado demasiado bien alguna vez, ya que ni siquiera se logró la “defensa de la mesa de los argentinos”, con bajas aunque sea en los precios de los productos de la canasta básica y más aún, asegurando su abastecimiento. Además, tal como suele ocurrir con demasiada frecuencia en el país, estas políticas se prestan a una gran discriminación, arbitrariedades, e irregularidades de todo tipo. Los escándalos de la ONCCA (la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario inventada por Felipe Solá en los ’90 que, supuestamente debía controlar, justamente, irregularidades) apenas fueron una muestra gratis. De tal forma, en un enero particularmente “caliente”, las autoridades se encuentran con un déficit alarmante de fondos que, entre otras cosas, les impide cumplir con los estratégicos subsidios/compensaciones que le podían asegurar algún abastecimiento de alimentos esenciales como la carne. Y, si bien todavía siguen logrando tiempo, a partir de la reiteración de anuncios, los efectos de los faltantes en algunos rubros comienzan a hacerse sentir y ya no sirven las viejas recetas de algún funcionario hiperverticalista y desbocado. La estructura comienza a desmoronarse. La lechería se achica y las usinas ya recibieron la noticia de la suspensión de los montos oficiales. Ahora deberán hacerse cargo ellos de los precios plenos a los tambos o, arriesgarse a que el volumen siga cayendo el próximo invierno. El mismo miedo corre entre los ganaderos que hacen engorde a corral, más conocido como “feed lots”, pero el asunto es que sin los subsidios el negocio no cierra, y va faltar más carne. También en granos, como el trigo, ocurre lo mismo. Pero el asunto es que ahora el Gobierno parece no tener la plata que suponía iba a contar cuando armó el terrible entramado de subsidios y compensaciones cruzadas que, por otra parte, además de su alto costo burocrático, fue incapaz de administrar hasta ahora. La encerrona es mayúscula: falta producción y sin los aportes oficiales va a faltar más aún excepto, claro está, que se apele a lo que la Administración K resistió enconadamente hasta ahora, es decir, liberar efectivamente los mercados, permitir que haya competencia entre los distintos eslabones de las cadenas, y con eso la mejora de los precios va a venir sola de la mano de la oferta y la demanda. Sin embargo,  no es tan simple, y no solo porque algunos funcionarios entenderían que tal actitud sería, en términos políticos,  muy parecida a retroceder o, “perder la pulseada”, sino porque además fue demasiado prolongado el lapso en el que los mercados fueron manejados artificialmente desde el Ejecutivo, por lo que ahora el desfase es de tal magnitud que, seguramente, su liberación abrupta sería inflacionaria, ya que será imposible corregir el déficit  de algunos alimentos en el corto plazo. Tampoco es factible apelar a la importación, por las distancias y porque los precios internacionales son muy superiores a los artificialmente bajos locales. Y esto, en un  contexto político en el que el oficialismo ya no cuenta con los márgenes (ni los recursos) de antaño, hace prever que los próximos meses van a ser muy complejos para el país en general, y para el sector en particular. Es que aunque prácticamente ya no queden alternativas, es bastante probable que el Gobierno aún intente alguna salida distinta a la que la lógica y el sentido común están marcando hace ya tiempo. De  hecho, los últimos anuncios respecto a la carne de cardo y a la de pollo, son una muestra del voluntarismo oficial que hacen recordar más a los Pollos de Mazzorín (importados de Europa central para controlar los precios internos de la carne vacuna en los ’80, y que terminaron como relleno del Cinturón Ecológico, envueltos en uno de los mayores escándalos que se recuerden después de la obra de Yaciretá), que a la demorada corrección que requiere la política productiva local de manera perentoria.

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