18 de febrero de 2010 21:09 PM
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El campo y las verdades a medias

El agro vuelve a hacer sentir sus reclamos. Los que peor la pasan son los productores pequeños y medianos, los mismos que el Gobierno dice defender.

Tres generaciones vivieron de cultivar algunas decenas de hectáreas en Palá Palá (Leales). Los Giménez primordialmente se dedicaban a la caña de azúcar. Utilizaban machos y mulas para arar la tierra y tirar de los carros. En el monte desparramaban semillas de zapallo y cerca de la casa, para evitar robos, siempre tenían al menos tres vacas, algunos chanchos, y gallinas por doquier. Hasta hace una década, los Giménez eran campesinos. Ahora son peones.

No son los únicos ni los primeros. Tampoco es un problema instaurado por el kirchnerismo. Lustros de malas políticas agrarias favorecieron la concentración de la tierra -y de la riqueza- y destruyeron a los pequeños productores. Lo curioso del caso es que por ideología y declamación, el matrimonio gobernante embistió contra el campo aduciendo que algunos pocos se estaban llenando de dinero a costa de muchos otros campesinos que se vieron obligados a vender tierras y dignidad para huir de la aplanadora de los grandes terratenientes.

Los Kirchner utilizaron ese discurso para justificar el alza en las retenciones a la exportación de granos, y su política arisca y mezquina con el agro y con la ganadería. Hablaron de distribuir, pero paradójicamente terminaron de hundir los pocos campesinos que venían sobreviviendo entre cosechadoras último modelo y trastos de viejos tractores anaranjados.

"¿Sabés quienes están levantandoen pala las ganancias por la suba de la carne vacuna? Los grandes hacendados: gracias a la Presidenta tenían granos para engordar su vacunos en la época de sequía. Fueron los únicos que zafaron de la mala temporada, tenían espalda para aguantar, no vendieron su hacienda y ahora están llenando sus arcas. Curioso, ¿no? Son los mismos a los que los Kirchner dicen combatir pero que en realidad benefician. En el camino, los medianos y pequeños ganaderos quedaron en la lona". Dura reflexión de un agrónomo ducho en esos temas.

En ese punto está incrustado el tumor que nubló la vista del Gobierno en su lucha con el campo. Con viejas ideologías en tiempos modernos, los K atropellaron a los ruralistas sin distinguir entre tamaño, condición o realidad productiva. Y destruyó a los que dijo que quería salvar: a los pequeños y medianos, a los que -como los Giménez- durante generaciones vivieron del campo. Algunos, lícitamente, progresaron, adquirieron vehículos 4×4 y hasta quizás renovaron algún tractor. Pero fue durante los años de bonanza que aparecieron tras la devaluación y luego de tener la espalda encorvada de deudas acumuladas durante lo que para ellos fue la fatídica década menemista.

Los ruralistas medianos y chicos fueron, justamente, los que coparon las rutas en pleno pleito por las retenciones móviles y los que ahora presionan porque no dan más. Y en muchos casos es verdad, aunque en otros no tanto. ¿El campo se benefició durante los últimos años con los precios y el clima? Sí. ¿Ganaron dinero? Sí. Pero no todos, no en igual medida ni la misma cantidad en cada cosecha. Una mala y con seca, como fue la anterior, mata a los chacareros más débiles. Eso también es una realidad.

El presidente de la Sociedad Rural de Tucumán, José Manuel Avellaneda, mencionó que desde 2001 hasta ahora 60.000 productores dejaron de producir en todo el país, según cifras del último Censo Nacional Agropecuario. Entonces, algo anda mal. Porque hay un Gobierno que diagnosticó algo (que cada vez hay más concentración en el campo), pero que aplicó un medicamento inadecuado. Es como enyesar el brazo al paciente que se quebró la rodilla.

En este conflicto agrario lo que más daño provocan son las verdades a medias, porque el kirchnerismo atribuye, por ejemplo, la suba de los precios de la carne vacuna a que muchos productores guardaron su hacienda avizorando que iban a enriquecerse en este período de vacas flacas. Pero no dice que fue el propio Gobierno el que ayudó a los hacendados pícaros a beneficiarse de la coyuntura actual, porque fue el Estado el que desalentó la ganadería, el que provocó que se invierta menos en el sector -por la intervención en el mercado y en las exportaciones- y el que empujó a que muchos liquidaran los vientres y las crías por la falta de ingresos. Lo que dice y lo que no, son partes del problema.

Otro defecto es que se generan cada vez más inconvenientes y no soluciones. Ahora, la Nación demora los permisos para exportar trigo y maíz de tal manera, que compromete cosechas futuras. Menos mal que anoche dio marcha atrás con ese impedimento. Sin embargo, esa metodología responde a la lógica kirchnerista de que con eso conseguirá que los precios no suban. Hicieron lo propio con la carne vacuna, con resultados a la vista.

En palabras del economista Carlos Melconian, el kirchnerismo está logrando lo que ningún otro gobierno: que la política tumbe a la economía. Del 83 en adelante, los problemas financieros se encargaron, más tarde o más pronto, de desgastar hasta los intestinos a los gobernantes. Los K, vaya logro, hicieron lo contrario.

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