20 de febrero de 2010 07:08 AM
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El bife del millón de dólares

La carne vacuna es una de esas típicas tribulaciones de los argentinos que, por su recurrencia, genera una amarga imagen de inmovilismo.

Cada vez que sube, se genera un revuelo fenomenal, digno de mejores causas. Cuando baja, nadie se acuerda, por aquello de "good news, no news". Si acumuláramos los títulos en una revisión de los archivos, hoy un kilo de asado debiera costar un millón de dólares.

Algún economista argentino acuñó el concepto del "bien salario", una creación criolla más dañina que otros inventos como el dulce de leche, y menos útil que la birome o la pelota de futbol sin tiento. Haga un ejercicio: busque en el Google y va a ver que solo hay referencias a esto del bien salario en la bibliografía local. Es más o menos así (después de todo, la economía en la Argentina es una ciencia barata, o al menos devaluada .): son los productos que tienen especial incidencia en el salario. Por ejemplo, los alimentos. Una genialidad, porque el ser humano (objeto de los economistas) no fotosintetiza (para felicidad de los agrónomos), para vivir necesita comer. Y para comer hace falta cobrar un sueldo.

Entonces, si sube el precio de los alimentos, queda menos salario para otras cosas. ¿Se entiende? Por eso, señores, la carne no puede subir. Debe escapar a las leyes que rigen la economía. Decretamos que es un bien salario. Si no hay, igual tiene que ser gratis. "Yo les voy a dar la carne que les niegan los ganaderos", dijo Néstor al frenar la exportación en el 2007.

"¿Por qué donde falta el pan siempre sobran los decretos?", se preguntaba el poeta socialmente comprometido. Sobraron decretos, regulaciones, prohibiciones, y al final, escaseó el "bien salario". Ahora, hay un "mal salario" y viene la presión por mejorarlo. La carne, esa tribulación argentina, no tiene que llegar al millón de dólares ni meter la cola en las paritarias. Como siempre la barateamos, una adicción argentina, desde los tiempos de El Matadero.

Volvamos a la teoría económica clásica. El mejor remedio para los altos precios, son los altos precios. El propio ministro de Agricultura pareció comprenderlo, cuando saludó el alza del kilo vivo como una buena noticia para el futuro. Es cierto: con estos valores se terminó abruptamente la liquidación. Los criadores, sobre todo los de las nuevas zonas ganaderas, encuentran nuevos alicientes para profundizar el fenomenal desarrollo tecnológico en que estaban embarcados. Las pasturas subtropicales, las razas sintéticas, la inseminación artificial, el destete precoz, el Ruter, están dando origen a una nueva ganadería.

La revolución agrícola de la pampa húmeda, lejos de provocar la liquidación del negocio ganadero, dio lugar a un salto tecnológico fenomenal. Diez millones de hectáreas en ganadería extensiva pasaron, en quince años, a agricultura permanente en siembra directa. La invernada, sustituida por el engorde a corral, triplicó la productividad, agregando valor a los granos "in situ". Porque la carne, aquí y en el mundo, no es un don natural sino producto de "segundo piso", que implica usar todos los atributos de la revolución agrícola, porque es la agricultura la que provee el alimento.

El silaje de maíz o sorgo planta entera, el silo de grano húmedo, los mixers, y toda la parafernalia que hace a la ganadería moderna, venían marchando a paso redoblado hasta que la idea de la carne barata provocó un efímero colapso.

La realidad siempre se subleva. El cepo reventó y la taba se dio vuelta. Una vuelta demasiado abrupta, pero es lo que hay. El ternero a más de dos dólares es algo que difícilmente se sostenga, pero nadie piensa ya en aquellos precios de liquidación provocados por la impericia y la demagogia. Igual, que nadie se asuste, porque el bife no va a llegar al millón de dólares.

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