11 de marzo de 2010 15:46 PM
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En la Argentina se castiga al que le va bien y así da miedo desarrollar nuevos negocios

En diálogo exclusivo con este medio, Oscar Alvarado, CEO de El Tejar, uno de los gigantes agropecuarios de la región, que produce 3 millones de toneladas de granos cada año, analizó las perspectivas del sector, el futuro del precio de las commodities y las claves de la crisis de la carne

El Tejar es una firma atípica, si se la compara con el estándar de lo que hoy se entiende por una empresa convencional.  
Las razones, que son diversas, sirven para trazar una rápida radiografía: nació como un pequeño emprendimiento de 700 cabezas de ganado y actualmente está operando en seis países de Sudamérica y va creciendo como una compleja red que se esparce casi exclusivamente gracias al know how.

Es una compañía que mantiene una filosofía familiar pero que en la práctica es tan "grande como un país”. En efecto: cada año produce 3.000.000 de toneladas de granos, una cifra superior a lo que todo el Uruguay recolectó entre soja, trigo, maíz y girasol la campaña pasada.

Además, es uno de los grandes gigantes agropecuarios de la región pero su política es la sustentabilidad del suelo y la de crecer sin alterar el medio ambiente.

La respuesta a este estilo de hacer negocios está apoyada en el propio Oscar Alvarado, CEO de El Tejar, creada por su padre hace 24 años y que hoy es líder en el sector.

Este empresario es uno de los exponentes más claros del nuevo management vinculado con el agribusiness, corriente que considera al capital humano y al conocimiento como las dos patas fundamentales para la internacionalización de un proyecto de grandes dimensiones.

En diálogo con este medio, Alvarado analizó a fondo el presente y las perspectivas de la actividad. En el plano local,  disparó contra las cargas impositivas distorsivas y contra la ausencia de consensos para definir un modelo económico y social a largo plazo.

Así, destacó el rol de países como Uruguay y Brasil, donde año a año El Tejar suma más hectáreas para diversificar su negocio, gracias a los incentivos que esos gobiernos aplican para captar inversiones. Incluso, la compañía ya puso un pie en Colombia para comenzar a cultivar en tierras que, durante décadas, se vieron asoladas por la guerrilla.  Como contrapartida, Alvarado alertó que en la Argentina -el país que vio nacer a la compañía y donde existe una competitividad natural imabtible para los negocios agropecuarios-, hay numerosos proyectos por desarrollar, pero seguirán pendientes hasta tanto no mejore el clima para realizar inversiones.

-¿Qué sucede con la Argentina? Mientras el mundo continúa demandando alimentos y las oportunidades comerciales no se detienen, las crisis, las peleas internas y la falta de continuidad boicotean las políticas de largo plazo.
-Para la industria agropecuaria es clave ver qué modelo de país queremos y jugar en consecuencia. Y me da tristeza que dentro de la Argentina nos peleemos cuando hay oportunidades brutales de generar riqueza para todos a la vuelta de la esquina. El mundo sigue creciendo. En los próximos 30 a 40 años va a haber entre 2.000 y 3.000 millones más de personas, que van a estar demandando mejor calidad de alimentos, rubro en el que somos especialistas. Pero toda la red que se había generado en agroindustria, entre contratistas, proveedores y productores, todo eso que teníamos hace cuatro o cinco años, debido a todos los conflictos internos, se debilitó. Lo que provocamos es una destrucción fenomenal de las ventajas competitivas.

-Lo que sucede con Brasil o Uruguay es muy distinto…
-Exacto. Te encontrás con otros países, como Uruguay, donde el presidente (José) Mujica no solamente te invita a invertir, sino a vivir. Es muy diferente. En el caso de los brasileños, también tienen políticas de Estado. Los distintos gobiernos pasan y lo que vemos es que Brasil tiene muy claro que quiere convertirse en la potencia agroindustrial del mundo. De hecho, lo está consiguiendo y está desplazando a sus competidores. Hace diez años les exportábamos maíz y hoy ellos son el segundo comercializador a nivel mundial y nos están sacando negocios. También les vendíamos carne y ahora se convirtieron en los mayores exportadores. Además, son los principales productores de pollos y los segundos en soja. Es espectacular lo que hicieron.

-¿Qué queda entonces por esperar de la Argentina? ¿Estamos condenados a avanzar sin rumbo o se viene un cambio estructural?
-El hecho de no generar el ámbito para que prospere toda esa generación de la riqueza y la distribución da bronca. Sin embargo, estamos en camino a entenderlo. Me parece que vamos avanzando. No es fácil que en este país nos pongamos de acuerdo, mucho menos en el ámbito político, pero tengo la sensación de que las cosas se van a ir dando.

-¿Con este Gobierno o el próximo?
-De este Gobierno en particular no tengo muchas expectativas. Sí tengo esperanzas de que esta sensación nueva de que no tienen el poder absoluto, los lleve a tener que consensuar. Pero para políticas acertadas estoy pensando más allá de esta administración.

-¿Qué hay que hacer con las retenciones para que todos ganen o pierdan lo menos posible? -La Argentina tendría que hacer una reforma impositiva de fondo. El tema del monto de las retenciones es un parche. Los ministros de Economía de turno buscan utilizar atajos como los derechos de exportación o el impuesto al cheque, totalmente distorsivos, para asegurarse un determinado nivel de recaudación y mientras tanto se está afectando a la competitividad de los productores que trabajan en blanco y tienen una carga impositiva fenomenal, casi mortal. Hay que aplicar impuestos a las ganancias crecientes, de acuerdo a las utilidades de cada uno. Esto fomentaría la inversión. El sistema actual, sin importar el nivel de retenciones, está mal pensado.

