6 de febrero de 2010 07:42 AM
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LA SITUACION DE LA GANADERIA ARGENTINA  (Héctor A. Huergo)

El experimento K sigue arrojando conclusiones impactantes. No por obvias dejan de ser originales: es que hasta ahora ningún investigador social se había animado a castigar a un sector para ver qué pasaba. Ahora lo sabemos.

Sabíamos que el mejor remedio para los bajos precios son los bajos precios, y viceversa. Un axioma con regusto "neoliberal", repudiado por los economistas autodenominados "progresistas". La realidad, que siempre se subleva e impone su ley, es que después de un ciclo de bajos precios, la producción cae y la oferta empieza a escasear. La demanda, estimulada por la abundancia y los bajos precios, se convierte en adicta.

Y cuando el producto escasea, esta adicción la lleva a pagar cualquier cosa. Esto es lo que técnicamente se llama "elasticidad precio" (pido perdón a los economistas por esta incursión fuera de incumbencia. Pero al fin y al cabo, para recibirse de ingeniero agrónomo hay que cursar varias materias de economía, y salimos de la facultad sabiendo que agronomía es la economía de la fotosíntesis).

La carne vacuna es un clarísimo ejemplo de producto de baja elasticidad precio. Lo fue desde los orígenes de la Nación. Basta recordar que el telón de fondo del primer cuento argentino, "El Matadero", de Esteban Echeverría, era la convulsión que había producido en la Gran Aldea la escasez de carne.

"Yo les voy a dar la carne que les niegan los ganaderos", espetó Néstor Kirchner cuando era presidente. Y prohibió las exportaciones, en una escalada que se había iniciado unos meses antes con la suba de los derechos de exportación. Vinieron los precios "sugeridos" por el secretario de Comercio, los aprietes en Liniers, las amenazas telefónicas a consignatarios y productores.

Las bravatas no fueron neutras. Estimularon el desinterés, en un marco en el que aparecían alternativas para eludir el cepo. Aún a pesar de la exacción de las retenciones (que arrancaron en el 20% y llegaron al 35% a fines del 2007, y allí están), la soja tiene entre otras virtudes la de escapar al discurso de la mesa de los argentinos. La consecuencia fue el inicio de la liquidación de stocks.

La peculiaridad del negocio de la ganadería vacuna es que la máquina herramienta (la vaca, generadora de terneros) es también de carne. Es distinto a una fábrica de, por ejemplo, tornillos. Cuando los tornillos sobran y bajan los precios, los tornos simplemente se paran, se venden o se dedican a otra cosa. Pero no se convierten en tornillos. En cambio, la vaca se convierte en carne, acelerando la depresión.

Hace pocas semanas, la presidenta se ufanó por el récord de exportaciones de carne, a pesar del alto nivel de consumo interno. Lo que nadie le explicó es que estábamos asistiendo a una violenta liquidación de stocks, estimulada además por la sequía del 2008 y parte del 2009, con abundancia de carne para consumo y exportación. Pero como decía Charly García, todo tiene un límite. Llegó el final de la liquidación. También se terminó la sequía, hay pasto por todos lados y esto estimula la retención. Los frigoríficos se niegan a convalidar precios por el gordo de 7 pesos el kilo vivo. Por la invernada ya se piden 8 pesos, ¡más de 2 dólares el kilo! Un valor que está por encima del ternero para engorde en EE. UU., algo que jamás había pasado.

¿Habrá llegado el tiempo de las vacas gordas? ¿Será que la ganadería, el negocio del eterno futuro, habrá encontrado finalmente un presente más atractivo? Puede ser, pero Kirchner es como Othar, el caballo de Atila, que por donde pasaba no crecía el pasto. Pero ni Othar, ni siquiera el glifosato, pueden detener para siempre el regreso del pasto verde. Atila tuvo un fugaz imperio, basado en el terror, y de él lo único que se recuerda es su feroz espíritu destructivo. Allí prosperó la mejor Europa.

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