24 de febrero de 2010 14:18 PM
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Uruguay  –    La oveja descarriada

En todas las batallas en que hay ganadores, también hay perdedores. Si hay un rubro de los importantes que ha sufrido una caída monumental en nuestro país, un desbarranque desde el podio de los triunfadores hasta el fondo del abismo, en 20 años continuados, casi sin pausa, ése es el ovino.

El stock ovino cayó desde el pico de máxima, registrado en 1991, cuando se contaron 25,6 millones de animales, a los 8,6 millones declarados en junio de 2009; esto representa una caída de 67% en cabezas, que tiene un correlato similar en la producción de lana, que de cerca de 100 millones de kilos en el punto más alto apenas llegó a 34 millones el año pasado. Uruguay no ha logrado armar una estrategia de supervivencia para un rubro que tiene enormes cualidades, tanto desde el punto de vista productivo, de aprovechamiento de forrajes que solo la especie ovina es capaz de aprovechar (dentro de las especies animales productivas que existen en nuestro país, claro), así como su capacidad de sobrellevar sin perjuicios las temporadas de sequía, cada vez más frecuentes. El ovino es útil por su aporte a la estabilidad financiera de los establecimientos agropecuarios, aunque más no sea como complemento de los ingresos de la ganadería vacuna, y desde el punto de vista del interés general es un fuerte demandante de mano de obra rural, en especial de la residente en las zonas más postergadas económica y socialmente. La exportación de lana –95% de la producción se destina a los mercados externos– fue durante casi todo el siglo XX el principal recaudador de divisas de nuestro país, pero hoy apenas representa alrededor de 3% del total. Los orígenes de la crisis de la lana se sitúan en los primeros años de la década del 90, cuando cayó el mundo socialista, el principal comprador de lana, lo que provocó un abrupto desbalance entre la oferta (que había crecido sostenidamente en los años anteriores) y la demanda, que se deshilachó de golpe. El sistema de protección y estabilización de precios del mercado australiano fue sorprendido y reaccionó en forma errada, por lo que se conformó un sobrestock enorme, que demoró años en digerirse. Australia, golpeada en su corazón productivo, buscó orientarse a la obtención de lana más fina y valiosa, mientras Nueva Zelanda acentuó su perfil carnicero, incrementando todos los indicadores reproductivos y el peso de carcasa de los animales en la faena. No obstante, por diversas razones, pero que en general están relacionadas con la preferencia por otros rubros productivos, también ellos siguieron disminuyendo en los últimos años su stock de ovinos. Nosotros, y también Argentina, desde que estalló la crisis quedamos a la deriva; aún no conseguimos siquiera frenar la caída, estabilizar la dotación, ni reorientar masivamente la majada a terrenos más prósperos. Alternativa carnicera Sin embargo, hay algunas experiencias exitosas, que pueden indicar el trillo para salir de esta situación. En la última década se desarrolló el programa del Cordero Pesado, con participación destacada de distintos agentes, como el SUL, la Central Lanera, algunos frigoríficos y organizaciones de productores. Uruguay es actualmente productor y oferente en los mercados internacionales de carne ovina de calidad, cotizada carne de cordero, que incluso obtiene valores superiores a la bovina. Es una novedad absoluta, algo que apenas se soñaba hace 15 años. El año pasado se faenaron más de 1,1 millón de corderos, la gran mayoría corderos pesados. Las trabas En este terreno todavía hay un largo trillo para recorrer, que incluye cambios drásticos en la genética de la majada, ajustes en manejo, sanidad (control de plagas), seguridad (control de depredadores de toda laya) y alimentación, y, en la otra punta de la cadena, imprescindibles aperturas de nuevos mercados. Hace años que estamos a la puerta de EEUU y, más recientemente, de México, pero, por razones más burocráticas que científicas, no terminan de concretarse las habilitaciones. Uruguay tiene un obstáculo enorme en este aspecto, ya que la exportación está concentrada en dos destinos básicos, y en uno de ellos, el que aporta el mayor valor, la Unión Europea, estamos topeados en apenas tres mil y pico de toneladas de cuota. El