-¿Cómo está distribuido hoy el negocio de El Tejar?
-Estamos produciendo unas 3 millones de toneladas en seis países. Nuestra mayor producción está en Brasil, en toda la región de Mato Grosso, donde tenemos un 40% del total. Es una zona muy interesante porque el hombre la degradó sacando el monte y actualmente, gracias a una agricultura bien hecha, con rotación, estamos recuperando la vida biológica de los suelos. En segundo lugar está Uruguay, con un 25%, donde nos hemos desarrollado mucho. Es un país muy amigable para trabajar. En tercer lugar, nuestra actividad está en la Argentina, con otro 25%, que fue donde empezó la empresa. Por último, producimos un 5% en Paraguay y un 5% en Bolivia.

-Si bien nacieron en la Argentina, no es donde más se desarrollaron.
En parte es porque el clima de negocios en la Argentina no ayuda mucho y en general se castiga a los que les va bien. Eso hace que te dé miedo de desarrollar nuevos emprendimientos. Eso es lo que nos pasa. Nos sobran ganas de hacer cosas en el país, hay muchos proyectos para agregarle valor a los granos y a la carne. Pero, en un ámbito donde es más rentable hacer las cosas mal que hacerlas bien y, encima, cuando te exponés un poco te castigan por todos lados, da miedo encarar algo.

-¿En Brasil está el futuro de la actividad agropecuaria?
-Nosotros tenemos una visión “mercosuriana”, regional. Estamos en Brasil, Bolivia, Paraguay, Colombia, Uruguay y Argentina y ahora también estamos por comenzar a trabajar en Colombia. Si pudiéramos superar lo que nos separa y jugar el partido juntos, todo en América latina mejoraría y la calidad de vida de todos pegaría un salto enorme. Lo mismo pensamos de la empresa. Si bien a Brasil, por posibilidades de desarrollo y crecimiento, uno lo ve como la “estrella”, hacer determinados cultivos en distintas regiones, como soja, maíz, girasol, algodón, sorgo y carne, genera una visión de crecimiento regional.

-¿Qué espera de las cotizaciones de las commodities agrícolas?
-El trigo tiene un panorama complicado en el mundo. Hay muchísimo stock, casi el 50% por sobre el consumo anual. Además, se ve que la demanda está chata. Paralelamente, el trigo no juega ningún partido en biocombustibles. En el caso de maíz y soja, la situación es distinta. Si bien los stocks se están recuperando con la superproducción, no están muy altos. Cualquier resfrío en la cosecha de algún país puede provocar un movimiento en el mercado. En síntesis, no somos para nada alcistas, pero vemos que hay una cierta firmeza en el mercado. Si bajan o suben los precios, lo van a hacer de manera moderada.

-En carnes, ¿qué se hizo mal para que la Argentina, de tener más del 20% del mercado internacional hace décadas, ahora maneje apenas el 5%?
-Las malas políticas han generado la crisis actual de la ganadería, con destrucción del stock muy grande y el quebranto de muchos productores en muchas regiones. Pero si bien esto se agravó en los últimos cinco años, con medidas que terminaron siendo casi perversas, creo que igual esto viene de muchos años atrás. Desde siempre, en la cadena de la carne, al que mejor le iba era al que menos miedo tenía de trampear, aquél que permanentemente estaba vaciando empresas y comprando nuevos frigoríficos. En ese marco, es muy difícil que a los actores de la cadena les interese pensar a largo plazo, desarrollar producto. Lo que estamos viendo ahora es consecuencia de eso. Para la ganadería es fundamental una reforma impositiva y cambio de reglas de juego. En la medida en que sea más fácil trampear que hacer las cosas correctamente, esa actividad no tiene futuro.

-Mientras tanto seguimos con la misma cantidad de cabezas de hace décadas.
-Para analizar esto hay cuestiones fundamentales que hay que ponerlas sobre la mesa. El 70 a 80% de los productores que tienen ganado, no viven de él. Lo tienen como una actividad complementaria o lo usan simplemente como reserva de capital. Ante el cuadro de situación actual, muchos ganaderos se quedan haciendo la plancha y no se preocupan en generan una renta.

-¿Hasta dónde se puede sostener el actual nivel de consumo, de 70 kilos per cápita por año? -El tema de que comamos el 80% de la carne que producimos puede ser bueno o nefasto, depende cómo se analice. Lo que es seguro es que este nivel tan alto de consumo, para generar políticas de fondo que promuevan bien el desarrollo ganadero, termina siendo negativo. Es tan importante la carne en la dieta de los argentinos que se transforma en un tema político. Todos los gobiernos lo regulen y hace difícil hacer rentable el negocio. Es un círculo vicioso. Esto se va a resolver cuando los argentinos que están agachados, esperando a que se de el marco ideal, salgan a invertir y a trabajar. Y para cambiar esto se necesitan cuatro capitales, de los cuales tenemos tres: recursos naturales y humanos e infraestructura. No tenemos el cuarto, el más importante: el capital social, es decir, una nación que se ponga de acuerdo y genere grandes proyectos en conjunto.

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