13 de marzo de 2010 08:04 AM
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EL CAMPO Y LAS RESERVAS DEL BANCO CENTRAL

"Si robé, es porque había", fue el argumento con que se defendió el gerente de una cooperativa, cuando lo agarraron con las manos en la lata. Se diferenciaba de otros gerentes, que no podían llevarse nada al bolsillo porque su administración había sido un fracaso.

El traspaso de las reservas del Banco Central al tesoro, más allá del debate sobre las formas (en mi barrio el que necesita pide prestado al dueño, en este caso el pueblo y las provincias, representados por las respectivas Cámaras), tiene connotaciones parecidas. Tanto la presidenta de la Nación, como la titular del Banco Central, hicieron gala del generoso volumen de las reservas. Mercedes Marcó del Pont fue más allá, asegurando que ya llega la cosecha y, entonces, rápidamente se recuperarán las divisas.

Tiene razón. La recuperación será rápida, como lo fue después de la controvertida cancelación de la deuda con el FMI. Cuestionada por los "progresistas" (los que paradójicamente ahora apoyan el "desendeudamiento") y por los "neoliberales" (que sacaron la cuenta y vieron que después hubo que tomar plata de Chávez, mucho más cara), lo que en general se pasó por alto fue el origen de esa vertiginosa recuperación.

"Es la soja, estúpido". Ya había pasado antes. De la crisis del 2002 se empezó a salir cuando llegó la cosecha. Con un 20% de retenciones, y una cosecha de 60 millones de toneladas con precios razonables, fue suficiente para atender la crisis social, acomodar el panorama fiscal y empezar a mostrarle al mundo que la Argentina era viable.

No era sólo la soja. Era el maíz, el trigo, el girasol, los lácteos, la carne. Todos bajo la mandíbula de las retenciones, cuya voracidad fue creciendo como la sed de sangre de un asesino serial.

Pero resulta que la soja, el maíz y todo lo demás, son de alguien. Alguien que hoy siente que está jugando a una desigual batalla naval: carga tres barcos de soja, y le gritan "hundido" a uno. Pero primero lo vaciaron. No se lo piden prestado, como pasaba en mi barrio.

Entonces, los muchachos que fabrican cosechadoras, pulverizadoras, sembradoras de siembra directa, arrolladoras, picadoras automotrices o de arrastre, segadoras con acondicionador, monitores con GPS, maíces con eventos apilados, fertilizantes, inoculantes, herbicidas, y todo lo que hace falta para que la agricultura argentina sea la más eficiente del mundo, se quedan con la mitad de la carne en el asador. Todo lo que se vio en Expoagro. Generan competitividad, pero la plata se la llevan para otro lado. Entonces, todo se ralentiza.

El Gobierno está contento porque se retomó el crecimiento de las cosechas. Es un buen motivo para estarlo. Pero es triste ver que en un año climático excepcional, sólo se producirán 90 millones de toneladas, cuando hace tres años pensábamos que en el 2010 se superarían las 110. Una diferencia de 20 millones de toneladas, que implica 5.000 millones de dólares de lucro cesante. Que se suman a los 15.000 perdidos entre el 2008 y el 2009 por la pelea con el campo más la sequía. Demasiada plata.

La recuperación de las reservas, de nuevo, será rápida. Pero los mordiscones amenazan a la torta chacarera.

China empezó a crecer cuando se dio cuenta que hay que cuidar en primer lugar los negocios que caminan. Evitar arrancar las brevas inmaduras.

Se acaban de cumplir dos años desde el intento de la Resolución 125, que dio origen a la epopeya del agro y del interior. Se tumbó una medida suicida, porque implicaba confiscar toda la renta agrícola. De haber prosperado, hoy no habría pelea por las reservas.

Si robé, es porque había. Y si hay, no es por buena gestión del gerente, sino porque los chacareros le siguen llenando los silos. Lo que él siente es que de cada tres barcos, le hunden uno.

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