otro mercado es Brasil, con su potencial y sus limitaciones. Más recientemente se abrió una opción interesante en los mercados del Medio Oriente y en Rusia. El otro gran tema de la exportación de carne ovina consiste en la posibilidad de exportar con hueso: los cortes ovinos más valiosos, como el french rack, las deliciosas costillitas peladas con lomo, se presentan con hueso. O sea que valen más, pesan más, llevan menos trabajo en el desosado y tienen menos merma. Como las restricciones por la aftosa excluyen la presencia de hueso, nuestros embarques a Europa, y cuando lo hagan también al NAFTA, son y serán de carne desosada. Con esa restricción les damos un gran handicap a nuestros competidores de Oceanía, que hoy dominan esos mercados con sus cortes o carcasas enteras con hueso. Lana ultrafina Otra alternativa válida es la producción de lana ultrafina, de menos de 20 micras, algo que el país no producía hasta hace pocos años, o por lo menos que no se diferenciaba, se vendía entreverada con el resto del lote. Esta lana tiene hoy un valor muchísimo mayor que la de finuras más gruesas, y ese valor crece sustantivamente en cada escalón de media micra en que baja el diámetro de la fibra. Hace poco se vendió acá un fardo de 100 kilos de lana de 14,4 micras a U$S 32,38 el kilo base limpia, cuatro o cinco veces más caro que una lana Merino de la finura promedio del Uruguay, y 10 veces más que una Corriedale media. En Uruguay existen algunas tejedurías (cada vez menos) que demandan lana de esas características y en su momento se pensó en abastecer este mercado con una oferta que tenía que reunir un millón de kilos. Con ese piso se desarrollaron en la última década los programas de producción de lana ultrafina: uno es el Programa Merino Fino -que conjunta al INIA, al SUL, a la sociedad de criadores de la raza- y el otro es el Club Merino Fino, de Central Lanera. La industria topista adhirió con precios promocionales, orientados por las cotizaciones en el mercado australiano. Hoy se estima que la oferta nacional de este tipo de lana es de 1,4 millones de kilos, y sigue creciendo. La lechería del Basalto Tal fue la calificación que usó el próximo ministro del ramo, Tabaré Aguerre, al referirse a la producción ovina (ver página 8). Es que el rubro tiene una incidencia fundamental en factores de interés general, como el empleo, la radicación de la población en el campo y, en definitiva, en la descentralización de la economía. Miles de puestos de trabajo y de horas laborales zafrales se perdieron en el Interior profundo por la reducción de la majada y de la producción de lana, fenómeno que también impacta en las ciudades, porque la manipulación en barraca y la industria textil lanera son sectores que incluyen un alto componente de trabajo manual. No es solo por atender la temática de la mano de obra asalariada, sino que la producción ovina, con todas sus variantes, constituye una opción genuina para los productores familiares con limitaciones de área, de infraestructura y de capital: aún más ajustada a sus posibilidades que la lechería. A la hora de otear el horizonte, mirando, por ejemplo, 15 años para adelante, la oveja apenas se divisa. Salvo que los precios de los productos ovinos, que actualmente están entonados, consoliden en el tiempo esa firmeza, que hagan a este rubro no sólo atractivo por sí mismo, sino también en relación a los vacunos, el futuro se presenta poco alentador. Puede que las variantes referidas –carne ovina de calidad, lana ultrafina y otras que no se mencionaron aquí, como la leche ovina, que tantas frustraciones ha vivido–, así como que el eventual interés en esta actividad por parte de los nuevos inversores (lo que hasta ahora no ha sucedido), o en la interacción o el complemento con otras producciones (carne, lechería, agricultura, hortifruticultura), o que los planes de promoción y apoyo de la producción familiar consoliden al ovino como una alternativa de interés para ese estrato, constituyan una salida. De otro modo, si continúa la tendencia que ha predominado en estas últimas dos décadas, la oveja quedará como un recuerdo, subsistirá testimonialmente, la lana como insumo de la artesanía y la carne como una delicatessen en los platos del turismo, poco más o menos que unos langostinos.    

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