12 de febrero de 2010 14:36 PM
Imprimir

Los granos en las turbulentas aguas del tiempo de cosecha

Sabemos que el declamado superávit de la caja fiscal, hoy, es una falacia. También vemos cómo el Gobierno se aleja, cada día más, de la racionalidad económica.

Como si hubiese ingresado al túnel del delirio, ahora se sostiene que emitir no es un mecanismo inflacionario. Ayer la Presidente afirmó que “no vengan de ningún rincón monetario a decir que la inflación es producto de la oferta monetaria”. Estremece.
Está visto que, en su afán de corregir lo incorregible, cree descubrir nuevos modos de hacer política económica. De allí que se haya decidido restar parte de las reservas del Banco Central, mediante modos incompatibles con las disposiciones legales. De allí que se hagan manifestaciones de esta clase, con irresponsabilidad impropia de la más alta jerarquía de gobierno.
En un ambiente como éste, lógicamente cabe albergar mayores índices de inflación y de desenfreno en los gastos fiscales.
Las crecientes necesidades financieras del fisco y la desesperación gubernamental para frenar la inflación desatada ponen a la producción granaria en el centro de la escena.
Las retenciones –derechos de exportación- son el remedio fácil que encuentra el Gobierno para lograr fondos para el gasto público.
Este año habrá una cosecha próxima a 85 millones de toneladas, donde la de cereales alcanzaría un nivel cercano a 30 millones y la de oleaginosas rondaría en 55 millones, con un promedio de derechos de exportación de algo más de un 30%, considerando los granos y los subproductos.
Con un cuadro productivo así, el Gobierno va a contar con un cuantioso aporte de más de 7.500 millones de dólares provenientes de las alícuotas impuestas a la producción-exportación de la agricultura. Una cifra superior al discutido Fondo del Bicentenario.
Esta cifra es un 33% mayor a la obtenida por la campaña anterior, cuando la producción debió soportar una cruel sequía.
Al observar cuáles son las actividades que más aportan, es clarísima la posición de la soja. Y dada la política agropecuaria, es seguro que la tendencia a producir más soja -en desmedro de los cereales- continúe su camino de concentración.
El trigo ha entrado en una senda de muerte. El saldo exportable es casi ridículo para un país con la tremenda capacidad productiva que lo caracteriza. La comercialización de este cereal sigue prácticamente paralizada. Los potenciales compradores están desaparecidos por la imposibilidad de operar.
Las trabas y limitaciones en los registros de exportación han conseguido reducir el precio interno del trigo, sin que haya un correlato equivalente en los precios de los alimentos involucrados en esta actividad. A su vez, como es lógico, la producción tiende a cero.
Para muestra, un botón:

Evolución de la superficie sembrada en miles de hectáreas
2004-2005  2005-2006   2006-2007              2007-2008      2008-2009

         6.260             5.222                            5.676          5.948          4.732

Datos – Fuente:SAGPyA

De confirmarse las estimaciones privadas, que hablan de una superficie para la actual campaña cercana 2,8 millones de hectáreas, la cosa será gravísima. No es descabellado, entonces, considerar la posibilidad de una producción de 6 millones de toneladas (hace cinco años era de 16 millones).
Con el maíz también hay una fuerte caída que, este año, no se apreciará por la bondad de las lluvias durante su floración.
Para sintetizar, está claro que el trigo y el maíz (¿y el girasol?) deberán soportar la presión del Gobierno para que sus precios no incidan en la inflación.
Y también está claro que la soja deberá soportar la presión del Gobierno para hacerse de mayores recursos.
Entre la necesidad de fondos para el indomable gasto público y la necesidad de aquietar el índice de inflación, los granos deberán nadar las frías y turbulentas aguas del 2.010.

Fuente:

Publicidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *