6 de marzo de 2010 08:02 AM
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La lucha del campo y la sociedad

La confrontación del agro con ideas anacrónicas se decidirá cuando reflorezcan los valores verdaderamente progresistas

Puede decirse sin exageración que la edición anual de Expoagro, que concluirá hoy en Baradero, ha sido un feliz acontecimiento. Como si el Gobierno y la mayor parte de las políticas con las que se ha agredido al campo en los últimos años fueran un capítulo aparte, hubo en la muestra una conciencia generalizada de que todo se había aunado, hasta el tiempo, para poner de relieve que el campo y sus industrias conexas pasan por momentos de excepción. Desde el acto inaugural, que contó con la participación de los gobernadores de Buenos Aires y de Santa Fe y del ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, entre otros muchos funcionarios, la edición de Baradero tal vez haya sido la de más realce de la exposición agraria de mayor importancia del país. Embajadores extranjeros y visitantes de más de veinte naciones viajaron a Baradero con ánimo de interesarse de diversos aspectos de la producción agropecuaria y de la tecnología industrial argentinas, que tantos elogios ha recibido desde hace tiempo de contrapartes dispersas por el mundo. Sólo la mención de que fabricantes norteamericanos de maquinaria agrícola suelen convocar a contratistas argentinos cuando se preparan para la primera campaña de las nuevas unidades que salen de fábrica alcanza para mensurar el grado de reconocimiento de las aptitudes que han desarrollado nuestros obreros, empresarios, técnicos e ingenieros en materia tan especializada. La confianza internacional en el campo y en la industria argentinos actúa, pues, como contrapunto de la desconfianza con la cual esos mismos sectores han debido desenvolverse en los últimos años en relación con una política gubernamental sujeta a una única y curiosa constante: nunca se sabe hacia dónde ha de disparar y contra quiénes. El presidente de Maizar, la entidad que asocia a todos los eslabones de la cadena productiva de maíz y de sorgo, lo ha dicho con todas las letras: "El insumo que falta es la confianza". Esto explica que se haya sopesado la declaración del gobernador Daniel Scioli en la muestra en el sentido de que "las lluvias han traído alivio para los productores y el país" como una manifestación de sinceridad incuestionable. El agua ha sido, entre las variantes ajenas a la capacidad de decisión de los productores, el factor que ha fortalecido los ánimos después de la grave sequía de la campaña anterior. Ha bastado, como tantas veces en el pasado, un dato alentador de alguna significación -y el del agua lo es- para que cambiaran las expectativas en múltiples aspectos de la actividad rural. En diciembre, por ejemplo, esa novedad determinó, según dijeron en Baradero fabricantes de maquinaria agrícola de primer nivel, que las compras barrieran con los stocks de cosechadoras. La presencia de representantes de la industria y el comercio no directamente vinculados con el campo en la muestra permite intuir que el empresariado se halla más unido que en cualquier otra etapa posterior a 2003 frente al desconcierto que suscita la política gubernamental. En medio de la exposición, tras el mensaje pronunciado anteayer por la Presidenta, la nota dominante fue el asombro por la falta de límites hasta en las alusiones personales de que había hecho gala. En ese cuadro de razonamientos compartidos, tuvieron cabida las excusas con las que se había encontrado el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, cuando había pretendido arrancar, horas antes de que el oficialismo perdiera el control del Senado, declaraciones solidarias de las cámaras empresarias con la Presidenta. Nadie se prestó a arriesgarse con adhesiones de apuro y hubo coincidencia en ampararse en que esas decisiones las toman los cuerpos orgánicos de las entidades. Con excepción de la soja, ha habido en esta campaña una disminución apreciable de áreas sembradas en el cultivo de maíces y de trigos. Sin embargo, el ministro Julián Domínguez pudo anticipar que la cosecha rondará en conjunto los 93 millones de toneladas, mientras se pronostica que en poco tiempo más la Argentina superará los 120 millones, a menos que la incertidumbre política prevaleciente termine por colmar las expectativas negativas sobre el impredecible comportamiento gubernamental. Habría llegado ahora, entonces, la oportunidad de que, a la luz de las conquistas logradas por la agroindustria argentina, se produzca la segunda gran revolución que cerraría el círculo virtuoso. Ella debería gestarse entre los sectores más renuentes de la sociedad a comprender, de una vez por todas, que la producción agroindustrial ha hecho méritos suficientes para ser reconocida como expresión del sector más eficiente en creatividad y en productividad. Al paso con el que aumenta la riqueza de los sembradíos y se confirma el pronóstico de los especialistas para los próximos años, pronto será necesario incorporar 150.000 camiones más a la flota que extrae los granos de las áreas rurales. ¿Se encuentra, acaso, el líder del gremio camionero y de la CGT, Hugo Moyano, tan atado a los intereses mezquinos con la producción agropecuaria como para no percibir lo que aquel aumento gravitará en el área de sus intereses específicos? La gran batalla del campo no se ganará ante un gobierno prepotente que en menos de dos años será parte del pasado. La suerte de esa confrontación con ideas anacrónicas que hasta el comunismo ha superado en otras partes del mundo se decidirá más allá de las praderas, donde la victoria es una realidad incuestionable mal que les pese a los detractores. Ahora deberá replicarse en la sociedad argentina en su conjunto. Eso ocurrirá cuando reflorezcan aquí los valores culturales que han prevalecido en las naciones verdaderamente progresistas del orbe y que en el Centenario constituían la base de la grandeza adquirida en un escaso período. La experiencia de que es posible recuperar la Argentina perdida tan pronto se reoriente la directriz de la política fundamenta hoy las esperanzas que se oponen a tanto desasosiego. De lo que se trata, en el fondo, es de que comiencen a funcionar a pleno las pisoteadas instituciones de la Constitución.

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