27 de febrero de 2010 02:44 AM
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Vender trigo es un castigo al productor

"No puedo vender mi trigo, no me dejan entrar en las listas", me expresó un productor cansado de que le pongan tantos palos en la rueda. Parece que en este país al que produce lo castigan obligándolo a un "vía crucis" de trámites burocráticos, para finalmente poder malvender o ni siquiera tener la posibilidad de hacerlo.

La caótica comercialización de la actual cosecha de trigo es la prueba más contundente del fracaso de la política agropecuaria del gobierno de los Kirchner. Es absolutamente contradictorio desincentivar la producción e incentivar el consumo, a menos que la inflación sea un objetivo deseado. El "estilo Moreno" condena a los productores a recibir un precio ínfimo por su cosecha y a los consumidores a pagar caro el pan, y en esta campaña ni siquiera hay mercado. Los molinos harineros tienen más trigo del que necesitan, pues el Gobierno los obligó a comprar y los permisos para exportar son muy limitados. El productor tiene que guardar su trigo, no puede generar ingresos para encarar la próxima cosecha y se ve obligado a extender sus plazos de pago afectando a sus proveedores rurales. Y en la mesa de los argentinos, la madre de todas las razones, el pan ha triplicado su precio (lo destacable es que el precio del trigo sólo incide en un 9%, un 15% se lo lleva el Estado y el 76%, restante la industria molinera y la comercialización). Sin embargo, siguen empecinados, insistiendo con las mismas políticas que no han dado resultado. Es como si probarnos un zapato chico una y otra vez hará que se nos achique el pie. No es sólo el trigo, también el futuro del maíz está amenazado. Se vislumbran buenos rindes si el clima continúa acompañando, pero si el escenario es de exportaciones cerradas, la única opción es convertirlo en carne, cosa que parece una utopía, dada la carencia de políticas ganaderas que llevaron a muchos productores a la reducción de sus stocks. Mientras tanto, perdemos mercados en el extranjero, que lógicamente son tomados por otros países. Ucrania es uno de ellos, impensado hace un tiempo, pero gana los mercados que deja la Argentina. Los principales países productores de trigo, como Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, incentivan la producción con políticas superadoras para los granos, segregando la calidad de sus trigos, con exigentes estándares, con una adecuada trazabilidad para las diferentes variedades y, en consecuencia, con incentivos de precio. Parece mentira que después de tanto ensayo-error no sea evidente que para conciliar las políticas que nos permitan aprovechar las oportunidades que nos ofrece el mundo con las que garantizan el pan en la mesa de los argentinos se necesita más producción, no menos; es necesario previsibilidad para aumentar las inversiones. La esperanza es que en la puja interna entre las "listitas" y los recientes anuncios del Ministerio de Agricultura ganen la batalla estos últimos, aunque la razón haya sido otra vez por la presión de los productores. Gladys González
La autora es diputada nacional por el PRO

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