22 de julio de 2012 13:37 PM
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“Sojización” de nuestra agricultura

El exceso de soja en la matriz granaria atenta contra la conservación del suelo, por lo que se impone la rotación de cultivos.

Cualquiera que analice la producción nacional de granos concluirá que existe un exceso de soja respecto de los otros componentes de la producción, es decir, maíz, trigo y girasol. Es lo que se conoce como la “sojización de la agricultura”, proceso preocupante por su relación con la degradación de los suelos, y de gran trascendencia por tratarse de un recurso productivo, un verdadero tesoro, de extraordinario valor, que debería ser renovable y que al ignorar sus fundamentos se transforma en no renovable.

La solución es la rotación de los cultivos, que permite lograr un equilibrio entre lo que extrae y lo que aporta al suelo cada uno de estos vegetales, con sus características propias: la soja posee un componente aéreo y radicular de escaso desarrollo, mientras que el maíz y el trigo lo superan ampliamente en beneficio del suelo. Cada uno de ellos extrae minerales diferentes.

La Argentina siembra anualmente 9 millones de hectáreas de maíz, trigo y girasol, y 18 de soja, una rotación claramente deficiente, cuya explicación radica en la mayor rentabilidad de la oleaginosa, pese al diferencial implícito en los derechos de exportación. Sin embargo, interfiere en el proceso el cúmulo de intervenciones estatales: la limitación de las exportaciones, y el uso y abuso de cupos de exportación de trigo y maíz. Con estas intervenciones, se han venido reduciendo tanto los precios del maíz como del trigo, al punto de desinteresar a los agricultores en su cultivo, cuyos precios internacionales han crecido en una proporción similar a los de la soja.

Una buena comparación la ofrecen los Estados Unidos, donde el maíz triplica la soja. El anuncio presidencial dando a conocer que se proveerá un cupo de exportación de 15 millones de toneladas de maíz podrá ser útil, pero no es, de ningún modo, suficiente, porque se insiste en el sistema de limitación de las exportaciones y porque no se extiende al trigo, con lo cual, la convicción respecto de la utilidad del sistema, según la versión estatal, se mantiene incólume. Y también porque la raíz de la decisión se vincula con la aguda necesidad de aportar dólares a la economía antes que inspirar confianza y solidez a la política agrícola.

Hacer referencia a la conservación de los suelos productivos lleva a valorar la transformación ocurrida en el sistema de producción, incorporando la llamada siembra directa, que cubre ya 25 millones de hectáreas de las 32 bajo cultivo de granos. Se valora la profundidad y velocidad del cambio tecnológico asumido por los productores, con el aporte de la cadena productiva, incluidas las industrias proveedoras de maquinarias, también innovadoras. Este ejemplo debería ser suficiente para abrir las puertas a un cambio que permita desatar las enormes energías disponibles de nuestro suelo.

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